jueves, 13 de octubre de 2011

"Vivimos un momento muy particular"

 DIALOGO CON JOSE EDUARDO WESFREID, DOCTOR EN FISICA, UNO DE LOS GANADORES DEL PREMIO RAICES

 El Jinete Hipotético desconfía de los premios literarios, pero siempre está atento a los premios científicos, sobre todo cuando se trata de reconocer a los que siguieron colaborando a pesar de haberse ido.

–Bueno, a ver, no sé cómo empezar.
–Pregúnteme qué hago.
–Bueno. ¿Qué hace? –Hago física experimental desde el punto de vista de la investigación básica, pero también con mucho contacto con la innovación tecnológica, las empresas y las industrias. Esto nos trae problemas que hay que despejar para ver cuáles son los verdaderos intereses para la física, y a su vez nos da la posibilidad de ver qué temas de física fundamental pueden tener relevancia para una posterior aplicación tecnológica. A mí me gusta estar con un pie en la física fundamental y otro en la experimental.
–Y ahora recibió el premio Raíces. –Bueno... sí, recibí ese premio y estoy muy contento. Somos once personas que lo recibieron. Según yo lo entendí, es un premio a la “diáspora” científica argentina que ha contribuido en la cooperación con nuestro país; es decir, a los argentinos que estamos en el exterior que hemos participado en la actividad científica de la Argentina. Yo creo que vivimos un momento muy particular, muy positivo, de la ciencia en nuestro país. Todos reconocemos muy fuertemente la formación que hemos recibido en la universidad...
–... pública. –Obvio, y gratuita, lo cual tiene bastante significación cuando uno ve los problemas que trae la no existencia de enseñanza pública en muchos lugares del mundo. Todas estas cuestiones estuvieron presentes en las palabras de agradecimiento de quienes ganaron el premio. Yo, en mi caso particular, hace 25 años que estoy trabajando con colegas argentinos en el área de la física experimental. Empezamos en colaboración con gente de la Facultad de Ingeniería de la UBA, tratando de aplicar contenidos de física de fluidos. Durante muchos años hemos intentado dirigir en forma conjunta una tesis (en cotutela), a lo cual ayudó que nuestros estudiantes, al tiempo que trabajaban en su formación en Francia, seguían trabajando en los laboratorios aquí, y así no perdían de vista sus intereses, ni sus posibilidades de desarrollo en la Argentina.
–Bueno, ésa es la parte fundamental de la cooperación. –Hoy contamos con un laboratorio internacional franco-argentino de mecánica de fluidos en la Facultad de Ingeniería. Del lado argentino tiene la tutela del Conicet y la UBA, y del lado francés, la del CNRS, la Universidad de Poitiers, de París VI, de París XI y La Ecole du Physique et Chimie. Así, de algún modo, se ve que ese largo camino que hemos recorrido sigue dando posibilidades y perspectivas de trabajar juntos, y está generando una dinámica excelente, de interés mutuo, que permite desarrollar cosas muy interesantes.
–¿Qué quiere decir con “física experimental”? –Hay físicas de toda medida. Es un poco abusivo de mi parte hablar de “física experimental”, porque puede ser la física de una partícula pequeñísima hasta poder medir correctamente los kilómetros que tuvieron que recorrer los neutrinos...
–¿Cree en esta historia de los neutrinos? –No es mi tema. Es muy interesante el estilo del resultado científico que los colegas de la experiencia Opera han mostrado en su artículo. Tienen todos los elementos para demostrar que los pasos estuvieron bien dados. Han planteado bien un problema que puede tener consecuencias significativas sobre la física. Pero volvamos a la física experimental.
–Volvamos. –Tenemos una física de lo pequeño, una física de lo inmenso (la cosmología, por ejemplo) y yo pensaba en la física experimental como una especie de física intermedia entre las dos, una física que se ocupa de estudiar las cosas con las cuales convivimos más cotidianamente. Nos movemos en el área de los metros y los centímetros: por ejemplo, nos ocupamos de ver cómo juega la turbulencia sobre la erosión en muchos problemas de ríos.
–... –Hay algo importante: en la ciencia lo interesante no siempre es resolver problemas sino saber generarlos, y la realidad tecnológica e industrial está llena de nuevos problemas que hay que generar e intentar resolver. Lo que pasa es que la mecánica de fluidos estaba dominada por un pensamiento bidimensional, y cuesta incorporar en la comunidad científica que hay que empezar a modelizar en tres dimensiones. Lo tridimensional está abriendo un camino de desarrollo muy grande. Y además, cada vez más hay una dinámica de ida y vuelta entre la mecánica de fluidos y la de sólidos. En los dos campos más importantes de la ingeniería hay mucho para que los físicos aprendan y para que aporten.
–Habló de una especie de sinergia entre la ciencia y la industria. Eso se da en Francia. ¿Acá también? –Es difícil hacer una caracterización global. En la Argentina, la preocupación está planteada, aunque está claro que todavía hay mucha potencialidad en el sistema científico argentino que no está aprovechada todo lo que se podría para el sistema tecnológico.
–Siempre hubo una cierta desconfianza mutua entre científicos y “empresarios”, ¿no? –Ese es un tema diferente que preferiría no abordar. Lo que sí sabemos es que hay muchos aspectos que no hay que subestimar. Siempre se comenta, por ejemplo, que la escuela francesa de cristales líquidos, en la década del ’70, fue científicamente importantísima, pero incapaz de generar ninguna patente. Eso parecería ser una falencia: tanto conocimiento básico generado no pudo verse transferido. La transferencia en ese tema la terminaron haciendo otros países. Uno se podría preguntar qué hubiese pasado si el grupo científico que estaba a la punta de la investigación básica se hubiese interesado en la aplicación tecnológica, y yo pienso que probablemente habría habido innovaciones importantísimas. Esto es lo más interesante: no perder oportunidad desde la investigación básica de ocuparse de la transferencia.

martes, 11 de octubre de 2011

La gravitación (copla)

Allá en Polonia, un viejo, decía,
que el Sol estaba quieto y la tierra se movía.

