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miércoles, 10 de octubre de 2012

Un premio por mirar donde no se debe

EL NOBEL DE FISICA FUE OTORGADO A DOS INVESTIGADORES DEL EXTRAÑO MUNDO CUANTICO


El francés Serge Haroche y el estadounidense David Jeffrey Wineland fueron galardonados por sus logros en las mediciones de partículas cuánticas. Sus desarrollos abren la posibilidad futura de la ansiada supercomputadora, mucho más potente que las actuales.

Por Leonardo Moledo y Ezequiel Acuña
 
Una cualidad asombrosa de las partículas cuánticas es su especial reacción cuando se las intenta medir. Digamos que las partículas, como por ejemplo los fotones, son un poco vergonzosas frente al ojo medidor. Una partícula cuántica es una “mezcla de estados”... mientras no se la observa, pero apenas uno mira, chau, colapsa a un estado determinado. Lo que hicieron los físicos que recibieron esta vez el Premio Nobel –el francés Serge Haroche y el estadounidense David Jeffrey Wineland– es abrir una puerta hacia la observación de dos estados simultáneos. El solo hecho de medir implica, en la física cuántica, un cambio en lo que sucede en ese mundo de lo terriblemente diminuto. Ese cambio abre la perspectiva futura de la supercomputadora, una computadora cuántica, mucho más veloz que las actuales.
Una manera de entender esto (llevándolo al mundo macroscópico), de cajas y gatos, que, para el avisado lector serán más familiares que los fotones y los átomos, es recurriendo a la famosa paradoja del gato de Schroedinger.
La mecánica cuántica (MC), iniciada por Planck, Einstein y completada hacia el final de los años ’20 por obra y gracia de Heisenberg, Schroedinger, Bohr y Born, entre otros, se convirtió en una formidable herramienta para el estudio del universo atómico y nuclear, y desde entonces funcionó a la perfección. Desde entonces, también, tuvo sus costados inquietantes, por lo menos filosóficamente, tanto o más que la teoría de la relatividad.
El principio de incertidumbre, por ejemplo, afirma que es imposible conocer determinadas magnitudes con precisión en forma simultánea (por ejemplo, la posición y velocidad de un partícula). Un electrón está representado por una onda que indica la probabilidad de que el electrón esté en tal o cual lugar. Al principio, por lo menos, muchos físicos tomaron estas descripciones como tales, es decir, como meras descripciones, pero alrededor de los años ’30 cristalizó una teoría, “la interpretación de Copenhague”, piloteada principalmente por Niels Bohr, que adoptó una visión radicalizada del asunto, que ponía (y sigue poniendo) en tela de juicio todos los conceptos sobre la realidad, por lo menos, tal como se la conoce en la vida cotidiana.
Para los físicos de Copenhague, las imprecisiones, probabilidades e incertidumbres de la MC no son una limitación de la física o la señal de que la MC es una teoría incompleta. No. Para ellos, la naturaleza es así: un electrón es una superposición de probabilidades de estar aquí o allá, tal y como la MC lo describe. Pensar en un electrón en tal lugar no tiene sentido.
A menos que lo observemos. En ese caso, la función de onda “colapsa” hacia una posición fija; todos los estados se condensan y el electrón aparece campante ocupando una determinada posición. Esta postura despertó, como es natural, no pocas resistencias. Los teóricos de Copenhague sostienen que lo observado y el observador interactúan entre sí: de alguna manera el electrón “sabe” que está siendo observado y por eso su función de onda colapsa. Y si el electrón no está siendo observado, no tiene sentido preguntarse dónde está: es una superposición de estados diferentes.
No se trata, por cierto, de un interpretación tranquilizadora –desde el punto de vista clásico el observador y lo observado son dos entidades totalmente diferentes– y, como es natural, despertó serias resistencias.
Erwin Schroedinger (notablemente, uno de los héroes de la MC) publicó también una crítica de la concepción de Copenhague, proponiendo un experimento mental, que quedó en el folklore como “la paradoja del gato de Schroedinger” que, sin entrar a discutirlo, nos puede servir para ver qué es lo que hicieron estos dos señores.
Y es así. Imaginemos –decía Schroedinger– una caja completamente cerrada que contiene un gato vivo y una pequeña cantidad de material radiactivo. Imaginemos también que dentro de la caja hay un dispositivo diabólico (pero perfectamente posible), por el cual cuando una partícula es emitida por alguno de los átomos radiactivos, pone en funcionamiento un detector que a su vez suelta un martillo que rompe una ampolla de vidrio llena de un gas venenoso, efectivo e instantáneo. O sea, apenas un átomo se desintegra, el gato muere. Para la MC, no hay manera de saber en qué momento un átomo se va a desintegrar: todo se reduce a probabilidades. Solamente mirando, podemos saber si el átomo se ha desintegrado o no, y mientras la caja esté cerrada, el átomo (o los átomos en cuestión) son una mezcla de dos estados (se desintegró-no se desintegró). Entonces, razonaba Schroedinger, puesto que no tiene sentido preguntarse si el material radiactivo se desintegró o no hasta que abramos la caja y miremos, tampoco tiene sentido preguntarse si el gato está vivo o no hasta ese mismo momento. Simplemente –siguiendo la interpretación de Copenhague– el gato está en una mezcla de dos estados: “vivo” y “no vivo”, y pensar que está vivo o que está muerto no tiene sentido.
Pues bien, Serge Haroche y David J. Wineland recibieron en el día de ayer el Premio Nobel de Física por su trabajo en un método de medición y manipulación que les permitió mirar adentro de la caja y contemplar al gato en los dos estados simultáneos: vivo-muerto, o dicho un poco más técnicamente, atisbar partículas individuales (gatos) sin destruir el sistema cuántico que se intenta observar de manera directa. Los dos laureados vienen trabajando en el área de óptica cuántica, un campo que obsesiona a los físicos desde mediados de los ’80, y que trabaja precisamente estudiando la interacción entre luz y materia para desarrollar sistemas de medición específicamente cuánticos. Los métodos de Haroche y Wineland, que trabajan por separado y cada uno con su grupo, tienen sin embargo varias cosas en común.
Para Wineland y su equipo, el gato (o los gatos) fueron iones: armaron una trampa rodeándolos con campos eléctricos y manteniéndolos aislados del calor y la radiación del ambiente con experimentos en vacío a muy bajas temperaturas. Mediante láseres, el equipo de Wineland se encargó de suprimir el movimiento térmico en la trampa para llevar al ion a su estado más bajo de energía. Esa utilización de los rayos y pulsos láseres es la que habilita un estudio del sistema cuántico alrededor del ion. El pulso láser es usado para llevar al ion a una superposición de estados. Eso que vuelve tan incomprensible a veces la mecánica cuántica es la posibilidad de plantear varios estados al mismo tiempo para una partícula, situación imposible desde la física clásica a la que estamos acostumbrados por experiencia. Como en el experimento de la doble ranura, en el diminuto mundo de la mecánica cuántica, invisible para nuestro ojo, las partículas pueden estar en diferentes estados simultáneamente. Con un pulso láser, Wineland y su equipo del laboratorio de Boulder, Colorado, prepararon el ion para ocupar dos niveles diferentes de energía, llevándolo desde el menor nivel de energía hasta mitad de camino hacia el mayor, y abandonándolo a la mitad entre los dos niveles, con igualdad de probabilidades de terminar en cualquiera de ellos. Todo esto para estudiar el fenómeno cuántico de la superposición de estados de la manera más controlada y estable.
En el laboratorio de París, Serge Haroche y su equipo de investigación emplearon otro método para poder mirar dentro del mundo de lo cuántico: sus gatos fueron fotones que hicieron rebotar ida y vuelta entre dos espejos con tres centímetros de diferencia. Aquellos espejos, hechos de un material superconductor y enfriados por debajo del cero absoluto, son tan brillantes y reflejan de tal forma que pueden mantener a un fotón, solito, rebotando de ida y de vuelta en esos tres centímetros por casi una décima de segundo, antes de que el fotón sea absorbido o se pierda. Parece poco, pero una décima de segundo es mucho tiempo, ya que se mueve a 300 mil kilómetros por segundo, con lo cual en ese lapso recorre un tiempo record de vida para un fotón. Y mantenerlo rebotando durante ese tiempo implica que el fotón recorre 30 mil kilómetros, es decir, poco menos que un viaje alrededor de la Tierra. Con el fotón rebotando, Haroche introdujo grandes átomos (átomos Rydberg), preparados especialmente, que son enviados de a uno, cruzando el recorrido del fotón a una determinada velocidad que permita una interacción controlada con el fotón. Esta interacción altera las propiedades cuánticas del átomo y los cambios en la onda cuántica del átomo pueden ser medidos para comprobar la presencia o ausencia del fotón entre los dos espejos, comprobando que está ahí sin destruirlo. La interacción de los átomos Rydberg permite ir haciendo un mapa de la vida y muerte del fotón, paso a paso, con cada átomo que cruza su recorrido e interacciona con el fotón. Una derivación de este método le permitió a Haroche contar fotones en el interior de la cavidad.
Los laureados ayer con el Premio Nobel se enfrentaron con éxito al colapso y pérdida de la superposición de estados que genera el acto de medición de un estado cuántico, atrapando partículas elementales y sosteniendo la superposición de estados.
A partir del manejo de iones, el equipo de David Wineland construyó en base a su trampa de iones un reloj cien veces más preciso que el reloj atómico basado en caesium, estándar actual de la medición del tiempo. Como siempre, la ciencia promete y es importante que siga prometiendo avances deslumbrantes que pueden acontecer o volverse literatura de las próximas décadas. Un desarrollo de la trampa de iones permitiría la fabricación de una supercomputadora, una computadora cuántica, mucho más veloz que las actuales que no tenga que depender de la elección entre 0 y 1 por cada bit sino que pueda ser 0 y 1 al mismo tiempo. Por ahora, los bits cuánticos son sólo una promesa de alta tecnología.

