Recuerden que pueden enviar sus chistes sobre ciencia a leonardomoledoblog@gmail.com, así sumamos al repertorio.
Un gran misterio científico para un día de lluvia. Pueden intentar responderlo si les apetece.
Hoy en día la Ciencia se enfrenta a desafíos trascendentales... y, sin embargo, el mayor problema del científico se resume en una sencilla pregunta: por qué las chicas con curvas más aerodinámicas son las que oponen mayor resistencia.
viernes, 27 de noviembre de 2009
miércoles, 25 de noviembre de 2009
Pedagogía y rebelión en el municipio de Miriápolis (Miriápolis IV)
En un antiguo edificio de arquitectura pesada se eleva la Escuela Secundaria Nº 1 “Enrique Pestalozzi”, orgullo del municipio de Miriápolis. Los alumnos del Pestalozzi gozan de una aureola especial y estudian todas las ciencias útiles: Geografía de Miriápolis, Literatura, Historia y Artes de Miriápolis, tres cursos de antropología cultural del municipio, Música y Poesía locales, entre muchas otras materias esenciales para quienes se supone serán los futuros funcionarios. Naturalmente, se dedica un cuatrimestre entero a la Historia, la Geografía y la Literatura universal, bajo el título de “Asuntos internacionales”.
Cuando el famoso pedagogo de Miriápolis, Enrique Bonnet D’Aubisson, asumió la dirección del Enrique Pestalozzi, y pretendió invertir la situación instituyendo un solo año de Historia del municipio y dándole prioridad a la Historia universal, no imaginó que iniciaba una de las épocas más turbulentas y extrañas que se recuerden.
La reacción fue inmediata: un grupo de alumnos armados se plantó frente al rector y le informó que no aceptaban los cambios. No solamente eso: exigían, además, que se reemplazara la Geometría burguesa euclideana por una Geometría de Miriápolis. Además, que no se toleraba que el rector usara anteojos. Anonadado por el estupor y con un revólver apoyado en su cabeza, el rector D’Aubisson optó por ceder.
Tan sólo una semana después, una coordinadora intercentros presidida por un alumno del Pestalozzi, con miembros de todos los otros colegios, se instaló en un inmueble de dos pisos y, en una turbulenta sesión, resolvió transformarse en Comité de Salvación Pública, deponer al rector D’Aubisson, confinarlo a un calabozo del Enrique Pestalozzi y colocar al frente del colegio a un comité de tres rectores, ninguno de los cuales contaba más de diecisiete años que muy pronto imponía toda clase de reformas, adoptadas ante la silenciosa impotencia del intendente municipal, un hombre razonable y por lo tanto, débil. Es necesario reconocer que muchas de esas reformas eran reclamadas desde hacía tiempo como la extensión de la electricidad, el gas y la red cloacal; otras parecieron abiertamente escandalosas y fueron vetadas por el intendente, como el permiso para contraer matrimonio a cualquier edad que superara los doce años, la promoción automática en todas las materias, la elección de los profesores por los alumnos y la posibilidad de imponer castigos corporales a los docentes.
Cuando el intendente quiso reaccionar, ya era tarde. Las fuerzas del municipio enviadas para disolver el Consejo de Rectores tuvieron que enfrentarse a un verdadero ejército de alumnos disciplinadamente armados, quienes anunciaron que no vacilarían en disparar contra las fuerzas del orden. El jefe de Policía entregó las armas y se puso a las órdenes del Consejo de Rectores. Este, en un acto de audacia, depuso al intendente y asumió todas las funciones del municipio, que fueron delegadas en alumnos de los años superiores en un primer momento, y luego en estudiantes de todos los años, aun en los que estaban haciendo el difícil curso de ingreso al Enrique Pestalozzi.