Pensaba Copérnico:
Ya ha llegado el día
de hacer la reforma
de la astronomía.

Otra solución
mejor yo no encuentro
se mueve la Tierra
y el Sol en el centro.

Miró Galileo
al cielo estrellado
con su telescopio
y lo vio cambiado

Qué cosa más rara
"En Júpiter veo
cuatro lunas nuevas"
dijo Galileo.

"Qué quieren que diga
lo hago de este modo
el Sol, para mí
es el centro de todo".

Kepler machacaba 
con el mismo tema
"el Sol es el centro
de todo el Sistema"

"Se mueven los astros
sobre elipses bellas
desde los planetas
hasta las estrellas".

Y Newton, un hombre
de mucha razón
descubrió la ley
de gravitación

Zapato y sombrero
vestido y calzón
que vivan las leyes
de gravitación

jueves, 6 de octubre de 2011

Cuasicristales y la Biblioteca de Babel

 
Así como el Premio Nobel de Física le tocó a la expansión del universo (o mejor dicho, a su aceleración) y a tres astrofísicos, el de Química fue para la estructura de los sólidos, y una de sus novedosas formas: los cuasicristales. Efectivamente, Daniel Shechtman, científico israelí investigador del Technion y profesor de Ciencias de Materiales de la Universidad del Estado de Iowa, se alzó esta vez, él solito, con los 11,1 millones de euros por haberlos descubierto, en los años ’80, y haber producido un sacudón en la cristalografía.
Como todo lo cuasi, los cuasicristales son difíciles de describir (y por lo tanto de descubrir). Lo cierto es que la materia, a nuestro alrededor, se encuentra en los diferentes estados clásicos: gaseoso (las moléculas o los átomos están prácticamente libres y entonces se mueven y giran al azar, sin estructura), líquido (las moléculas están menos separadas que en estado gaseoso, pero no forman una estructura fija sino variable y desordenada; como todos sabemos, el agua fluye y toma la forma del recipiente que la contiene) y sólido (fuerzas intensas, y estructuras en principio estables).
Estables, sí, aunque a veces amorfas (como es el caso del plástico), y a veces cristalinas: un motivo que se repite sistemáticamente como en, por ejemplo, la sal de mesa, que está compuesta por cubos (en cada vértice un átomo, de cloro o de sodio), que se extienden monótonamente, idénticos a sí mismos, como se repiten los obsesivos hexágonos de la Biblioteca de Babel de Borges (la mayoría de los sólidos suelen presentarse en forma cristalina y, curiosamente, el vidrio no es un sólido cristalino, sino un líquido sobreenfriado y amorfo: lo cristalino no significa transparente). Simétricos (con diferentes tipos de simetría), los cristales son químicamente bellos y tan apegados a su repetitividad geométrica que hubiera hecho las delicias de Pitágoras. Sólidos amorfos, sólidos platónicamente geométricos, se disputaban las primacía de la materia.
Pero ocurrió –siempre ocurren estas cosas en la historia, en la geografía, y hasta en el lenguaje– que el 8 de abril de 1982 el hoy laureado Daniel Shechtman se puso a mirar con un microscopio electrónico una mezcla de aluminio y manganeso (comprenderá el avisado lector que ya se está construyendo la leyenda) y el dibujo de difracción (forma de dispersión de las ondas electrónicas que, junto con los rayos X, son las grandes sondas para explorar los cristales) que le devolvió el microscopio (electrónico, desde ya) mostraba que los átomos estaban compactados como un cristal, como gran parte de los materiales sólidos, pero el patrón de distribución no podía corresponder a ninguna de las simetrías conocidas de la cristalografía, como si el curioso bibliotecario que recorre los hexágonos de la Biblioteca de Babel se topara bruscamente con un pentágono, un cuadrado, o un triángulo, que de pronto le dieran la pauta de que la regularidad de la Biblioteca es más compleja de lo que parecía en un principio (¿no nos ocurre lo mismo cuando, acostumbrados a nuestras ciudades cuadriculadas nos topamos inesperadamente con una diagonal?). El material de Shechtman no era amorfo porque tenía una estructura simétrica, pero tampoco cristalino porque no se mantenía la simetría de traslación. Es decir que se trataba de un sólido con una estructura ordenada pero en principio no periódica. Lo cierto es que se había topado con el mundo de lo cuasi.
Ciertamente, lo que vio parecía una estructura repetitiva montada sobre otra estructura repetitiva: periódica en los rasgos grandes, pero no en los pequeños; caminaba por una ciudad en la que a la cuadrícula se superponía una estructura de diagonales: no deja de ser periódica, pero en cada punto producen una dolorosa confusión.
Pero el asunto fue que un cristal de ese tipo no estaba ni siquiera representado en la Tabla Internacional de Cristalografía dado que se consideraba, no sólo inexistente, sino directamente imposible: ¿cómo podría la naturaleza mezclar hexágonos y cuadrados, o cubos y otros sólidos de manera que todo encajara? No podía ser. Y así, cuando Daniel Shechtman comunicó los resultados de sus pruebas recibió burlas de sus colegas y un manual de cristalografía como irónico regalo de parte del director del laboratorio (como se ve, se consolida la leyenda).
Shechtman sostuvo los resultados de sus experimentos por sobre el libro de texto y fue invitado a retirarse del grupo de investigación del National Institute of Standards and Technology (NIST) donde trabajaba. Todos suponían que había hecho algo mal en el procedimiento, incluso la revista Journal of Applied Physics, que rechazó el artículo que les envió en el verano de 1984.
Acudieron en su ayuda. El físico John Cahn y el cristalógrafo francés Denis Gratias repitieron con él el experimento confirmando que era confiable y publicaron en conjunto, en noviembre de 1984 un artículo en la Physical Review Le-tters que derrumbó una de las verdades más fundamentales de la disciplina: aquella que enunciaba que todos los cristales consisten en patrones repetidos y periódicos, ordenados de forma regular, siguiendo un esquema determinado que se reproduce, en forma y orientación, en todo el cristal.
La historia de Shechtman muestra una cuasi forma de operar en la historia de la ciencia: incredibilidad primero, cuasi credibilidad después, credibilidad total y Premio Nobel más tarde.

