viernes, 15 de enero de 2010

Club del chiste

Agradecemos a "Pequeña Alesita" por sus colaboraciones que iremos publicando en este Club del Chiste. Les recordamos a todos que pueden enviarnos sus chistes sobre ciencia a leonardomoledoblog@gmail.com

Están un matemático y un ingeniero en una isla desierta, y encuentran una palmera con un coco. El ingeniero se trepa, agarra el coco, lo rompen y se lo comen. Al rato vuelven a tener hambre, pero esta vez encuentran un coco en el piso, al pie de la palmera... El ingeniero esta a punto de festejar cuando el matematico agarra el coco, lo sube a la palmera y lo deja ahí arriba. Cuando baja el ingeniero le pregunta por qué hizo eso...
- Antes había un coco en la palmera- empieza a explicar el matemático-, te subiste y lo agarraste. Recién el coco estaba en el piso, y subiéndolo a la palmera ¡lo transformé en un problema que ya tiene solución!

miércoles, 13 de enero de 2010

La Dama de la Torre: Capítulo 5

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Al mismo tiempo que el asesinato del famoso lógico Gregorio Klimovsky, la ciudad ha quedado carente de ataudes. Misteriosamente, la única fábrica ha cerrado; nuestro narrador y el Comisario Inspector Díaz Cornejo deciden ir a investigar. Tal vez los dos sucesos tengan que relación, tal vez la respuesta a uno de los misterios se encuentre en el otro, y viceversa. Tal vez...

CAPITULO 5

La calle de los funebreros también se repetía, como diseñada por un urbanista loco. Creímos pasar dos veces por el mismo sitio sin darnos cuenta, y esta reiteración, completamente innecesaria, nos llenó de inquietud.

Casas bajas e idénticas se acumulaban, con zaguanes profundos y puertas enrejadas. Sentadas en los umbrales, unas mujeres gordas se abanicaban con pantallas de papel. En las veredas algunos hombres se movían dudosamente, sonámbulos, como si les faltara materia resistente, algo que les diera dureza y mantuviera erecto el esqueleto. Las dentaduras estaban carcomidas y torpemente arregladas. El plomo asomaba aquí y allá. Cada tanto, una amalgama desprendida dejaba al descubierto inmensas cavernas dentales. Eran caries geológicas, capaces de nutrirse del alimento escamoteado a los cuerpos. Eran seres comidos por sus propios dientes, un anticipo sutil pero moderado de la antropofagia. En todos los ojos flotaba la nostalgia de un pasado poblado de ataúdes. Pasamos sin mirarlos, pero ellos nos miraban. Usaban largos bastones rematados en cruces fúnebres y eran idénticos en todo.

Mostraban interés por nosotros, como un pueblo primitivo que se acerca a adorar al explorador que piensa someterlos. Cuando nosotros caminábamos, trotaban detrás nuestro. Si nos deteníamos, ellos se detenían también.

El Comisario Inspector eligió uno al azar y empezó a interrogarlo. El ritmo con que se apantallaban las matronas disminuyó hasta extinguirse de a poco. De todas maneras, era innecesario, ya que no hacía calor. Dijo llamarse Avelino Andrade, y lo decía en serio, porque hasta su propio nombre parecía atormentarlo: era sólo una nomenclatura, es cierto, pero cargada de implicaciones peligrosas. Hacía ya dos meses que estaban sin trabajo. La fábrica había cerrado repentinamente y ellos sólo subsistían de sombras.

- ¿Por qué se cerró la fábrica?
- No lo sabemos- dijo Avelino Andrade-. Aunque tenemos nuestra teoría- Pero no nos explicó la teoría. Los bastones se movían al compás de las sílabas, creando una terrible armonía de toc tocs-. Y desde entonces, estamos sin trabajo.

- ¿Y el sindicato qué dice?

- ¿El sindicato? No dice nada. La CGT se ha burocratizado hasta un extremo tal que ni siquiera creo que se hayan enterado.

- ¿Y ustedes tampoco hicieron nada? - pregunté. El silencio que siguió fue repentino.