martes, 9 de octubre de 2012

Nobel a la ingeniería genética

EL PREMIO DE MEDICINA FUE PARA LA INVESTIGACION DE CELULAS MADRE


El Premio Nobel de Medicina correspondió a dos investigadores que consiguieron modificar el paradigma según el cual las células diferenciadas estaban en un estado estable e irreversible. Son un científico británico y otro japonés.

Por Leonardo Moledo y Ezequiel Acuña 
 
Antes de que John B. Gurdon, recientemente laureado, pusiera manos a la obra con sus hipótesis sobre la funcionalidad de las células, la medicina suponía que las células maduras, especializadas en su trabajo por pertenecer a un determinado tejido del cuerpo e incapaces de cumplir otra función que la que ocupaban, estaban entregadas de manera irreversible a su destino. Así se diferenciaban de las jóvenes células madre de los embriones, esas células de las que todos venimos y a las que, de una forma u otra, todos vamos (darwinianamente, a través de nuestros hijos); células capaces de especializarse en cualquier función y convertirse en cualquier tipo de célula de un organismo adulto: células musculares, nerviosas, del pulmón, el hígado o cualquier órgano del cuerpo: células pluripotentes o totipotenciales.
En 1962, Gurdon, que se había formado en la Universidad de Oxford, llegó con su investigación a resultados que contradecían esta regla básica de la fisiología celular. Durante el desarrollo embrionario, las células se van volviendo progresivamente más restringidas en sus posibilidades, se diferencian unas de otras y pierden su capacidad pluripotente, reservada sólo para algunas células del cuerpo en la médula, el intestino o la piel. La diferenciación de las células es bastante estable y su destino, una vez escrito, no cambia... según parecía.
Sin embargo, la hipótesis de Gurdon era que las células adultas todavía debían guardar la información genética que tenían al inicio de su vida como células embrionarias, información que les había permitido evolucionar hacia cualquier tipo de células. El año, entonces, es 1962, y John B. Gurdon se dedicó a reemplazar el núcleo de una célula de un cigoto de rana por el núcleo de una célula madura y especializada, del intestino de un renacuajo. El cigoto se desarrolló y se volvió un renacuajo, sano, salvo y completamente funcional. El siguiente paso fueron, obviamente, las ranas adultas. Los resultados de sus experimentos probaban, entonces, que los núcleos de las células maduras trasplantados a cigotos no habían perdido en absoluto su capacidad de desarrollarse, especializarse y volverse un organismo plenamente funcional.
Como cualquier lector atento puede imaginarse, éste fue uno de los pasos iniciales que llevaría años más tarde a la clonación de mamíferos.
Hace bastante poco, en 2006, pero unos 44 años después de las investigaciones de Gurdon, Shinya Yamanaka, japonés de la Universidad de Kobe y doctorado por la Osaka City University, dio a aquel descubrimiento una vuelta de tuerca más, que resultaría en un avance prometedor.
El experimento de Gurdon, tomado con gran escepticismo por el ambiente científico de la época pero confirmado a lo largo de esas cuatro décadas por otros investigadores, implicaba quitar el núcleo de la célula e introducirlo en otro, pero no modificaba en sí misma la célula madura. El trabajo de Shinya Yamanaka estuvo destinado, precisamente, a volver a una célula madura de ratón una célula joven, inmadura, plenipotente. Para eso, disponía de células embrionarias aisladas del embrión y cultivadas en el laboratorio, inicialmente aisladas de un ratón por el Premio Nobel de 2007, Martin Evans. Yamanaka se propuso, entonces, encontrar los genes que mantenían inmadura a la célula; los genes, digamos, de una especie de juventud eterna y totipotencial de las células. Una vez que identificó gran parte de esos genes, comprobó que una combinación de ellos podía reprogramar la célula madura para que se volviera una célula madre pluripotencial.
Nuestro lector atento supondrá, y bien, lo que vino después. Yamanaka y su equipo de trabajo introdujeron estos genes en diferentes combinaciones en células maduras intactas de tejido conectivo y fueron probando resultados hasta dar con una combinación de solamente cuatro genes que introdujeron en células maduras. Estas células resultantes se pudieron desarrollar como fibroblastos, células nerviosas e intestinales.
Como era esperable, y de allí que se hagan acreedores del premio, los descubrimientos de Gurdon y Yamanaka tuvieron como conclusión que algunas células especializadas, bajo ciertas circunstancias, pueden invertir el reloj y volverse jóvenes y (pluri)potentes. Las investigaciones de los últimos años que se basaron en estos dos grandes quiebres de la fisiología clásica abrieron camino a la posibilidad de generar cualquier tipo de células del cuerpo a partir de las células madre inducidas. Las promesas médicas todavía están en desarrollo, pero la comprobación de que, a pesar de que el genoma de las células se modifica durante su desarrollo y especificación, esa modificación no es irreversible, implicó un cambio en la mirada sobre el desarrollo de los organismos. También, cuando estos procedimientos se desarrollen lo suficiente, podrán resolver los absurdos problemas religiosos que les crean a algunos la utilización de células madre. Todavía falta, aunque se están haciendo nuevos avances, que se puedan controlar los “daños colaterales” que la introducción de esos cuatro genes pueden producir en el genoma celular.
De paso, nada escapa a las recetas del FMI: este año, la Fundación Nobel ajustó sus premios; la crisis parece haberlos obligado a pasar de diez a ocho millones de coronas suecas, es decir, 1,2 millón de dólares.