Nobel, supernovas y expansión del Universo


Esta vez, el Premio Nobel de Física fue para la cosmología: la Real Academia de Ciencias de Suecia decidió que sería para Saul Perlmutter, Adam Riess y Brian Schmidt, tres astrónomos que en las dos décadas finales del siglo pasado encontraron evidencias de que la expansión del Universo se acelera, mediante la observación de supernovas lejanas.
La expansión del Universo es todo un tema de la cosmología (y la cosmovisión) actual. Su descubrimiento se remonta a los años ‘20 del siglo pasado y al nombre del astrónomo norteamericano Edwin Hubble, quien, estudiando meticulosamente las galaxias, determinó que todas ellas se estaban alejando de la nuestra (la Vía Láctea) más rápido cuanto más lejos estaban. La deducción se fundó en el análisis de la luz que nos llegaba de ellas, que aparece “corrida hacia el rojo”. El corrimiento del rojo de la luz es como el corrimiento hacia los graves de un sonido cuya fuente se aleja (por ejemplo, el ulular de una ambulancia). Análogamente, si la luz de las galaxias lejanas aparecía marcadamente corrida hacia el rojo, sólo podía significar que todas esas galaxias se alejaban de nosotros.
Naturalmente, este alejamiento no era producto de una generalizada paranoia universal hacia nosotros: la impresión se debía simplemente a que éramos nosotros quienes observábamos; la verdad de la milanesa es que cualquier observador, en cualquier galaxia, vería lo mismo; en realidad lo que ocurre es que todo el Universo, el espacio mismo, está creciendo y se expande. Algunos cosmólogos como Friedman o Lemaitre lo habían adelantado, manipulando las ecuaciones de la Teoría General de la Relatividad de Einstein (1915-17), que describen el comportamiento del Universo a gran escala. Hubble encontró, además, una relación simple entre la distancia y la velocidad de retroceso de una galaxia: la justamente llamada constante de Hubble (H) y que hoy se estima en unos 72 km por segundo por megaparsec (1 megaparsec equivale a 3,26 millones de años luz). Lo cual significa que una galaxia situada a esa distancia huye a una velocidad de 72 km por segundo, y una situada a 3 mil millones de años luz de distancia se está alejando a la nada despreciable velocidad de 72 mil kilómetros por segundo... ¡más de un cuarto de la velocidad de la luz! (y no vamos a traer ahora a colación el desgraciado tema de los neutrinos).
Pero el descubrimiento de la expansión del Universo tenía una derivación sensacional: las galaxias no podían haberse estado separando desde siempre; si ahora se alejaban, tenían que, en el pasado, haber estado muy juntas. Y más atrás aún era forzoso que estuvieran concentradas, formando algún tipo de conglomerado muy pequeño y denso que, de alguna forma, había empezado a crecer hasta dar el Universo actual. Nacía así el grandioso esquema del Big Bang, que se convertiría, hacia los años ’60, en la gran (y única) teoría general sobre la evolución del Universo.
Pero si bien la teoría del Big Bang decía mucho (a trancas y barrancas, parches y correcciones, es preciso decir) sobre el origen del Universo, no daba demasiadas pistas sobre su final. ¿El Universo se seguiría expandiendo por siempre, o en cierto momento la fuerza de gravedad universal volvería a juntar todo en una especie de gran implosión (Big Crunch)? ¿La expansión se estará frenando, o sigue su ritmo constante e implacable?
Ni una cosa ni la otra. Y es aquí donde interviene el trabajo de los premiados ayer: los dos equipos en los que trabajaban, estaban buscando supernovas lejanísimas, justamente, para medir el estado de la velocidad de expansión, con la esperanza de que ésta se estuviera deteniendo.
¿Por qué supernovas? Las supernovas son pavorosas explosiones en las que una estrella estalla, lanza todo su material al espacio, brilla por un tiempito como una galaxia entera (esto significa que su brillo puede aumentar 100 mil millones de veces) y luego se extingue. Ahora bien: la detección de supernovas en galaxias lejanas permite estimar la distancia a la que están, comparando el brillo de las supernovas de allí con las que se producen en galaxias cercanas y cuya distancia se conoce.
Y bien: si la expansión se estuviera deteniendo, las galaxias en cuestión deberían estar un poco más cerca que lo que da el cálculo con una expansión constante. Pero, muy por el contrario, encontraron que las galaxias estaban más lejos de lo esperado. Esto es: la expansión se estaba acelerando.
Los dos equipos de investigación barrieron los cielos para avistar supernovas distantes, al límite de lo visible. Buscaban supernovas del tipo Ia (estas supernovas nacen de sistemas en el que una estrella “enana blanca”, una estrella pequeña y densísima); por su gravedad, toma materia de otra estrella del sistema hasta crecer lo suficiente como para ser inviable y dar lugar a una pavorosa explosión (la explosión es el paso final en el ciclo de vida de la “enana blanca”, que se forma cuando una estrella ya no tiene más combustible en su núcleo, es decir, cuando todo el hidrógeno y el helio se consumió en la reacción nuclear y sólo queda carbono y oxígeno; es el destino de nuestro Sol).
Y así fue cómo los tres nuevos Nobel encontraron 50 supernovas distantes cuya luz resultaba bastante más débil de lo esperado, o precisamente lo contrario de lo que esperaban. Si la expansión del Universo se estuviera ralentizando, la supernova debería aparecer más brillante. En cambio, la pérdida de intensidad indicaba que las supernovas se estaban alejando cada vez más rápido, insertas en sus galaxias.
Ese es el resultado empírico, sobrecogedor, por cierto... Pero, ¿qué es lo que está acelerando la expansión del Universo? En sus ecuaciones, Einstein proponía la existencia de una fuerza antigravitacional que contrarrestara la fuerza gravitacional de la materia y entonces mantuviera el equilibrio. Una especie de tire y afloje por los límites del Universo. Esa fuerza antigravitacional hoy en día es conocida como energía oscura y representa uno de los grandes enigmas de la física actual. La energía oscura vendría a ser, precisamente, aquella que incentiva la expansión del Universo.
Entonces, la historia final de este descubrimiento vendría a ser algo así. La energía oscura conforma ahora una gran parte del Universo, más del 70 por ciento. La expansión del Universo comenzó con el Big Bang hace 14 mil millones de años, y fue constante durante un buen tiempo (eso del buen tiempo es hablar de algunos miles de millones de años). Pero a medida que la materia se diluyó por la expansión, la energía negra se volvió dominante, y la expansión se comenzó a acelerar.
¿Hasta cuándo? ¿Y qué es la energía oscura?
Nadie lo sabe. Son preguntas cuyas respuestas conducirán a nuevos premios Nobel, con seguridad.