- ¿No hicieron nada? - volví a preguntar. La sola pregunta sonaba amenazadora. Los obreros se dispersaron. Las matronas entraron en los zaguanes profundos. Frente a nosotros, solo y temblando, Avelino Andrade parecía un sobreviviente.

- Sí -dijo al fin-. Formamos un sindicato combativo. Yo lo presido.

- ¡Un sindicato combativo!- sonaba anacrónico.

- SCOF: Sindicato Combativo de Obreros Funerarios. Estamos haciendo gestiones para depender de la Séptima Internacional.

- No sabía que habían llegado a la séptima.
- Hay muchas más de las que usted se imagina -dijo Avelino Andrade. Su voz estaba llena de bajos profundos, pero en el fondo se percibía un chirrido espasmódico y molesto- Nuestro sindicato terminará por destruir la burocracia sindical.
- A la policía le encantan los sindicatos combativos - intervino el Comisario Inspector-. Nos garantizan que no tendremos desocupación.

-  ¿Y qué piensan hacer?

- Un plan de lucha.

- ¿Hasta el final?

- Hasta el final- Obviamente: ¿qué mejor para un sindicato fúnebre que llegar hasta el final? Sin embargo, aunque Avelino Andrade trataba de transmitirnos el misterio de la Revolución, sólo destilaba un jugo residual, una sustancia totalmente volátil, que no alcanzaba espesor verdadero, y que por lo tanto, no convencía. Podía ser o no ser un plan de lucha, pero parecía de juguete.

- ¿Y ya lo comenzaron?

- Estamos buscando un slogan para poder empezar - dijo el presidente -. Tenemos dificultades con el slogan, como usted se imaginará. "Los ataúdes para quienes los trabajan" nos pareció que podía ahuyentar a la gente. "Un ataúd para cada uno" tampoco nos convence del todo. Sugiere demasiado explícitamente la represión.

- "La muerte para todos"- aventuré.

- Sospecho que ese slogan no va a atraer mucho a las masas -dijo el Comisario Inspector -. ¿Por qué no dejan que los slogans los fabrique la policía, como lo hizo siempre ? - Avelino Andrade empezó a decir algo en voz baja, pero no le entendíamos nada. Empezaba a utilizar el lenguaje de la clandestinidad, y en su boca cariada ya crecía un código secreto, como un animal minúsculo.

- Me gustaría ver la fábrica - dijo el Comisario Inspector- ¿Nos acompaña?

El presidente del SCOF miró alrededor, buscando perdón o complicidad, pero alrededor no había nada. Un relámpago de desconfianza cruzó los ojos y se apagó sólo a medias. -No les va a servir de nada - dijo al fin.

-  ¿Por qué? - Miramos hacia la mole rígida, al final de la calle. Más que una fábrica, parecía un esquema.

- Miren - explicó el sindicalista combativo -  al revés de lo que piensa todo el mundo, la fabricación de ataúdes es un proceso complicado. La madera se prepara de una manera sutil, como una ciencia exacta. Primero se la pule, en bruto, hasta que la viruta sale de un blanco lechoso. Luego se le inyectan resinas especiales. Después las lustradoras, bueno, pueden imaginarse lo que hacen. Y entonces, recién entonces, cuando parece que todo esta listo, pero en realidad no lo está, la madera entra en las electrodisipadoras, que son la cúspide y la clave del arte funerario. Sin las electrodisipadoras, no se puede hacer nada.

- ¿Cualquier madera sirve?

-  Las maderas son muchas  - dijo Avelino Andrade como al azar-.  Pero no todas toleran semejante uso. El pinus ellitis, por ejemplo, es común, pero las coníferas de fibra muy larga terminan combándose con los años. Son bienvenidos el eucalipto y el viraró, el guatambú a medias, y muchas veces se emplea también, aunque es rarísimo, la fibra y la nervadura de magnolia.

-  ¿Y el sándalo?

- A veces - dijo Avelino Andrade - Pero el perfume puede molestar al cadáver. La madera más usada es el chilenel.

- ¿El cierre de la fábrica no se deberá a un exceso de automatización?- pregunté.