jueves, 6 de octubre de 2011

Cuasicristales y la Biblioteca de Babel

 
Así como el Premio Nobel de Física le tocó a la expansión del universo (o mejor dicho, a su aceleración) y a tres astrofísicos, el de Química fue para la estructura de los sólidos, y una de sus novedosas formas: los cuasicristales. Efectivamente, Daniel Shechtman, científico israelí investigador del Technion y profesor de Ciencias de Materiales de la Universidad del Estado de Iowa, se alzó esta vez, él solito, con los 11,1 millones de euros por haberlos descubierto, en los años ’80, y haber producido un sacudón en la cristalografía.
Como todo lo cuasi, los cuasicristales son difíciles de describir (y por lo tanto de descubrir). Lo cierto es que la materia, a nuestro alrededor, se encuentra en los diferentes estados clásicos: gaseoso (las moléculas o los átomos están prácticamente libres y entonces se mueven y giran al azar, sin estructura), líquido (las moléculas están menos separadas que en estado gaseoso, pero no forman una estructura fija sino variable y desordenada; como todos sabemos, el agua fluye y toma la forma del recipiente que la contiene) y sólido (fuerzas intensas, y estructuras en principio estables).
Estables, sí, aunque a veces amorfas (como es el caso del plástico), y a veces cristalinas: un motivo que se repite sistemáticamente como en, por ejemplo, la sal de mesa, que está compuesta por cubos (en cada vértice un átomo, de cloro o de sodio), que se extienden monótonamente, idénticos a sí mismos, como se repiten los obsesivos hexágonos de la Biblioteca de Babel de Borges (la mayoría de los sólidos suelen presentarse en forma cristalina y, curiosamente, el vidrio no es un sólido cristalino, sino un líquido sobreenfriado y amorfo: lo cristalino no significa transparente). Simétricos (con diferentes tipos de simetría), los cristales son químicamente bellos y tan apegados a su repetitividad geométrica que hubiera hecho las delicias de Pitágoras. Sólidos amorfos, sólidos platónicamente geométricos, se disputaban las primacía de la materia.
Pero ocurrió –siempre ocurren estas cosas en la historia, en la geografía, y hasta en el lenguaje– que el 8 de abril de 1982 el hoy laureado Daniel Shechtman se puso a mirar con un microscopio electrónico una mezcla de aluminio y manganeso (comprenderá el avisado lector que ya se está construyendo la leyenda) y el dibujo de difracción (forma de dispersión de las ondas electrónicas que, junto con los rayos X, son las grandes sondas para explorar los cristales) que le devolvió el microscopio (electrónico, desde ya) mostraba que los átomos estaban compactados como un cristal, como gran parte de los materiales sólidos, pero el patrón de distribución no podía corresponder a ninguna de las simetrías conocidas de la cristalografía, como si el curioso bibliotecario que recorre los hexágonos de la Biblioteca de Babel se topara bruscamente con un pentágono, un cuadrado, o un triángulo, que de pronto le dieran la pauta de que la regularidad de la Biblioteca es más compleja de lo que parecía en un principio (¿no nos ocurre lo mismo cuando, acostumbrados a nuestras ciudades cuadriculadas nos topamos inesperadamente con una diagonal?). El material de Shechtman no era amorfo porque tenía una estructura simétrica, pero tampoco cristalino porque no se mantenía la simetría de traslación. Es decir que se trataba de un sólido con una estructura ordenada pero en principio no periódica. Lo cierto es que se había topado con el mundo de lo cuasi.
Ciertamente, lo que vio parecía una estructura repetitiva montada sobre otra estructura repetitiva: periódica en los rasgos grandes, pero no en los pequeños; caminaba por una ciudad en la que a la cuadrícula se superponía una estructura de diagonales: no deja de ser periódica, pero en cada punto producen una dolorosa confusión.
Pero el asunto fue que un cristal de ese tipo no estaba ni siquiera representado en la Tabla Internacional de Cristalografía dado que se consideraba, no sólo inexistente, sino directamente imposible: ¿cómo podría la naturaleza mezclar hexágonos y cuadrados, o cubos y otros sólidos de manera que todo encajara? No podía ser. Y así, cuando Daniel Shechtman comunicó los resultados de sus pruebas recibió burlas de sus colegas y un manual de cristalografía como irónico regalo de parte del director del laboratorio (como se ve, se consolida la leyenda).
Shechtman sostuvo los resultados de sus experimentos por sobre el libro de texto y fue invitado a retirarse del grupo de investigación del National Institute of Standards and Technology (NIST) donde trabajaba. Todos suponían que había hecho algo mal en el procedimiento, incluso la revista Journal of Applied Physics, que rechazó el artículo que les envió en el verano de 1984.
Acudieron en su ayuda. El físico John Cahn y el cristalógrafo francés Denis Gratias repitieron con él el experimento confirmando que era confiable y publicaron en conjunto, en noviembre de 1984 un artículo en la Physical Review Le-tters que derrumbó una de las verdades más fundamentales de la disciplina: aquella que enunciaba que todos los cristales consisten en patrones repetidos y periódicos, ordenados de forma regular, siguiendo un esquema determinado que se reproduce, en forma y orientación, en todo el cristal.
La historia de Shechtman muestra una cuasi forma de operar en la historia de la ciencia: incredibilidad primero, cuasi credibilidad después, credibilidad total y Premio Nobel más tarde.