lunes, 3 de octubre de 2011

La ciencia, el periodismo, el arte y la comunicación pública (2da parte)

Segunda parte de la charla pronunciada en la “Jornada Regional de Periodismo Científico: Comunicación, Universidades y Ciencia” que se llevó a cabo en Santa Fe, en la Facultad Regional de la UTN (Ir a la primera parte)

EL COMUNICADOR HACE CIENCIA

Si la ciencia es comunicación por naturaleza, y la comunicación es una parte de la ciencia, el comunicador tiene que saber que cuando comunica la ciencia está haciendo ciencia. Y ése es otro de los conceptos que elaboramos en el Planetario. Una de las actividades de la ciencia, por su propia naturaleza, es la comunicación, y por lo tanto el comunicador hace ciencia.
Hay otro prejuicio (esto es lo que Bacon hubiera llamado “prejuicios de la tribu”), y es que hay dos culturas separadas. Ya Snow hace muchas décadas escribió sobre este asunto. El se basaba en lo que es la educación inglesa, una educación que era fuertemente humanista, el egresado de Cambridge sabía latín, griego, había leído todos los clásicos, aunque no tenía la menor idea de qué era la entropía. Pero hasta tal punto no la tenía que incluso estaba orgulloso. Es decir, la idea de estar orgulloso porque uno no sabe hacer una cuenta o porque no puede leer una fórmula es muy frecuente. Lo cual crea una situación difícil para el comunicador de ciencia. Lo primero que tiene que decir es que eso que le va a comunicar es digno de ser comunicado. Esa ciencia que le va a transmitir es digna de ser recibida. Es decir que no se va a robotizar, que es la idea de muchísima gente, por saber leer una fórmula, sino que se va a enriquecer porque la lectura de una fórmula es un acto de lectura. La ciencia es un lenguaje que uno tiene que aprender a hablar para comunicar cosas, y como todo lenguaje tiene su gramática, tiene su sintaxis, tiene su ortografía, tiene su literatura.
Y la literatura del lenguaje de la ciencia son las historias que cuenta la ciencia sobre el mundo, parafraseando a Macbeth, la ciencia es un cuento lleno de sonido y de furia, pero que significa mucho. Es un cuento que la humanidad se cuenta a sí misma. Cómo es, por qué ese árbol es como es, cómo dentro de una célula hay un conjunto de mensajes que se escalonan e interactúan hasta tal punto que uno no puede creer que exista algo tan maravilloso. La historia del Universo y las historias del Universo son tan maravillosas como el más maravilloso de los cuentos de hadas. Cómo funciona internamente una estrella. Una estrella es una máquina, y verla como una máquina ya da una perspectiva nueva. Es un reactor nuclear que transforma peso y gravedad en luz. Es una perfecta máquina que un día se queda sin combustible y adiós, nos achicharra a todos nosotros como va a ocurrir... Es lo que va a ocurrir dentro de 5 mil millones de años: podemos hacer planes para el fin de semana.
Pero va a pasar y fíjense que ese relato del final es tan terrorífico como el más terrorífico de los cuentos de hadas. Es el cuento de hadas, o el relato, o uno de los relatos, mejor dicho, que nosotros podemos escribir sobre el Universo. Entonces es una falacia total que la ciencia no sea un relato. La ciencia lo es, porque es comunicación y es un lenguaje. Y su literatura son los relatos sobre el mundo.

LA IMAGEN DEL CIENTIFICO Y EL LABORATORIO

La imagen del científico, bueno, acá se habló un poco de esto: el científico es visto como un hombre de guardapolvo blanco –ahora, porque antes no: en el siglo XIX se operaba sin siquiera lavarse las manos, imagínense con qué consecuencias– encerrado en un laboratorio. Cosa que también se estimula, porque en las semanas de instituciones abiertas, por ejemplo, se lleva a los chicos a recorrer un laboratorio detrás de otro y se infunde la idea de que es ahí y sólo ahí donde se produce la ciencia. El laboratorio es un invento de los alquimistas, y era un espacio particular, un espacio místico. Con la revolución científica, el laboratorio se vuelve un espacio profano.
Pero el laboratorio es sólo una herramienta más: en el laboratorio se mide, se hacen algunos experimentos (sin hablar de las disciplinas que no usan ningún tipo de laboratorio, como las matemáticas, por ejemplo), pero en realidad el verdadero laboratorio está entre las cejas y el pelo de cada uno de nosotros. Ahí se hace la ciencia.
El científico mismo se siente muy apegado y seguro en su laboratorio. Por eso yo cuando hago mis reportajes, que no llamo reportajes sino diálogos, trato de encontrarme con los científicos en un café, sacar al científico del lugar donde se siente seguro y me muestre la ciencia desarmada. Las grietas.