- La automatización no cierra las fábricas - dijo el Comisario Inspector-. Simplemente elimina a los obreros.

- Tiene razón - dije -. Obviamente, tampoco puede atribuirse a una brusca caída de la demanda. El mercado de ataúdes debe ser lo más estable del mundo.

-  Salvo en pocas de represión despiadada -  acotó el Comisario Inspector -.  En esas ocasiones, la demanda suele subir.

- No lo crea. En esas ocasiones, la gente suele ser enterrada sin ataúd por el simple expediente de tirarla al río.

- Es verdad. Lo que pasa es que uno tiene una visión muy romántica de la represión.

- La fábrica cerró porque las electrodisipadoras... - dijo Avelino Andrade, vacilando ante la idea de revelarnos la verdad.

- ¿Las electrodisipadoras qué ?

- Desaparecieron.

Traté de imaginarme todas aquellas máquinas: las lustradoras, las sierras, los precisos tornos, los exquisitos aparatos que preparaban la madera para el dulce contacto de los cadáveres, las tenues maquinitas, que daban a las tablas funerarias el lustre de la inmortalidad, la falsedad del espejo, para que en ellas se reflejen los deudos durante los larguísimos velorios, las primorosas pinceladoras, que pintaban de oro y grana las ventanitas que se colocan en los cajones para tener atisbos de la sonrisa de los muertos. - ¿Y las electrodisipadoras qué hacen? - pregunté.

- Ah - dijo Avelino Andrade- Las electrodisipadoras son la clave de todo.

- Pero ¿qué hacen?

Y en ese preciso momento empezó a sonar la chicharra del radio llamado del Comisario Inspector, que se llevó el aparato al oído y estuvo escuchando el mensaje confuso de la tecnología, plagado de interferencias que sonaban a espanto en la calle vacía.

- El Jefe de Policía -dijo el Comisario Inspector con resignación-. Mataron a otro lógico. Esta vez en la Facultad de Ciencias Exactas. Vamos para allá.

Nos fuimos, casi derrotados. Todo el barrio osciló en una misma frecuencia de alivio: fue un sacudón unánime y seco. Nos imaginamos a los niños encerrados en cuartuchos, o en armarios, y a las matronas abanicándose en enormes dormitorios de madera de ataúd.

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lunes, 11 de enero de 2010

El momento más antiguo

Esto ocurrió en 1992, en la provincia de Córdoba, en La Cumbre, La Falda o alguno de esos pueblos que se suceden en el valle de Punilla. El asunto es que ese año, en julio y allí, se realizó la decimotercera reunión internacional de la Asociación (también internacional, desde ya) de Relatividad General.

El hotel estaba lleno de estrellas relativistas, de la cual la más brillante, o una de las más brillantes, era Roger Penrose, autor de La mente del emperador y temprano colaborador de Escher en la concepción de esos dibujos cuyo uso hasta el hartazgo hizo que perdieran el encanto sin sentido de la sorpresa. Penrose además había trabajado estrechamente en los más importantes trabajos de Stephen Hawking y luego había sido opacado por él debido al desgraciado hecho de no padecer de esclerosis lateral amiotrófica. La verdad me costó mucho conseguir una entrevista con él: era consciente de su papel de estrella y no me dijo nada especialmente interesante. También me acuerdo de que en la conferencia plenaria que dio (completamente abarrotada de relativistas) me perdí por la mitad, pero alcancé a escuchar la siguiente frase del principio: “Nadie que crea en la mecánica cuántica puede trabajar seriamente con ella”, o quizá “nadie que trabaje en mecánica cuántica puede creer seriamente en ella”, vaya uno a saber.

La caza de Penrose terminó siendo (relativamente) exitosa, pero no era la única presa interesante en esa multitud relativista. En algún momento, me acerqué a un tipo flaco y alto, de unos 45 años, que estaba en el lobby tomando café junto a una mesita: resulta que era uno de quienes, muy recientemente, con el satélite COBE, había detectado pequeñas fluctuaciones en la radiación de fondo, que data de cuando el universo tenía apenas trescientos mil años de edad y que no era tan uniforme como se creía, una uniformidad era justamente un obstáculo para la teoría del Big Bang..., porque si todo era exactamente uniforme, el universo consistiría en un gas totalmente uniforme también, sin estrellas, ni galaxias ni blogs.