Empezó entonces un período de confusas reformas, decretos, prohibiciones y libertades que confundieron por completo a la población: los alumnos de los años inferiores exigieron participación en el comité, acusando a los rectores de tibieza y conservadurismo debido a su avanzada edad. Los nuevos rectores, de doce y trece años, exigieron e impusieron la legalización de formas de erotismo desconocidas para el municipio, la subordinación de los padres a la autoridad de sus hijos adolescentes, la prohibición de los automóviles en favor de las motos –cuyos permisos de conducir se expedían a partir de los diez años– y la obligatoriedad de que cada adulto fuera controlado por un tutor de no más de trece años. En medio de toda esta avalancha de reformas, nadie advirtió que los colegios primarios comenzaban a moverse. Es difícil entender cómo los niños de las escuelas primarias armados de hondas y aceritos consiguieron desarmar a los omnímodos Rectores Púberes e imponer un nuevo Consejo integrado exclusivamente por niños de hasta diez años de edad, y entronizar a un alumno de primer grado de la Escuela Primaria “José de San Martín”, de siete años y medio, como máximo funcionario público.
Pero la piedra estaba lanzada y nadie podía detenerla. No alcanzó el nuevo poder infantil a imponer los cuentos de hadas en los actos públicos, la confiscación revolucionaria de los kioscos de golosinas en favor de los nuevos funcionarios, la obligatoriedad de los juegos de mesa y de pelota en las oficinas públicas, la prohibición total del trabajo en todo el territorio de la municipalidad, el control de los ingresos familiares por los niños más pequeños, la abolición del sistema de tutores adolescentes en favor de tutores niños, cuando nuevas oleadas de rebelión del poder aún más joven los desplazaron de los altos cargos que ocupaban. Primero los alumnos de preescolar y de los Jardines de Infantes detentaron un efímero poder, hasta que éste cayó en manos del Comité General de Bebés de Miriápolis, que consiguió entronizar al primer Intendente Bebé, Carlitos Abasolo, de solo dos años, y conferirle la suma del poder público y la administración de justicia del municipio.
La población, que debió aprender aterrorizada a hablar en media lengua, bajo penas severísimas, vio con alivio la caída del Consejo de Bebés en favor del Comité Confederado de Integrantes de Nurserys de los seis sanatorios y clínicas existentes en la municipalidad, y que consiguió imponer el uso obligatorio de pañales a toda la población.
Fue entonces que la cosa estalló, porque se comprendió que el poder real residía en un oculto pacto de enfermeras y nurses de las clínicas, y quien en realidad ejercía el poder en lugar del Intendente –un bebé, de apenas nueve días y que encima estaba en la incubadora– era la caba de la clínica El Final, de quien se contaban historias muy poco edificantes y que empezó a construirse una mansión de lujo nunca visto en el municipio. La rebelión de la población contra el uso de pañales fue total, y dio lugar a un período de confusa anarquía, hasta que todo retornó a la normalidad y asumió un nuevo intendente que repuso a D’Aubisson, quien resolvió postergar por el momento toda reforma de los programas.
Y que, por las dudas, resolvió usar lentes de contacto.
martes, 24 de noviembre de 2009
Bitácora
Para los amantes del cuento, un sitio sumamente recomendable, un verdadero yacimiento de cuentos:
http://www.ciudadseva.com/bibcuent.htm
http://www.ciudadseva.com/bibcuent.htm
lunes, 23 de noviembre de 2009
Todos queremos que existan los marcianos
Marte siempre será un personaje principal. Tal como lo fue para Kepler en 1609 cuando, estudiando la órbita de Marte, encontró la primera de sus tres grandes leyes y puso orden en el sistema solar. El telescopio permitió estudiar a Marte mejor. En el siglo XVIII William Herschel, el descubridor de Urano, llegó a la conclusión de que la atmósfera marciana era similar a la terrestre y vio, con su gran telescopio, que poseía casquetes de hielo en los polos Norte y Sur. En 1877 se descubrieron dos pequeñas lunas marcianas a las que se les dio el nombre de los feroces caballos que arrastraban el carro de guerra del dios Ares: Fobos (miedo) y Deimos (terror).