PRESUPUESTOS

Entonces el científico (y el comunicador de la ciencia convencional) en general parte de algunos presupuestos. Yo soy un científico, la ciencia es racional, es precisa, yo trabajo en el laboratorio y aquí se cumplen las leyes de la ciencia, y aquí se manifiesta la verdad, así como en el laboratorio del alquimista se manifestaba, no sé, Dios o el Espíritu Santo.
Todo eso es falso.
En primer lugar, el científico en su laboratorio está pensando que lo que dice lo va a leer el científico del laboratorio de al lado. No está pensando que lo va a leer el público. Entonces tiene terror explícito o no de cometer un error. O que el que lo está entrevistando cometa un error. Ese es el principal problema o motivo de rispidez.
Y aparte la ciencia no es exacta, no es precisa, es parcialmente (o mejor, localmente) racional: localmente exacta y localmente precisa. No voy a entrar a fondo en esto, pero sí diré que si el comunicador sabe eso, tiene una actitud diferente frente al investigador.

EL CIENTIFICO COMO IGNORANTE

Además, los descubrimientos son temporales, tienen una historia, una filosofía. No todo el mundo cree que las mismas cosas tengan el mismo valor epistemológico.
Si el comunicador se mentaliza en ese sentido, va a requerir una serie de ríos de alimentación, de la historia, de la filosofía.
El científico es un ignorante, y tiene que serlo porque, si supiera todo, no investigaría nada. La pregunta central que uno le puede hacer es: “¿Qué es lo que no sabe y quiere saber en su investigación?”. Lo que el científico no sabe y quiere saber, y no solamente lo que quiere saber y no sabe sino lo que se imagina que pueda llegar a pasar, es una fuente de riqueza. Aunque su programa vaya finalmente al fracaso: el fracaso científico también es útil, porque les ahorra a otros seguir determinado camino.
Y eso me trae nuevamente a la imagen del científico que dan las películas, esa imagen del “científico loco”. Pero es una idea muy anterior. Fíjense: el tipo que inició la ciencia fue Thales de Mileto. ¿Y qué historias se cuentan de Thales de Mileto? Una es que estaba tan distraído que se cayó a un pozo. El científico distraído ya está desde el primer tipo, desde el año 500 antes de Cristo. Ahora, si uno mira el científico distraído de Volver al futuro, por ejemplo, es el distraído, despeinado, pero es el que tiene las soluciones. Es el que sabe cómo resolver los problemas. Tiene esa cosa de mendigo y de Dios.
Sabemos que esas cosas no son así, que el científico, así como el mecánico de automóviles, tiene una capacidad particular para arreglar un coche –yo nunca en la vida se lo llevaría a un filósofo, ni siquiera a un físico–, el científico puede razonar sobre una cierta parte de la realidad, y no sobre toda. No hay científicos y legos, hay legos en distintas cosas.

EN CONCLUSION

Bueno, entonces hablé de la imagen del científico, la falacia de la realidad, la falacia de la precisión, la falacia de la próxima puerta... Hay que explicarle que cuando habla con un periodista, está hablando para el periodista o para quienes van a leer al periodista, no para sus colegas. Sus colegas ya saben. Entonces, así como él simplifica el mundo...
Borges cuenta la historia de un lugar donde la cartografía estaba tan desarrollada, donde el mapa de una provincia ocupaba una ciudad, y el mapa del reino ocupaba una provincia. Y llegó un día en que un rey quiso hacer un mapa absolutamente preciso y pidió un mapa del reino que ocupara todo el reino. Que fuera exactamente igual. Y lo hicieron, claro, pero ese mapa no sirve para nada, un mapa tiene que sintetizar. El científico resume la naturaleza y hace un modelo relativamente simplificado. Entonces, en ese proceso de reducción hay imprecisiones que se cuelan.
Vamos al asunto de los recursos, brevemente: la literatura, la cita, el recurso a la historia, todo eso es válido. Pero no porque es un adorno, es válido porque forma parte del núcleo mismo de lo científico. Un hecho científico se compone de su historia y su filosofía. Cada cosa es también su historia. Porque es interesante ver cómo cada cosa llegó a ser.
Sólo me resta, en realidad, agradecer nuevamente la invitación a hablar, y agradecer que me hayan escuchado.


Ronda de preguntas

–¿Cuál es la filosofía práctica que tiene en general el científico?

–En general, el científico tiene una epistemología realista y no siempre reflexiona sobre lo que está haciendo, en el sentido de que está descubriendo la verdad. Bueno, es tarea del que lo ve que no es tan así. A veces vale la pena hacerlo, a veces se puede, y a veces no. A mí me gusta entrevistar a los científicos en el café, pero no siempre lo consigo. Es un problema ideológico, por eso organizábamos los cafés científicos. Para que tanto el público como los científicos que hablaban estuvieran en un ámbito medio irreal. Y eso desarma, y en el momento en que eso se desarma, empieza lo realmente interesante.

–¿Nota en los científicos más jóvenes algún cambio en esta resistencia cultural a contar?

–La verdad es que un poco sí, pero me parece que todavía las carreras científicas tienen que incorporar Historia de la ciencia y Filosofía de la ciencia como materias de grado, me parece bastante esencial. Tampoco vendría mal una materia de Comunicación, con lo cual estarían dentro de la formación de un científico todas estas cosas. Sí, me parece que se necesita una formación que incorpore este tipo de cosas. La Historia, la Filosofía y la Comunicación de la ciencia.

–¿Qué opinión le merece que la tecnología se haya transformado ya no en un medio sino en un fin en sí mismo?