“Pero no”, me dijo, mientras tomaba el café, “finalmente encontramos pequeñas fluctuaciones: el universo inicial tenía variaciones que explicaban por qué las galaxias pudieron formarse”.

“Y dígame”, pregunté, “¿qué le pasó cuando vio las señales y comprendió que la radiación fluctuaba?”

“No se lo puedo explicar”, y abrió los brazos: “¡Estábamos viendo lo más antiguo que ningún hombre había visto jamás!”.

“¿Y después?”, pregunté.

“Y después avisamos lo que habíamos obtenido y los teléfonos empezaron a sonar.”

Se llamaba John C. Mather y hace cuatro años, el 3 de octubre del 2006, le dieron el Premio Nobel de Física.

viernes, 8 de enero de 2010

Club del chiste

 Agradecemos a "Pequeña Alesita" por sus colaboraciones que iremos publicando en este Club del Chiste. Les recordamos a todos que pueden enviarnos sus chistes sobre ciencia a leonardomoledoblog@gmail.com


¿Cuál era el científico que tuvo menos sexo? 

Heisenberg, porque cuando encontraba el momento no encontraba el lugar, y cuando encontraba el lugar no encontraba el momento

miércoles, 6 de enero de 2010

La Dama de la Torre: Capítulo 4




Qué impide relacionar una cosa con la otra. Cuál es el lugar de la lógica en este extraño universo. Cuál es la relación necesaria entre la vida y la literatura, la ficción y la realidad. ¿Existe acaso la diferencia?
La ciudad no tiene ataudes y los muertos amenazan con poblar las calles, un asesinato inexpugnable suspendido en el aire, un best-seller gótico que amenaza con volverse real. He aquí la cuarta entrega de La Dama de la Torre.

CAPITULO 4

Al fin y al cabo la vida es monocorde, como un desliz. La muerte de un lógico y la turbamulta de cadáveres desnudos que presagiaba la falta de ataúdes no eran más que puntos neurálgicos de una trama que ya de por sí es difícil develar. Hay que reconocer que era una época especial. En algún momento me senté a traducir mi diaria ración de best-sellers. A la editorial se le había dado, en ese entonces, por las novelitas góticas en las que mujeres neurasténicas (y muy probablemente frígidas) buscaban monstruos que las violasen a lo largo y a lo ancho de castillos construidos de tal modo que siempre resultaban artificiales. O bien las piedras eran demasiado grandes y no encajaban bien, o estaban talladas con tal exactitud que se adivinaban las máquinas del siglo veinte, o bien el diseño de corredores y cámaras correspondía a una concepción arquitectónica totalmente moderna, que no respetaba para nada el espíritu de la poca. A veces, los estilos se mezclaban y mientras un ala era románica, la entrada y pasillos laterales se internaban profundamente en el manierismo.