Marte está ahí en el cielo nocturno y verlo renovó, esta vez, la mezcla de temor, respeto y fascinación que siempre inspiró. En la Antigüedad, su color rojo llevó a que se lo vinculara con el fuego, la guerra, la sangre y la destrucción. Los persas lo llamaron Guerrero Celestial; fue Harmakis para los egipcios. Los babilonios lo llamaron Nergal, el que cuando está apagado trae suerte, pero si brilla transporta la desgracia. Los griegos lo asociaron al temible Ares, dios de la guerra que se mezclaba con los mortales en brutales batallas, como se puede leer en La Ilíada. La versión romana fue Marte.
Pero Marte no es solamente un dios. Es un engranaje del sistema solar. Es la tierra de los mitos, donde buscamos rastros de vida, donde se refugiaron los monstruos y los ogros, los duendes y las hadas, las feroces serpientes que asolaban los mares. Y es el lugar que la imaginación pobló de seres extraños, que descienden directamente de aquel dios griego que se mezclaba en las cosas de los hombres. Marte es el lugar adonde nosotros, los hombres y mujeres de la Tierra, pensamos ir y establecernos. Es la meta inalcanzable, la primera estación en el viaje a las estrellas.
En 1877, Marte deparó la sorpresa más grande de toda la historia del sistema solar: el astrónomo italiano Giovanni Schiaparelli, a través del telescopio, vio que la superficie marciana estaba cruzada por una serie de delgadas líneas oscuras y rectas que llamó “canales”. Canales marcianos... agua... era la época del Canal de Panamá, del Canal de Suez, y la idea de los canales y la gran ingeniería estaba en el aire, y en el agua.... Un astrónomo norteamericano, Percival Lowell, se tomó al pie de la letra la idea de los canales, y en 1894 se imaginó una gran civilización marciana, mucho más avanzada que la terrestre, que había construido los canales para transportar el agua desde los polos y regar los desiertos de su exhausto planeta. Esos gigantescos canales de irrigación, con las estaciones, permitían que avanzara y retrocediera una franja oscura de vegetación verdosa. Imaginó que Marte tenía una larga historia de grandes y sangrientas civilizaciones guerreras, y pacíficas culturas humanísticas, que habían construido ciudades fabulosas a lo largo de los maravillosos canales.
Habían nacido los marcianos y la idea de que Marte estaba habitado por una gran civilización prendió en todo el mundo, en grandes y chicos del mismo modo que se hablaba de los países fabulosos del Preste Juan en la Edad Media o, después del viaje de Colón, se pobló el nuevo continente americano con toda clase de seres fabulosos.
Hubo toda clase de excesos. Espiritistas, novelistas y teósofos incluyeron a los marcianos entre sus temas favoritos. Las enormes distancias interplanetarias eran “salvadas” con comunicaciones telepáticas o viajes impulsados por fuerzas espirituales. En 1894 la médium Hélène Smith afirmó que solía viajar a Marte habitualmente a través de una “proyección astral”. Hélène también entraba en trance y hablaba “en marciano”. “En Marte tenemos una fauna exuberante, una vegetación maravillosa y nuestros habitantes viajan en autos sin caballos y en máquinas que permiten volar. Nuestros cultivos peligraban, por eso debimos crear los canales... era la única manera de llevar agua a nuestrasgranjas”. Hélène también había visto los canales y era natural que así fuera: la polémica sobre la vida en Marte estaba firmemente instalada en la cultura popular.
En 1913 observaciones cuidadosas con el telescopio mostraron que los canales eran simples ilusiones ópticas y la comunidad científica comenzó a perder las esperanzas de encontrar una civilización similar a la humana en Marte: era un planeta desierto y helado; el pavoroso frío reinante volvía la vida más que improbable.