–Bueno, pero eso es consumismo. Pasa lo mismo con la ropa. Eso es un problema más general. Yo creo en la tecnología y en sus aspectos benéficos. Creo que nos proporciona mucho. Naturalmente siempre hay modas, en ciencia también. Hay temas que se ponen de moda. En general, todo el desarrollo tecnológico último ha sido maravilloso y me parece que democratiza la sociedad y es una lástima que no sea más justo y más igualitario. Porque la cosa igualitaria no depende de la ciencia sino de la manera en que la sociedad tome las riendas de sí misma y distribuya los bienes.

–Usted dijo que el comunicador cuando divulga ciencia, hace ciencia. ¿Podría desarrollarlo un poco más? Porque es un concepto un poco fuerte...

–Justamente, es un concepto bastante fuerte, y es un concepto difícil de aceptar. Pero es un concepto que en el momento que se acepta le da mucho impulso al comunicador. Yo no quiero hablar del sistema científico sino del conglomerado científico. Un sistema científico es un conglomerado de muchísimas cosas articuladas de diversas maneras. Están los científicos y los enunciados y los laboratorios y los no laboratorios y los instrumentos. La gente que construye los instrumentos también está haciendo ciencia. Hay un montón de cosas alrededor. Y una de ellas es la parte de comunicación: es indisoluble de la ciencia tal como se la entiende ahora. Exteriormente es experimentación e inducción, y ninguna de esas cosas se puede hacer sin testigos, y esos testigos tienen que entender lo que están viendo, y para eso hay que comunicarlo. Si el comunicador se considera un científico va a tomar una postura en donde le van a interesar un montón de cosas que antes pensaba que eran externas a su trabajo. Se tiene que colocar como científico frente a lo que está haciendo.

–¿Qué pasa con el comunicador frente a la especialización del conocimiento?

–Bueno, yo no creo mucho en la especialización del conocimiento. La ciencia no es un conjunto de cosas que se saben sobre esto o aquello. Es un lenguaje y hay que aprender a hablarlo. Si uno quiere aprender un lenguaje, aprende el lenguaje y después lo habla. Una vez que uno lo incorporó, después lo organiza. Si uno habla el lenguaje de las ciencias, una especialización es un detalle. Si el comunicador se considera un científico, tiene que aprender el lenguaje de la ciencia. Pero hay que tener conciencia de que es un lenguaje. Es un poco más preciso que el lenguaje natural, pero no es el lenguaje de la verdad. Es un lenguaje que tiene historia, como todo, y que tiene filosofía, como todo.

–¿Implica una madurez de la humanidad que haya gente que se dedique a escribir sobre ciencia?

–Madurez de la humanidad no sé... me parece una suerte que pase eso. Decir madurez de la humanidad es mucho decir en general sobre cualquier cosa.

sábado, 1 de octubre de 2011

Totalmente a merced de los neutrinos

DIALOGO CON GASTON GIRIBET, DOCTOR EN FISICA, INVESTIGADOR INDEPENDIENTE DEL CONICET
 

El jinete hipotético está harto de los neutrinos. Pero no puede ser ajeno al anuncio de que se mueven más rápido que la luz. Y aunque no cree mucho en esos resultados (¿hipotéticos?), le pareció correcto conversar con un físico ducho en teoría de partículas.