Nobel, supernovas y expansión del Universo


Esta vez, el Premio Nobel de Física fue para la cosmología: la Real Academia de Ciencias de Suecia decidió que sería para Saul Perlmutter, Adam Riess y Brian Schmidt, tres astrónomos que en las dos décadas finales del siglo pasado encontraron evidencias de que la expansión del Universo se acelera, mediante la observación de supernovas lejanas.
La expansión del Universo es todo un tema de la cosmología (y la cosmovisión) actual. Su descubrimiento se remonta a los años ‘20 del siglo pasado y al nombre del astrónomo norteamericano Edwin Hubble, quien, estudiando meticulosamente las galaxias, determinó que todas ellas se estaban alejando de la nuestra (la Vía Láctea) más rápido cuanto más lejos estaban. La deducción se fundó en el análisis de la luz que nos llegaba de ellas, que aparece “corrida hacia el rojo”. El corrimiento del rojo de la luz es como el corrimiento hacia los graves de un sonido cuya fuente se aleja (por ejemplo, el ulular de una ambulancia). Análogamente, si la luz de las galaxias lejanas aparecía marcadamente corrida hacia el rojo, sólo podía significar que todas esas galaxias se alejaban de nosotros.
Naturalmente, este alejamiento no era producto de una generalizada paranoia universal hacia nosotros: la impresión se debía simplemente a que éramos nosotros quienes observábamos; la verdad de la milanesa es que cualquier observador, en cualquier galaxia, vería lo mismo; en realidad lo que ocurre es que todo el Universo, el espacio mismo, está creciendo y se expande. Algunos cosmólogos como Friedman o Lemaitre lo habían adelantado, manipulando las ecuaciones de la Teoría General de la Relatividad de Einstein (1915-17), que describen el comportamiento del Universo a gran escala. Hubble encontró, además, una relación simple entre la distancia y la velocidad de retroceso de una galaxia: la justamente llamada constante de Hubble (H) y que hoy se estima en unos 72 km por segundo por megaparsec (1 megaparsec equivale a 3,26 millones de años luz). Lo cual significa que una galaxia situada a esa distancia huye a una velocidad de 72 km por segundo, y una situada a 3 mil millones de años luz de distancia se está alejando a la nada despreciable velocidad de 72 mil kilómetros por segundo... ¡más de un cuarto de la velocidad de la luz! (y no vamos a traer ahora a colación el desgraciado tema de los neutrinos).
Pero el descubrimiento de la expansión del Universo tenía una derivación sensacional: las galaxias no podían haberse estado separando desde siempre; si ahora se alejaban, tenían que, en el pasado, haber estado muy juntas. Y más atrás aún era forzoso que estuvieran concentradas, formando algún tipo de conglomerado muy pequeño y denso que, de alguna forma, había empezado a crecer hasta dar el Universo actual. Nacía así el grandioso esquema del Big Bang, que se convertiría, hacia los años ’60, en la gran (y única) teoría general sobre la evolución del Universo.
Pero si bien la teoría del Big Bang decía mucho (a trancas y barrancas, parches y correcciones, es preciso decir) sobre el origen del Universo, no daba demasiadas pistas sobre su final. ¿El Universo se seguiría expandiendo por siempre, o en cierto momento la fuerza de gravedad universal volvería a juntar todo en una especie de gran implosión (Big Crunch)? ¿La expansión se estará frenando, o sigue su ritmo constante e implacable?
Ni una cosa ni la otra. Y es aquí donde interviene el trabajo de los premiados ayer: los dos equipos en los que trabajaban, estaban buscando supernovas lejanísimas, justamente, para medir el estado de la velocidad de expansión, con la esperanza de que ésta se estuviera deteniendo.
¿Por qué supernovas? Las supernovas son pavorosas explosiones en las que una estrella estalla, lanza todo su material al espacio, brilla por un tiempito como una galaxia entera (esto significa que su brillo puede aumentar 100 mil millones de veces) y luego se extingue. Ahora bien: la detección de supernovas en galaxias lejanas permite estimar la distancia a la que están, comparando el brillo de las supernovas de allí con las que se producen en galaxias cercanas y cuya distancia se conoce.
Y bien: si la expansión se estuviera deteniendo, las galaxias en cuestión deberían estar un poco más cerca que lo que da el cálculo con una expansión constante. Pero, muy por el contrario, encontraron que las galaxias estaban más lejos de lo esperado. Esto es: la expansión se estaba acelerando.
Los dos equipos de investigación barrieron los cielos para avistar supernovas distantes, al límite de lo visible. Buscaban supernovas del tipo Ia (estas supernovas nacen de sistemas en el que una estrella “enana blanca”, una estrella pequeña y densísima); por su gravedad, toma materia de otra estrella del sistema hasta crecer lo suficiente como para ser inviable y dar lugar a una pavorosa explosión (la explosión es el paso final en el ciclo de vida de la “enana blanca”, que se forma cuando una estrella ya no tiene más combustible en su núcleo, es decir, cuando todo el hidrógeno y el helio se consumió en la reacción nuclear y sólo queda carbono y oxígeno; es el destino de nuestro Sol).
Y así fue cómo los tres nuevos Nobel encontraron 50 supernovas distantes cuya luz resultaba bastante más débil de lo esperado, o precisamente lo contrario de lo que esperaban. Si la expansión del Universo se estuviera ralentizando, la supernova debería aparecer más brillante. En cambio, la pérdida de intensidad indicaba que las supernovas se estaban alejando cada vez más rápido, insertas en sus galaxias.
Ese es el resultado empírico, sobrecogedor, por cierto... Pero, ¿qué es lo que está acelerando la expansión del Universo? En sus ecuaciones, Einstein proponía la existencia de una fuerza antigravitacional que contrarrestara la fuerza gravitacional de la materia y entonces mantuviera el equilibrio. Una especie de tire y afloje por los límites del Universo. Esa fuerza antigravitacional hoy en día es conocida como energía oscura y representa uno de los grandes enigmas de la física actual. La energía oscura vendría a ser, precisamente, aquella que incentiva la expansión del Universo.
Entonces, la historia final de este descubrimiento vendría a ser algo así. La energía oscura conforma ahora una gran parte del Universo, más del 70 por ciento. La expansión del Universo comenzó con el Big Bang hace 14 mil millones de años, y fue constante durante un buen tiempo (eso del buen tiempo es hablar de algunos miles de millones de años). Pero a medida que la materia se diluyó por la expansión, la energía negra se volvió dominante, y la expansión se comenzó a acelerar.
¿Hasta cuándo? ¿Y qué es la energía oscura?
Nadie lo sabe. Son preguntas cuyas respuestas conducirán a nuevos premios Nobel, con seguridad.

martes, 12 de octubre de 2010

El fin de la ciudad de Omèlas y mi amigo J*



Para J*
Para la divina Ursula K Le Guin

El hombre se sentó en La Orquídea y desparramó una mirada triste sobre todos los presentes. La gorda se puso a llorar, a mí se me saltaron las lágrimas, y Dora ensayó unos pucheros.

“Yo viví en la ciudad de Omèlas –dijo el hombre–. Omèlas, ustedes saben, la ciudad de la perfecta felicidad, felicidad sostenida por la prisión de un niño en condiciones execrables, revolcándose en sus propias heces y sin ver jamás la luz del sol y grita que prometiendo no hacer nada malo. Y la gente lo mira y no hace nada, pero hay quienes, después de presenciar ese espectáculo, abandonan la ciudad para siempre; hay quienes quieren quedarse y salvar al niño de su horrible condición, sacrificando así la felicidad de toda la ciudad, pero se quedan con las manos vacías y los cerebros inútiles, al poco tiempo comprenden que no se puede hacer nada y después se olvidan. Pero hay otros, como dije, que se van y corren el riesgo de internarse en los pantanos que rodean la ciudad.