Pero la idea de una civilización alienígena se había apoderado de la imaginación colectiva. A fines del siglo XIX, H. G. Wells publicó La guerra de los mundos, donde se relataban las peripecias de una invasión marciana. La novela causó impacto, sí, pero la noche del 30 de octubre de 1938, Orson Welles hizo, por radio, una broma terrible: los radioescuchas de la cadena norteamericana CBS oyeron un informe escalofriante: la radio anunciaba una invasión desde Marte... “Sabemos ahora que en los primeros años del siglo XX, seres más inteligentes que el hombre, y sin embargo mortales, vigilaban atentamente nuestro planeta. También sabemos que, mientras los humanos se dedicaban a sus quehaceres, otros seres los examinaban y estudiaban con toda exactitud y minuciosidad, lo mismo que el hombre, valiéndose del microscopio, examina a las criaturas que pululan y se multiplican en una gota de agua”.
Los radioescuchas sufrieron un verdadero bombardeo de noticias apocalípticas, y el impacto fue enorme. De los seis millones de oyentes que tuvo la emisión, un millón doscientos mil se la tomó al pie de la letra.
La gente tenía recuerdos de la Primera Guerra Mundial y preveía el estallido próximo de la Segunda. Con Hitler en Alemania, el miedo a una invasión estaba a flor de piel. No más que en otras épocas a los monstruos o a los bárbaros, pero ahora, de acuerdo con los tiempos, los invasores llegaban desde el cielo. Los únicos que no se engañaron fueron los aficionados a la ciencia ficción: les resultó sospechoso que la situación se pareciera tanto a las historias que ellos conocían. Pero lo que sucedió esa noche mostró cuán profundamente se había instalado el mito de los marcianos, y el miedo que enseguida trepó al cine. Los monstruos, los temibles, los extraños, venían ahora de Marte.
Los marcianos volvieron en 1947; algunas pruebas secretas del ejército norteamericano hicieron creer al público que se había capturado una nave extraterrestre, naturalmente, marciana. Más tarde, un productor alemán fraguó un video en el que se veía la autopsia que los norteamericanos le habían hecho a un alienígena. Aunque estos hechos se desmintieron una y otra vez, y la cosa no tiene mucho sentido, no es fácil convencer a los que tiene una fe ciega en los marcianos. Marte es un planeta frío y sin vida, como se pudo ver esta semana por los telescopios, pero no por eso se han de abandonar las fantasías de Wells, de Burroughs y de Bradbury.
La verdad es que el programa radial de Welles y el caso Roswell tienen factores en común: el autoengaño, la sugestión, la creencia. Pero eso es simplemente psicología de una situación, o análisis mediático. Hay un componente más profundo, más esencial: y es que, en realidad, todos queremos que existan los marcianos. En el fondo es un profundo anhelo. Tal vez tengamos miedo, pero no por eso los deseamos menos, como se anhelaba a los monstruos atemorizadores que salían de los bosques para visitar a los hombres que dormían en sus camas de piedra. Los monstruos y los duendes abandonaron los bosques que se talan sin misericordia y se convierten en regiones desiertas, o son destruidos por la lluvia ácida; las náyades abandonaron los ríos, los lagos y las fuentes contaminadas; las hadas dejaron de volar en las fiestas de cumpleaños; y, sobre todo, los viejos dioses que acompañaron a la humanidad desde sus primeros pasos abandonaron los cielos y los dejaron vacíos. Sólo quedó el espacio profundo, sin vida ni inteligencia. La humanidad está aislada en un océano cósmico, y así, nos preguntamos: ¿quién está allí? No queremos estar solos en el universo, y enviamos señales de radio, llamados, naves de exploración, o nos imaginamos seres venidos de afuera.
No queremos estar solos.
Aunque tengamos miedo.
Todos queremos que existan los marcianos.
Pero los marcianos no existen.
¿Quién existe entonces?