–Vamos a hablar de esta historia de los neutrinos, que está haciendo tanto ruido. En Italia, un laboratorio anunció que midió su velocidad y que encontró que es mayor que la de la luz.
–Bueno, sí. La verdad es que es un montón de ruido.
–Los neutrinos siempre fueron algo molestos. Cuando Pauli los descubrió en los años ’30, en realidad los postuló como una partícula teórica.
–Y tardaron como veinte años en pescarla.
–Y durante mucho tiempo se pensaba que no tenían masa, y ahora resulta que sí tienen masa. Y ahora resulta que se anunció, en el CERN, que los neutrinos viajan más rápido que la velocidad de la luz. Alguien dijo en Facebook que la crisis en Europa es tan fuerte que hasta los neutrinos violan la velocidad máxima.
–Aparentemente viajan 1 parte en 100 mil más rápido que la luz.
–¿Usted cree en eso?
–Yo creo que la actitud que prevalece es la cautela, y creo que es la actitud que debería prevalecer. Si me pregunta en lo personal, yo me inclinaría a pensar que debe haber alguna mala interpretación o algún error sistemático en el experimento. Pero también es cierto que es riesgoso decir eso: la tarde en que se anunció el descubrimiento yo vi la conferencia de prensa y la impresión que me dio es que los tipos tuvieron en cuenta todos los detalles.
–Hasta el movimiento de las placas y la gravedad de la Luna.
–Y tienen 16 mil eventos tomados en un par de años. Esto tiene una doble cuestión que habría que tener en cuenta. La primera es lo sorprendente, que es la cantidad de detalles y de cosas que tuvieron que tomar en cuenta. La segunda es que eso deja en evidencia la cantidad de detalles que se pudieron haber escapado.
–Hay partículas teóricas que se mueven más rápido que la luz: los taquiones.
–En realidad, se supone que los taquiones no existen. Se le pone ese nombre a la partícula hipotética que tendría la capacidad de ir más rápido que la velocidad de la luz (o sea, de tener masa imaginaria) y de generar inestabilización del vacío en torno de ellos mismos. No se comportarían como partículas, sino que decaerían a otras partículas normales. Básicamente, los taquiones no pueden existir como partículas. El problema fundamental que yo encuentro en la suposición de partículas que viajen más rápido que la luz es que está en tajante contradicción con lo que entendemos como causalidad. Tendría implicancias casi grotescas con lo que entendemos como causalidad.
–A ver...
–Vamos a poner un ejemplo. Sabemos desde 1905, fecha de formulación de la teoría de la relatividad, que no necesariamente lo que es simultáneo para un observador es simultáneo para otro. Pero lo que sí sigue ocurriendo en la física después de la teoría de la relatividad es que si un evento es causa de otro, lo será para cualquier observador. Un observador puede ver que un evento que es causa de otro ocurrió hace mucho tiempo, y otro observador, que ocurrió hace poco tiempo. Pero ambos lo verán antes del efecto que provoca ese evento. En este sentido, a pesar de la relativización del tiempo, la relación causal entre dos eventos se mantiene para todos los fenómenos. Ahora bien: si uno supone que una partícula puede llevar información desde la causa hasta el efecto a velocidad mayor que la de la luz, una excursión breve por las ecuaciones de la relatividad nos demostraría que no es cierto que dos observadores verían en todos los casos la causa antes del efecto. Y ésa es la razón por la cual esto está en tajante oposición con lo que entendemos como causalidad.
–Muchas veces las cosas que iban contra nuestras más firmes convicciones físicas o cosmológicas se derrumbaron. En el siglo XIX, sin ir más lejos, la creencia en el éter era una convicción que prácticamente nadie ponía en duda; nadie esperaba que se viniera abajo con el famoso experimento de Michaelson-Morley. Es muy excitante esto que está pasando.
–Porque uno podría jugar, aunque sea íntimamente, con la idea de que se está en la antesala de un cambio radical. Yo, de todos modos, insisto en que hay que ser cauteloso. Pero es cierto que si el trabajo es riguroso e intelectualmente honesto, es posible que muchos de nuestros presupuestos y preconceptos sean contradichos por la experiencia.
–Hay algo que me llama mucho la atención. Los neutrinos nos atraviesan de a millones en todo momento, y se sabe que son muy difíciles de pescar. ¿Cómo hicieron los científicos para manejarlos?
–Es cierto que los neutrinos son reacios a ser pescados, pero la forma de pescarlos es con detectores de placas. Es más o menos como pescar agua con un colador. Si bien la gran mayoría se escapa, siempre quedan algunas gotitas pegadas. Se hace a una profundidad enorme (a 1400 metros, en el medio de los Apeninos). Ahí se sabe que sólo llegan neutrinos; de todos los que pasan y atraviesan la montaña, que para los neutrinos es absolutamente transparente, se detecta una pequeñísima fracción. Pero al ser tantos los neutrinos que se generan allí, el colador queda mojado, por decirlo de alguna manera.
–Repasemos el experimento.
–El Supercolisionador (LHC) tira chorros de protones que chocan entre sí. Un producto de esos choques son los neutrinos, que tienen una propiedad notable: su poca capacidad de interactuar con la materia. Las paredes del acelerador son prácticamente transparentes para un neutrino. Los físicos, para no desaprovechar ese producto colateral que es la fuente de neutrinos, usan el haz y lo detectan a casi 730 kilómetros de distancia. Este truco de detectar los neutrinos que son el producto residual de las interacciones que se dan al interior del colisionador es bastante viejo. Los neutrinos viajan 730 kilómetros hasta Italia, donde son detectados. El detector está adentro del Gran Sasso, en el macizo de los Apeninos, enterrado a 1400 metros bajo tierra.
–Una de las cosas que ellos dijeron fue que la distancia esa de 730 kilómetros tenía un error de medición de más o menos 20 centímetros, que es muchísimo.
–Pero está dentro de la barra de errores, según dijeron. Hicieron un esfuerzo tremendo en medir el delay con una precisión abrumadora.
–E hicieron las correcciones relativistas, no solamente de velocidad, sino también de gravitación.
–Sí.
–Dicen, y parece ser, que tuvieron en cuenta todo.
–Sí. Yo, que soy teórico y no me dedico a la fenomenología ni a la experimentación, no dejo de estar sorprendido por la cantidad de detalles que tuvieron en cuenta. Pero, como le decía antes, eso deja ver la cantidad de detalles que se pueden estar escapando.
–Es muy difícil de creer esto.
–Sí.
–¿Y si fuera cierto?
–Y si fuera cierto... sería horrible. Yo, a diferencia de muchos de mis colegas, no comparto esa sensación de que es bueno no entender cosas en la física. Hay muchos físicos que tienen ese slogan: “Ojalá encontremos algo que no entendamos”. Pero desde chiquito mi intención es entender cómo funciona todo el mundo, y para mí sería desesperante que la relatividad no estuviera bien. Yo prefiero que la física sea la que entendamos.
–Pero la relatividad lo que tiene es que es una cosa de segundo orden y no de primer orden como lo es la gravedad newtoniana. ¿Y si esto fuera una cosa de tercer orden?
–Usted dice que la teoría de la relatividad podría ser una aproximación a una teoría más compleja.
–Sí.
–Y concuerdo con usted. Si este experimento es correcto, lo que está pasando es algo así, porque después de todo sabemos que la relatividad se ha mostrado correcta en todas las situaciones en las que se ha experimentado. Si comenzara a fallar, no se descartaría, sino que quedaría demostrado que es una gran teoría y una gran aproximación a otra teoría más compleja.
–O sea que ahora estamos a merced de los neutrinos.
–Que son, desde hace diez años, los destinados a darnos las sorpresas más grandes en el ámbito de la física.

miércoles, 28 de septiembre de 2011

La ciencia, el periodismo, el arte y la comunicación pública (1era parte)

Charla pronunciada en la “Jornada Regional de Periodismo Científico: Comunicación, Universidades y Ciencia” que se llevó a cabo en Santa Fe, en la Facultad Regional de la UTN