Anteayer partió mi amigo J*, que antes de irse me cubrió de insultos, tal vez porque yo no me iba, tal vez porque es su forma de expresarse; lo cierto –me lo dijo– es que se alejaba de mí para siempre.

Pero tres días después, me fui yo, decidí abandonar ese sitio de felicidad y horror, siguiendo los pasos de mi amigo J* y esperando encontrarlo en el camino que serpentea en medio de las ciénagas, y ubicarlo en el río de peregrinos que se van. Empecé a liar mis petates, mis botas de goma, mis libros sobre las tortugas y las estrellas, mis poemas sobre la tristeza y la dicha, mis instrumentos musicales, los adornos que tanto amaba, la pequeña escultura en forma de ángel que siempre me calmaba en los momentos de desdicha, cuando pensaba en el niño encerrado.

Y cuando termino y monto mi automóvil, me asalta un pensamiento terrible: ¿para qué querré aquellos objetos que ahora cargo, en un camino que se hunde en la noche estúpida y asquerosa de las ciénagas; por qué no hago como mi amigo J*, que huyó desnudo como el personaje de Teorema en la película de Pasolini. Detengo el coche en el mojón que marca el límite, que separa la felicidad del sufrimiento y la libertad en que estoy, en la oscuridad que no da tregua, la desdicha que acabo de elegir, miro los paquetes, todo me parece superfluo, ¿para qué quiero todas esas porquerías, para qué quiero arrastrarlos por el camino infinito de la desdicha y la desesperación? Así que saco un fósforo e ilumino la noche, que no por ello deja de ser menos espesa.

Y de pronto me doy cuenta de que la felicidad y el horror de Omèlas son tan extremos que no deberían existir, ni aun en la ficción; tomo entonces los bidones de nafta que había llevado para alimentar el camino, los arrojo, y veo cómo la ciudad entera se convierte en cenizas y siento un enorme regocijo, el último que experimentaré en ese mundo en el que me interno, mientras la ciudad ficticia queda borrada de la faz de la Tierra y sus cenizas, arrastradas por un huracán ficticio, se dispersan y se pierden de vista en el horizonte, mientras el niño, casi carbonizado, es depositado sobre un árbol que inmediatamente florece y lo devora.

Miro al costado y me encuentro con mi amigo J*, que ahora me sonríe, y luego me abraza, mientras en el horizonte las cenizas se siguen dispersando en la negra noche de las víctimas.”

miércoles, 6 de octubre de 2010

Segundo Premio Nobel para el carbono

Este año, el Premio Nobel de Física fue para los rusos Andre Geim y Konstantin Novoselov, que trabajan en la Universidad de Manchester, por haber logrado aislar el grafeno, una red cristalina de un átomo de espesor con sorprendentes propiedades.

En todas las esquinas, en las tabernas, en la intimidad de las alcobas, la gente se felicita porque el Premio Nobel de Física correspondió este año al ibuprofeno, que tantos dolores de cabeza solucionó.

Pero se equivocan; si a alguien hay que felicitar es al carbono, sexto elemento de la Tabla Periódica, que ha recibido su segundo Premio Nobel (Kroto, Curl y Smalley, 1996, por su trabajo con los fullerenos) y que ahora ha elevado una nueva forma de existencia, a las ya conocidas del grafito (que compone la mina de un lápiz común), al diamante, que se obtiene sometiendo al grafito a enormes presiones (que acrecientan su valor, claro: imagínense un lápiz de diamante) y a los ya mencionados fullerenos (grandes moléculas de carbono), a las que se agrega ahora el grafeno.

Grafeno: fácil de deletrear, pero increíble por sus propiedades. En efecto, el grafeno constituye láminas (o redes) de carbono de sólo un átomo de espesor. Si uno piensa en el grosor de un átomo, da escalofríos. Y más si uno piensa que muchas veces ha lidiado con el grafeno, desde el jardín de infantes: cada vez que se apoyó el lápiz para dibujar un esquema infantil puede haber depositado una lámina de grafeno sobre el papel, ya que un milímetro del grafito del lápiz consiste en multitud de láminas superpuestas (más o menos tres millones, lo que da una idea de lo complicado que puede ser despegarlas). Pero, así y todo, alguna vez puede haber quedado una sola (lo cual no significa que todos nos merezcamos el Premio Nobel).

Se lo llevaron (con justicia), y se alzaron con 10 millones de coronas suecas (920 mil euros, 1,2 millón de dólares), los científicos rusos Andre Geim y Konstantin Novoselov, que trabajan en la Universidad de Manchester. En 2004 lograron aislar (y ahí está la historia) una lámina de grafeno, una sola de esas capas de carbón, de manera estable. Ayer fueron premiados por la Real Academia de las Ciencias de Suecia.

domingo, 15 de noviembre de 2009

IMPROMPTU Nro. 5

En la alta noche, cuando todos se fueron, en la pantalla sólo titila Internet. Ya está, ya estás solo, ya los aparatos se retiraron hacia el mundo inferior y se preparan para pasar la insidiosa noche, erizada de insomnio y cruzada por el terror. Se ha atenuado el runrún mimoso de las heladeras, en las calles dejan de oírse los ruidos provocadores de autos, motos y colectivos que te obligaron a una vigilia tensa, pero vacilante y segura, y aunque a lo lejos se oye el ruido puntual de un arma que se dispara a la distancia, enseguida se apaga. Y así es. El televisor ya te ha entregado su ración diaria de porquería, te ha dado todo lo que te podía dar, y luego se apagó, como una batería que agota sus fuerzas, cds y dvds se han retirado, ellos también para pasar la noche entre tus libros.

Pero nunca deja de titilar Internet. En la pantalla de cristal líquido y herrumbrada por el uso hay algo que te dice que todavía estás vivo, que aunque todos tus amigos se hayan muerto, o te hayan abandonado, o hayan viajado a países lejanos, vos estás aquí, firme y reluciente –y vivo– sobre la ciudad maldita.

No te dice nada sobre vos y tu existencia, pero la fragmenta en miles de minúsculos pedacitos, como pixeles de tu ser que se adhieren a la pantalla y la cruzan para juntarse con otros ríos de pixeles, con el río del mundo, pixeles que vienen de lugares donde brilla el sol, de lugares donde los hombres comen piedras preciosas regadas con sangre de serpiente o de mono, de quienes viven a la vera de los anchos ríos o las sabanas plagadas de horribles animales y bestias terciarias que se quedaron enredadas para siempre en la maraña prehistórica, de lugares donde el frío blanquea los ojos y la ropas y donde el sol atrabiliario y demente calcina la piel.