Marte se acercó a la Tierra, y las filas largas en los telescopios trataron de contestar esa pregunta.
viernes, 20 de noviembre de 2009
Club del chiste
Recuerden que pueden enviar sus chistes sobre ciencia a leonardomoledoblog@gmail.com, así sumamos al repertorio.
Para hoy, un chiste interdisciplinario.
Un filósofo, un biólogo, un físico y un matemático, amigos de toda la vida, están tomando una cerveza y charlando de las nimiedades de la vida en un bar. En mitad de la conversación todos ven cómo dos personas entran en la camioneta vacía que está estacionada justo frente a la ventana donde todos están sentados. Un rato después salen tres personas de la camioneta.
-¡Pero esto es imposible! -dice el filósofo- Si la camioneta estaba vacía, cómo puede que salga una persona más que la que entró.
- Claramente nuestras mediciones son erroneas -aventuró el físico
- Debieron reproducirse dentro de la camioneta -supuso el biólogo
Y todos miraron al matemático que parecía muy tranquilo:
-No veo cuál es el problema -dijo el matemático-. Si entraron dos, y salieron tres, cuando entre una persona más, la camioneta volverá a estar vacía.
Para hoy, un chiste interdisciplinario.
Un filósofo, un biólogo, un físico y un matemático, amigos de toda la vida, están tomando una cerveza y charlando de las nimiedades de la vida en un bar. En mitad de la conversación todos ven cómo dos personas entran en la camioneta vacía que está estacionada justo frente a la ventana donde todos están sentados. Un rato después salen tres personas de la camioneta.
-¡Pero esto es imposible! -dice el filósofo- Si la camioneta estaba vacía, cómo puede que salga una persona más que la que entró.
- Claramente nuestras mediciones son erroneas -aventuró el físico
- Debieron reproducirse dentro de la camioneta -supuso el biólogo
Y todos miraron al matemático que parecía muy tranquilo:
-No veo cuál es el problema -dijo el matemático-. Si entraron dos, y salieron tres, cuando entre una persona más, la camioneta volverá a estar vacía.
miércoles, 18 de noviembre de 2009
Sobornos bien estimulantes (Miriápolis III)
En el Municipio de Miriápolis sobornar a los legisladores era cosa corriente y las leyes se compraban y se vendían por el sencillo expediente de repartir dinero abiertamente entre los integrantes del Consejo Municipal. No era una mala práctica, ya que le daba al tratamiento legislativo una transparencia que los turbios manejos de la política -efectuado siempre entre bambalinas y mediante dudosas roscas- rara vez tenían. Si alguien quería que se votara una ley protegiendo los árboles, los pájaros o prohibiendo la caza de mariposas -objetivo éste del más alto interés-, bastaba con sobornar a la comisión de medio ambiente; si un artista, convencido del valor de su obra, aspiraba al premio municipal, le alcanzaba con pasar algunos dinerillos a la comisión de cultura, y si alguna empresa quería bajar los sueldos, o algún sindicato subirlos, como es la misión de empresas y sindicatos enzarzados en la lucha de clases, discretos sobres deslizados en los bolsillos de los integrantes de la comisión de asuntos laborales zanjaban la cuestión en forma pacífica (que muchos calificaban de bonapartismo).
Como es natural, había polémicas al respecto. Ciertos puristas se horrorizaban lisa y llanamente, invocando principios pasados de moda, y correspondientes a una economía no monetaria. Los defensores del sistema, por su parte, argumentaban que era legítimo, ya que no se pagaba para que un legislador cometiera ningún acto ilegal, sino para que votara una ley, lo cual, al fin y al cabo, es la tarea de un legislador y, en ese sentido, podía hasta considerárselo como un premio o un estímulo a la productividad (obviamente, a nadie se le pasaba por la cabeza, ni remotamente, que un legislador votara nada debido a convicciones o razonamientos). Algunos sostenían que se trataba de una razonable transacción, que simplemente ajustaba la política a las leyes del mercado, en tanto traducía en términos monetarios, económicos, simples y comprensibles por todo el mundo cosas tan volátiles como las ideologías. Después de todo, argüían, nunca en la vida se había escuchado que un legislador votara una ley basándose en argumentos, sino en turbios intereses corporativos, o cediendo a presiones de toda índole que no estaban al alcance del ciudadano común. El dinero entregado a cambio de leyes recibía el nombre oficial de "estímulo a la actividad legislativa", aunque popularmente se lo siguió llamando soborno, coima, cometa, o con otros nombres desesperantes y atroces.