 Ante todo quiero agradecerle a Mariano Bravi y a la gente de la UTN Santa Fe que me haya invitado a dar esta charla. Quizás el título de la charla sea ampuloso, pero tiene sus ventajas, porque me permite hablar de cualquier cosa y siempre va a encajar. Yo quería hablar un poquito de lo que pienso de la divulgación científica. Del porqué, el cómo, de quiénes, de cuándo.
Empezaría diciendo que en realidad la ciencia es comunicación. Y no es que existe la ciencia y después se comunica. La ciencia existe si se comunica, si no, no existe.
Y por una razón muy simple: la ciencia occidental, la que empieza con Copérnico y la revolución científica del siglo XVI, instaura una manera de hacer que es necesariamente pública porque el núcleo explícito de la ciencia es el experimento, y el experimento tiene que ser reproducible. Tiene que ser controlado por alguien. No es admisible una ciencia hermética, porque algo que no se comunicó a alguien de tal manera que la otra persona pudiera comprobarlo, no es un enunciado científico.
Aclaro que estoy simplificando mucho el esquema epistemológico de la ciencia (planteado por Newton en el siglo XVII), e incluso no estoy de todo de acuerdo con él, pero lo tomo como punto de partida para lo que quiero decirles.
Así, y en este marco, un enunciado científico es un enunciado que alguien escucha. Porque si nadie lo escucha es simplemente un pensamiento de la persona a la que se le ocurrió. Puede ser verdadero o falso y no tiene la menor importancia: el valor de verdad –siempre provisorio– de los enunciados científicos se da en esa relación particular de comunicación que es el experimento. No es ninguna casualidad que uno de los grandes héroes de la revolución científica que fue Galileo empezara a escribir en italiano. Y fue, dicho sea de paso, una de las acusaciones que se le hizo: escribir en italiano y no en latín.
Por otro lado, El mensajero de los astros fue, quizás, el primer ejemplo de divulgación científica moderna. Lo hacía el propio Galileo. Si uno lee a Galileo aprende un montón porque cualquiera de los libros de Galileo parecen escritos por un periodista actual.
Lo que hace Galileo es publicitar a la ciencia: la ciencia no es patrimonio de quien la descubre –nos dice– sino que es patrimonio de todos. Pero es patrimonio de todos de manera intrínseca, ya que no hay ciencia sin experimento. Por poner un ejemplo, no hay arqueología sin que otro venga y mire. Si viene alguien y cuenta que desenterró en Salta un palacio con rasgos mesopotámicos de Oriente... bueno, es un lindo cuento, pero si no va alguien a mirar eso, eso no existe. En ese sentido, el museo también es un experimento. El que va al museo ve que esas cosas que los científicos dicen existen y están ahí.

LA CIENCIA ENRIQUECE LA VISION DEL MUNDO

Es falso lo que dice muchas veces el discurso solapado que viene de cierta forma reaccionaria del romanticismo, que la ciencia por su racionalismo impide la emoción; la ciencia es una aventura llena de emociones, pero como en el caso de lo público de la ciencia es una de las condiciones de su existencia, lo creativo también.
¿Por qué? Porque si uno se atiene al método científico moderno, el que Newton recomienda en sus Principia, y que ya cité, la ciencia trabaja mediante experimentos que después se extienden por inducción a leyes generales. La inducción, es decir, a través de varios experimentos poder sacar una ley general, no es una cosa que garantice la verdad. La inducción es una operación filosófica, una operación puramente creativa. Nadie me asegura a mí que yo pueda inducir a partir de un cierto número de casos. Entonces ahí hay un paso creativo, un paso metafísico, un paso filosófico, como quieran llamarlo, que está metido adentro de la ciencia. Es decir que la creatividad es una parte indisoluble de la ciencia de la misma manera que lo es del arte.

EL DERECHO A LA CIENCIA

Se habló aquí de que la Comunicación Pública de la Ciencia (CPC) es una manera de devolver a la sociedad lo que la sociedad financia mediante sus impuestos. Es cierto, desde ya, pero me parece que hay más, que se puede ir un paso más allá.
Porque el quehacer científico no sólo lo hace el científico: el científico utiliza todos los recursos que la cultura pone a su disposición, y todos los recursos que no pone a su disposición. Es decir, el científico trabaja con la cultura de su época. Copérnico trabajaba con las cosas que se sabían, con los prejuicios de la época, con los conocidos y con los prejuicios que no conocía. ¿Qué es la gran cosa que hace Copérnico? Se da cuenta de que la Tierra en el centro del mundo es un prejuicio que él conoce, y entonces lo cambia, intercambia el lugar de la Tierra y el Sol. Pero hay un prejuicio que él tiene y que no sabe que lo tiene, como que las órbitas tienen que ser circulares. Y entonces el sistema no encajaba con los datos e, hiciera lo que hiciese, no podía hacerlos encajar porque estaba metido adentro de un prejuicio que él no conocía. Es decir, Copérnico estaba usando los recursos de la sociedad. La sociedad no solamente paga los impuestos para que después se utilicen en el presupuesto del Conicet. La sociedad formó a ese científico, lo hizo ir al colegio, le financió la universidad: el científico del Conicet es un producto público, es un producto social. (Todos nosotros somos productos sociales, dicho sea de paso, porque estamos aquí entre otras razones porque la medicina avanzó lo suficiente como para que llegáramos a esta edad, y hace sólo 150 años la mitad de nosotros estaríamos muertos, empezando por mí, que ya sería una momia fosilizada.)
Siguiendo con este asunto de la cultura, cuando yo dirigía el Planetario de Buenos Aires, nosotros elaboramos una definición sobre la ciencia y es que la ciencia era un derecho. No era solamente una devolución de impuestos sino que era un derecho que tenía la sociedad, como cuando decimos que la salud es un derecho. A nadie se le ocurre decir que la gente tiene derecho a la salud porque con sus impuestos sostiene los hospitales. La salud es un derecho primario. Poder acceder al arte es un derecho primario. Por eso tiene que haber museos públicos de arte. Poder acceder a la ciencia es un derecho primario, en todas sus formas. Ya sea yendo a un museo de ciencia, yendo a la facultad para ser un científico, o recibiéndolo por los diversos canales que está armando el Conicet o los que busca armar la UTN. Así quedamos en esta segunda definición: la ciencia es un derecho por naturaleza.

*La imagen corresponde a la torre de Pisa desde donde Galileo realizó su experimento de caída libre frente a alumnos y colegas