Y te lo da todo: desde la ajustada y precisa pornografía de la noche hasta todo el conocimiento de la Tierra, acumulado por hombres de piel cobriza que trabajaron y murieron en las minas de estaño. Y el placer de matar. De eliminar a quienes se esconden tras un alias en Facebook, a quienes vocean su soledad en Twitter y en Cblist, y aun en los lugares más recónditos de Javalink. Y aunque no te dice quién sos ni para qué estás aquí, hijo de la Nada, surgido de la Nada, la pequeña Nada y oscura establece una frontera de cristal líquido y te permite cruzarla una y otra vez, ida y vuelta, cuantas veces quieras o se te ocurra, para sumergirte en un espacio atribulado en el que giran y luchan los torbellinos entrelazados de lo superficial y lo profundo. Y está. Sí, el agua oscura de los torbellinos.

Y aunque no te diga nada sobre tu propia existencia y su inexistente significado, la disuelve y la mezcla, la transforma en un líquido poroso que se derrama y mezcla con los titánicos torrentes de lo virtual: es tu espejo, tu nuevo yo, tu plácido nirvana que lo destruye y lo potencia.

Ya está. A través de las persianas herméticas empieza a filtrarse la aurora de rosados dedos, con su leve luz que pretende apoderarse de lo real. Los aparatos de tu casa despiertan, el agua vuelve a volcarse desde las canillas obturadas, el aire acondicionado vuelca sobre vos el frío de muchas tardes ulteriores, los ruidos de la calle aumentan en un crescendo temeroso, temible, amable y protector.

Ya está. Ya el sol alcanzó su plenitud; has atravesado la noche crispada de peligro y el aire (que pretende ser real) fluye desde afuera e invade tus pulmones.

Pero en la penumbra que mantenés dentro tuyo, en esa penumbra que atesorás, ante la que te arrodillás cada minuto, sigue titilando Internet.

miércoles, 14 de octubre de 2009

Jugando con la luz hacia Suecia

Los Premios Nobel fueron concedidos a tres científicos que permitieron progresos decisivos en el desarrollo de las fibras ópticas y las imágenes digitales. Los galardonados son un investigador chino y dos estadounidenses.

Por Leonardo Moledo
Página/12, miercoles 7 de octubre


Primero, los premiados, o más bien los laureados (es un anglicismo que lentamente se va imponiendo en todos los idiomas). A saber: Charles K. Kao (chino, Standard Telecommunication Laboratories, Harlow, Reino Unido, y Chinese University de Hong Kong), por sus trabajos pioneros en la transmisión de la luz a través de fibras ópticas: se alzó con la mitad del premio de alrededor de diez millones de coronas suecas; más o menos un millón y medio de dólares.

La otra mitad se repartirá entre Willard S. Boyle y George E. Smith (estadounidenses, de los Laboratorios Bell, Nueva Jersey, Estados Unidos, dicho sea de paso donde se descubrió la radiación cósmica de fondo, que valió dos premios Nobel), por la invención de un sensor de imágenes, el CCD.

Bueno, ya está.

Y ahora, primero que nada, la fibra óptica, que no es otra cosa que una hebra de material capaz de conducir la luz como un cable conduce la electricidad. La idea central que permite este notable fenómeno (que los rayos de luz, rectos y señoriales, sean domesticados hasta el punto de hacerlos doblar o moverse en ángulos rectos) se basa en el hecho de que la luz que penetra por el tubo interno de la fibra se refleja una y otra vez en las paredes interiores de ésta, terminando por adaptarse a su recorrido. Es, en el fondo, como si se construyera un túnel de espejos: la imagen, reflejada en el primero, lo haría después en el segundo, ésta en el tercero y así sucesivamente. Por supuesto, que al llegar al final del túnel aparecería deformada, porque la reflexión no es perfecta (dista mucho de serlo); parte es absorbida y parte es modificada por las anfractuosidades de cada espejo: el resultado que podría obtenerse así de la imagen original del desprevenido lector sería un perfecto monstruo –o un as de la belleza, vaya uno a saber– pero muy alejada del modelo original.

Algo parecido ocurre con la luz que penetra por el extremo de una fibra óptica: si su reflexión en las paredes no es perfecta, no sólo se deforma la señal, sino que también se pierde energía debido a la absorción de las paredes internas. Para que la fibra óptica funcione como tal, la reflexión debe aproximarse a la perfección y la absorción a cero.

Hasta los años sesenta, tal maravilla se había conseguido apenas en una extensión de unos 20 metros, pero en ese año de quiebre, justamente, en 1966, Charles K. Kao encontró la manera de transmitir luz a través de distancias más largas (hasta cien kilómetros, mediante fibras del vidrio más puro). La maravilla se multiplicaba por cinco millones.

Y cuatro años después se fabricaba ya una fibra óptica de vidrio ultrapuro, que permitía transmitir la luz hasta distancias enormes, verdaderamente enormes, como por ejemplo para bajar una cámara hasta el fondo del océano (aunque para poder hacerlo todavía hacía falta la contribución de los otros dos laureados... pero esperen).

A partir de entonces, las fibras ópticas colonizaron todos los rincones técnicos de la vida tecnológica cotidiana, desde los teléfonos hasta Internet. Los haces de fibras ópticas, con su aparente simplicidad e inocencia, transmiten y se encargan de la mayoría del tráfico de señales del planeta, y ya constituyen un entramado definitivo –piense el lector tan sólo en Internet–.

Y aquí vienen los otros dos. Porque resulta que buena parte de ese tráfico de señales consiste en imágenes. Imágenes digitales, por supuesto, y todo gracias al trabajo de Willard S. Boyle (que, dicho sea de paso, lleva el mismo apellido que Robert Boyle, quien en siglo XVII revolucionó la química) y George E. Smith, quienes en 1969 desarrollaron un sensor de imágenes: el CCD (Charge-Couple Device), un aparatejo que mediante el uso del efecto fotoeléctrico transforma la luz en señales eléctricas.

El efecto fotoeléctrico, aunque conocido desde antes (la luz es capaz de arrancar electrones de una superficie metálica), fue explicado por Einstein en el “año milagroso” de 1905 (y le valió el Premio Nobel de 1921, ya que la academia no se encontraba todavía “muy segura” respecto de la teoría de la relatividad).

Lo que encontraron Boyle y Smith en 1969 fue la manera de captar y leer fotoeléctricamente (es decir, transformar en pulsos eléctricos) un número muy grande de señales luminosas puntuales de manera instantánea, o por lo menos en períodos cortísimos de tiempo. De esta manera, la imagen transportada por la luz, en vez de ser capturada por una película fotosensible, puede ser almacenada como una serie de señales eléctricas (digitales, naturalmente) que se pueden procesar, reenviar (punto por punto, o pixel por pixel) o lo que quiera que se haga con las imágenes. No hay límites.

Cuando uno se ve en el poco agradable trance de ser sometido a una endoscopia (bueno, no es para tanto), literalmente se traga (lo único verdaderamente desagradable, y eso por no poner un ejemplo que podría resultar escatológico), una cámara CCD, que fotografía el interior del estómago, convierte la imagen en impulsos eléctricos, que una fibra óptica, que se dobla y se retuerce dentro del esófago del infeliz paciente, transmite, y luego es reconvertida en imagen. Cuando el médico la examina, reúne a los tres laureados en esa inspección (y a Einstein también, en cierto modo).