Un grupo de legisladores de la oposición, alarmados por la desigualdad de los montos que recibían, elaboró una reglamentación que exigía que los sobornos fueran repartidos igualitariamente entre todos los integrantes del consejo. En el afán de aumentar las sumas, impuso un tarifario obligatorio donde el monto y objetivo de cada soborno estaba especificado con detalle y autorizó la formación de cooperativas que ayudaran a reunir el dinero necesario para una ley. Las cooperativas florecieron, con gran participación ciudadana, que contribuyó al progreso y a la apertura de la comunidad, ya que cada soborno se discutía entre los vecinos en audiencias públicas, y al crecimiento económico, ya que los bancos -tímidamente primero, audazmente después- otorgaban créditos para que tal o cual ley se aprobara, al principio de acuerdo con sus intereses, luego independientemente de ellos, puesto que los intereses cubrían sobradamente cualquier inconveniente de la ley.
Como era de esperar, y siguiendo la dinámica natural del capitalismo, pronto aparecieron verdaderas compañías de sobornos, que terminaron con las cooperativas y que, de acuerdo con los bancos, ofrecían grandes cantidades de dinero para la aprobación de una ley, a condición de que algún artículo incluyera una "indemnización por gestiones" a la compañía, a cargo del erario. Las compañías de soborno gozaron largo rato de gran prestigio, y los ciudadanos se asociaban esperando obtener excelentes beneficios. Con el tiempo, las compañías de sobornos se unificaron en una única y gran Empresa General de Estímulos Legislativos. Controlada por un temible directorio de gerentes en número igual al de legisladores, centralizaba el flujo de dinero destinado al pago de las leyes y monopolizó, sin excepciones, todos los sobornos del Municipio de Miriápolis.
Los gerentes de la Empresa (como era conocida popularmente) se transformaron en los verdaderos legisladores del municipio (en tanto que los auténticos devinieron meras sombras que se limitaban a cobrar y sancionar) y acumularon grandes cuotas de poder, ya que el control de la Empresa y su enorme capital sostenido por los bancos permitía conseguir que se votase cualquier ley que se les ocurriera. Pronto montos y destinatarios de los sobornos cayeron en la órbita del secreto, el alguna vez democrático tarifario de leyes dejó de estar a la vista del público y los gerentes hicieron votar leyes de inmunidad que los protegían de cualquier amenaza judicial. Con el tiempo se supo que los gerentes se guardaban privadamente un alto porcentaje del monto que les correspondía a los legisladores, y que ellos mismos no eran insensibles a los sobornos que les ofrecían grupos de intereses. Empezaron a ostentar autos, mansiones y joyas espléndidas, y paseaban por las calles precedidos por doce portaestandartes vestidos de gabardina azul y tiernos pajecillos adornados de verde.
Fue demasiado. Un levantamiento popular estatizó la Empresa de sobornos, impuso la elección de los gerentes por sufragio universal, el control democrático del monto y los destinatarios de los sobornos, la obligación de que los sobornos pagaran impuestos progresivos, que hubiera un comité que controlara cualquier exceso, que se implementaran "bonos de soborno" accesibles a toda la población que serían repartidos por las obras sociales con cada prestación médica y que un plebiscito decidiera, en cada caso, qué ley tenían que votar los legisladores a cambio del soborno. Todo lo cual, si mal no se piensa, era una buena forma de democratizar el Municipio de Miriápolis.