Mientras, el paciente, en la camilla, se pregunta cuánto durará todo eso. Pero piensa (o por lo menos después de leer este artículo pensará) que, al fin y al cabo, ese examen no sería posible hace sólo cuarenta años: ver el interior del cuerpo: ¿no es maravilloso?

Y lo mismo ocurre cuando con las modernas cámaras digitales alguien saca una foto de su bebé gateando por una playa, de las Torres Gemelas hundiéndose, de un asesino ultimando a su víctima o de un futbolista que, en la cancha de fútbol, escupe la mejilla del árbitro.

Pero no sólo se trata de saliva o de playas: un enorme telescopio que está enfocado en las galaxias lejanas (o cercanas) transforma la imagen en luz y la transporta a una pantalla donde el astrónomo de turno la analiza o la almacena en algún dispositivo para analizarla con cuidado más tarde.

Y así es, amigos, como se recorre el camino hacia Estocolmo. Las imágenes que se saquen del momento en que Kao, Boyle y Smith reciban el premio de manos del rey de Suecia se transformarán en impulsos eléctricos y recorrerán el mundo por las redes de fibra óptica, hasta ser reconvertidas en todas partes del mundo.

Verdaderamente, estos muchachos hicieron un buen trabajo.

martes, 28 de julio de 2009

Replay

Publicado en Página/12, Sociedad, Lunes 20 de julio de 2009

Una vez me invitaron a hablar o a escribir, vaya uno a saber, sobre un tema que ya no recuerdo... Podía ser tanto sobre los platelmintos extraños, como sobre las nuevas mediciones del núcleo terrestre, o el impacto tecnológico sobre la forma de tomar café. Lo cierto es que terminé hablando del alunizaje. Ahora que se cumplen cuarenta años, un fragmento de lo que dije (o escribí... la memoria es falible, por suerte) a propósito:

“Es difícil negar que el viaje a la Luna marcó el cenit de la aventura tecnológica, el nec plus ultra de la ingeniería. Pero también la culminación de una visión utópica y expansiva de la historia, abierta a lo grande y lo absoluto, en la que todo era percibido como una frontera en expansión, en un momento en que la lógica histórica estaba, sutilmente, cambiando y la mirada se volcaba hacia lo pequeño –la palabra ingeniería viraba hacia objetos de microscopio, como los genes—, y lo doméstico, como las preocupaciones ecológicas: el terreno desconocido a investigar se convertía en basural a recuperar, nicho ecológico a preservar, aerosol a prohibir; en el imaginario colectivo (en gran parte debido al crecimiento del arsenal nuclear), la tecnología se estaba convirtiendo, en la percepción corriente, de una conquista en una amenaza, el posmodernismo comenzaba a levantar su fea cabeza. (...)

“1969: Faltaban sólo tres años para que la sigla PC se transformara de Partido Comunista en Personal Computer, poco más para que las PCs del mundo (cumpliendo el mandato del Manifiesto Comunista) se unieran en redes distribuidas y el espacio virtual empezara a desplazar al espacio interplanetario como la última frontera: el viaje a la Luna es lo contrario de Internet, el polo opuesto de la concepción en red distribuida. Es una pirámide, en la que todo remata en un solo punto, es un esfuerzo dirigido hacia un único objetivo, es una progresión que culmina y se resume en un clímax que anula todo lo anterior. Hasta el extremo de que nadie recuerda a los astronautas que siguieron... La vieja historia elitista del ‘primero’...

“Pero además, el ideal de la gran nación que acomete una gran empresa empezó a sufrir los primeros achaques del anacronismo, y ceder ante el ideal de la gran empresa que sustituye, como agente histórico, a la nación: la aventura del espacio no cuaja bien en el orden neoliberal: la Luna, en cierto modo, es el colmo de lo público (“éste es un gran paso para la Humanidad”) y tiene veleidades de unicidad. Es demasiado barata para la publicidad y demasiado cara para el turismo. Y el viaje a la Luna es irremediablemente inútil.

“Sin embargo, el alunizaje sigue conservando su eficacia simbólica: objetivamente, es la última frontera que alguna vez algún ser humano alcanzó. Nadie, absolutamente nadie, ningún viajero, ningún ser vivo del planeta Tierra, en ninguna generación precedente, nunca, fue tan lejos. El 20 de julio de 1969 sigue siendo la fecha en que alguien estuvo, por primera vez, en un cuerpo celeste que no es la Tierra. Nadie conoció, ni exploró jamás, nunca en un sitio tan radicalmente, astronómicamente distinto, tan afuera. Al fin y al cabo ese día se viajó a la Luna y el viaje se transmitió por televisión desde allí. La Luna, que reguló el calendario y las mareas, presidió los partos y embrujó a los locos (que aún se llaman lunáticos), la Luna que los griegos endiosaron como Artemisa y los romanos como Diana cazadora, que Aristóteles imaginó perfecta (como el resto de los astros celestes) y enganchada a una esfera de cristal, la Luna que Galileo vio por primera vez por un telescopio de fabricación casera y que, pudo comprobar, no era perfecta sino llena de cráteres y montañas, que no era sagrada sino laica y que confirmaba la suciedad, el desorden, la vacuidad, las enormes posibilidades del cielo.

Bueno, no me acuerdo más.

lunes, 20 de julio de 2009

Moonwalkers

Por Leonardo Moledo
Publicado en Página/12, Radar, domingo 19 de junio de 2009

Vi el alunizaje junto a mi abuela, en un televisor obviamente en blanco y negro, en un caserón del barrio de Flores. Ella estaba pasmada: había nacido en 1889, en un pueblo español donde no había luz eléctrica, ni posiblemente agua corriente, ni radio, ni televisores, ni aviones, ni automóviles y ahora, en el curso de una sola vida, la suya, veía la imagen del descenso en la Luna –en tiempo real– transmitida por televisión desde allí. El recuerdo es nítido: sacudía la cabeza e
n un gesto que bien podía significar “no puede ser”, no por incredulidad sino por una frase que estaba implícita en la expresión, y que por alguna razón no se formulaba: “no puede ser que yo esté viendo esto”; no puede ser que esto, indudablemente, esté ocurriendo. Una utopía, un desborde de la imaginación contante y sonante.

Pero ocurría; yo, mientras tanto, me sentía invadido por algo grandioso, una culminación, un éxtasis, un pináculo de la aventura humana, la resolución de una tensión que había empezado allá por 1957 con el bip bip del primer Sputnik, que dejó al mundo literalmente paralizado y mudo de asombro.

Pero, aunque entonces yo no lo sabía, era mucho más que la culminación de la carrera espacial, resuelta, para tristeza de mi familia –nada se sabía, o mejor dicho sí de sabía, pero se negaba cínicamente, del gulag– en favor de los Estados Unidos y no de la Unión Soviética, que había acumulado resonantes éxitos, uno tras otro desde aquel Sputnik primitivo e inicial... Primitivo... Nada menos que el Sputnik... Eso da una idea del correr y el vértigo de los tiempos.

Pero en realidad, era mucho más que eso: la historia había empezado en 1610, cuando Galileo enfocó su telescopio casero –que no competiría con un par de binoculares de juguete de hoy– hacia la Luna, y en vez del dictum aristotélico de la perfección, vio montañas, cráteres y (lo que creyó) mares, es decir, nada de aquel éter metafísico que formaba a los cuerpos celestes, sino un amasijo asqueroso de rocas, polvo y escombros.

Desde ese momento, la suerte estaba echada: así caería hecha trizas la barrera aristotélica que separaba lo sublunar de lo supralunar, y al disolverse la radical diferencia ontológica entre la Tierra y la Luna, al convertirse la Luna en una roca más, como la Tierra, la conclusión era lógica: había que ir allí.

Era el tiempo en que culminaban los grandes viajes que llevaban a todo el globo el progreso y la destrucción; la distancia, entonces, no era sino un obstáculo terrestre que la razón y la técnica superarían; ya se vería cómo.

Mientras tanto, tomaban la delantera los novelistas –empezando por el mismísimo Kepler: el barón de Münchhausen y Rudolf Erich Raspe, Cyrano de Bergerac, Flammmarion, Hans Christian Andersen, Julio Verne–. Ahí estaba el objetivo.

Descenso en la Luna, 1969; todavía se mataba en todas partes, seguía adelante la guerra de Vietnam –que se resolvería pocos años más tarde– y había habido Argelia; hacía sólo 24 años que se habían cerrado las cámaras de gas y menos tiempo aún había pasado desde que se comenzara a desmantelar el gulag stalinista; se había cercado al átomo, se lo había estrujado y dominado, e Hiroshima y Nagasaki habían sido pulverizadas por el fuego de la radiación.

Pero ahora se estaba bajando en la Luna; nada más importaba; la historia se tomaba un respiro, una leve cesura de admiración en su arrastrarse horrendo y de gigante. Los pasos se habían dado con ritmo técnico, con ritmo histórico. No está del todo mal recordarlo: durante años la URSS había llevado la delantera: después del Sputnik, vino el primer astronauta; el 14 de septiembre de 1959, lograron estrellar contra la Luna un aparato de 292 kilos (el Luna 2). Un mes después, la sonda Luna 3 enviaba a la Tierra imágenes de la cara oculta del satélite. El 3 de febrero de 1966 el Luna 9 se posaba suavemente sobre la superficie de la Luna y enviaba las primeras fotos desde allí. Pero los norteamericanos ya habían recuperado un terreno que no perderían: en 1961 el entonces presidente Kennedy se comprometió a poner un hombre en la Luna, iniciando uno de los tres proyectos más caros del siglo (junto al Manhattan, que culminó en la bomba atómica y el Proyecto Genoma Humano). En 1964 lograron hacer impacto (con el Ranger 7), mientras el programa Apolo daba sus primeros pasos. El 2 de junio de 1966, el Surveyor 1 se posaba también en la Luna, en diciembre de 1968 despegó el Apolo 8; fue la primera nave que salió de la Tierra y se colocó en órbita de la Luna con tres personas adentro y el 20 de julio de 1969, con las previstas palabras de Neil Armstrong, los norteamericanos se alzaron con el premio mayor (el verdadero triunfo sobre la URSS en toda la línea se produciría sólo 20 años después).

Pero, bueno, no importaba, en última instancia, quién había ganado, era una Hazaña, así, con mayúscula, sólo igualada –y eso quizás– por la circunnavegación de la Tierra a cargo de Magallanes y Elcano. Era definir –y alcanzar– una frontera y esa frontera era el universo, el Imperio Galáctico prefigurado por Asimov, era un acto desmesurado y básicamente –uno de sus grandes valores– inútil, salvo por la celebración, el orgullo del triunfo y el conocimiento.

Y global, mucho antes de que la palabra globalización se hiciera corriente: aunque los astronautas plantaron una bandera norteamericana y en una acción típicamente hollywoodense se sacaron una foto junto a ella –estoy recordando de memoria–; el triunfo norteamericano incluía, en forma sutil, a la humanidad toda, que se reponía de los espantos de la Segunda Guerra Mundial, aunque las guerras coloniales subsistieran. Y aunque significaba una victoria de los Estados Unidos sobre la URSS en la carrera espacial, paradójicamente, en vez de separar, unía; al fin y al cabo, era efectivamente una carrera y no una guerra.

Era, en cierto modo, el punto más alto de la Ilustración, la última hazaña única, que de una manera u otra representaba a toda la humanidad, en una década que parecía encaminar al mundo en la senda del progreso material (basado en la ilusión del petróleo barato), mientras los países se descolonizaban y la utopía socialista estaba todavía vigente, y había triunfado aun en territorio americano.

Todavía, el ominoso fantasma del neoliberalismo –que sin embargo, subterráneamente ya recorría el mundo– no había comenzado su obra que destruiría –mucho más que fabricaría– esa precaria unidad llamada globalización (porque no une, sino que fragmenta el ilusorio mundo único que pretende en pequeños rencores locales) ni reinaba aún ese destructivo correlato del neoliberalismo que fue la posmodernidad.

Ni existían las PC –los cálculos se habían hecho con gigantescos engendros computacionales, con menor capacidad que una computadora de bolsillo de hoy– y nadie soñaba con el paraíso o el infierno de Internet.

“No puede ser que yo esté viendo esto”, murmuraba mi abuela, y yo: “Si ya hicimos esto, no existe ningún sitio, ninguna utopía a la que no podamos llegar”.

No fue así. Apenas cuatro décadas más tarde, se ve que resultó ser un gran paso para el hombre, pero un pequeño paso para la humanidad.

El corto Cincuenta años en la Luna, de Santilli, se estrenará en el ciclo 40 años en la Luna, ¿o no?, mañana lunes 20 de julio a las 19, en el Centro Rojas, Corrientes 2028. Se incluirá como parte del programa la primera película de los ’50: Viaje a la luna (Destination Moon, Irving Pitchel, 1950). El ciclo continúa los martes 21 y 28 a las 19, el viernes 24 a la medianoche (con los films sobre teorías conspirativas Capricornio Uno, Peter Hyams, 1978, y Algo gracioso pasó camino a la luna, Bart Winfield Sibrel, Alemania, 2001) y el viernes 31 también a la medianoche con una Gala Lunar que incluirá Viaje a la luna (George Meliès, 1902) y material Súper 8mm de consumo familiar con documentales de la década del ’60 sobre la carrera espacial.

Además, en el sitio http://www.historiadelapublicidad.com/ pueden verse recortes, avisos, noticias, láminas y fascículos escolares y no escolares de 1969.

Mañana lunes a las 21 hs., el canal Encuentro emitirá el documental Hacia la Luna. Repeticiones: lunes 20 a la 1 de la madrugada (emisión completa), miércoles 22 a las 23 (primera parte) y miércoles 29, también a las 23 (segunda parte).