Sobre mi escritorio pues, está La Dama de la Torre. ¿Y dónde está? En alguno de esos cubículos medievales e incómodos, gimiendo de terror mientras los hierros de los calabozos producían ruidos espantosos. Los ecos recónditos repercutían en las columnas, llenaban de terror las altas naves, elevándose directamente hacia Dios ...pero no alcanzaban los sombríos aposentos de la Dama de la Torre. La iluminación era pésima y todo era insoportablemente oscuro, alumbrado apenas por candiles que solo lograban convertir la oscuridad en una penumbra sofisticada. Los objetos del tocador apoyados como al descuido sobre un boudoir casette adoptaban formas cambiantes, al compás de la llama, como si susurraran cosas. Ha caído una noche profunda, interrumpida cada tanto por el paso fugaz de un astro que se interna en estas latitudes boreales donde sólo parecen reinar la niebla y la borrasca.
Lady Chevesley se despierta de un sueño repentino: se figuró estar en un castillo del norte, construido de manera artificial, donde los pequeños objetos se movían al compás de la llama del candil, como si susurraran algo. Se estremece imperceptiblemente. Luego, al comprobar que su espasmo puede pasar inadvertido se retuerce en medio de alaridos que no obstante, en el castillo, nadie oye. No sabe si la realidad fluye hacia ella o desde ella hacia afuera. En un extremo de la cámara, cerca del tapiz que disimula la mala factura hollywooodense de las paredes, se abre un ventanuco, cavado en la roca viva por el que se filtra la luz puntual de una estrella. Estamos en el norte, piensa Lady Chevesley, y la luz en el norte es siempre así, lineal. El candil, apenas una mancha amarilla que flota sobre un mejunje grasoso, se agita. La Dama de la Torre escucha el temblor de los grandes portones que vibran con insistencia metálica, como un tambor muy mal afinado. El castillo se ha tornado demasiado grande para ella sola. Desearía algo más, y no sólo la invisible compañía de las alimañas y los cadáveres embalsamados del museo, o los esqueletos todavía encadenados en las mazmorras. La Dama de la Torre sabe y calla: en su corazón se agita una pasión inconclusa.
Pero Lady Chevesley no ve aún lo que yo veo, o por lo menos lo que creo percibir: cierto entusiasmo en los entierros, cierta mayor densidad de coches negros, recorriendo la calle acompasados, ansiosos por mostrarse, apurados por decelerar un trámite necesario. Sólo en un caso vi, en la parte trasera de una furgoneta, un cadáver sin ataúd. Pero ya empezarían a aparecer. Cadáveres desnudos, muertos, cadáveres tocándose, apilados en perversas reminiscencias de Auschwitz y Treblinka, el horror y la parálisis introducidos de contrabando en la magia del amontonamiento. Mostrando aquello de inverosímil que palpita en lo simultáneo, revelando posibilidades de duplicación que destruyen nuestra fe en la cosa única.
La Dama de la Torre no advierte - y seguramente no advertirá jamás-  el suave conflicto policial que se introduce subrepticiamente en su mundo completamente armónico, llenándolo de ritmos. Asesinatos que alteran la continuidad de la novela y amenazan la unicidad de la memoria, que superponen una trama a la otra la verdadera, como quien superpone un dibujo a otro que se ha de calcar. Matan a un lógico mientras mujeres patéticas recorren castillos y castillos, gritando su angustia en todos los idiomas, adoptando poses universales, tratando de construir un esperanto del terror.
Si las calles y las novelas se repiten, ¿por qué no han de repetirse los crímenes y los cadáveres, por qué no ha de adoptar el mundo como norma la repetición, por qué confiamos tanto en que la realidad es como la pesadilla, o el sueño?

lunes, 4 de enero de 2010

El cerebro mágico: por qué Albert Einstein inventó el siglo XX

A fines del siglo XIX, Occidente en general se aproximaba lenta pero firmemente a una seria crisis política y cultural: la paz armada y la competencia capitalista entre las potencias europeas desembocarían en la guerra del ‘14 y el ascenso del socialismo y el movimiento obrero en las revoluciones rusas; la pintura se desprendía de la forma, enfilaba hacia el cubismo y, más allá, la abstracción; la música ensayaba disonancias; la literatura iniciaba el camino que la apartaría del naturalismo y desembocaría en el fluir de la conciencia de Proust, Woolf y Joyce; y las matemáticas sufrían los rigores de la teoría de conjuntos, que sacudirían la filosofía y que rematarían en el positivismo lógico.

La física, que en el siglo XIX se jactaba de poder explicar todo lo existente, por su parte, estaba en un brete bastante serio. La triunfal teoría electromagnética de James Clark Maxwell había resucitado los viejos fantasmas del movimiento y el reposo absolutos, que Newton y su mecánica habían desterrado dos siglos atrás. La visión novecentista del mundo había llenado al universo vacío de Newton con éter, una dudosa y repugnante sustancia aristotélica, donde vibraban las ondas electromagnéticas, y que se encontraba en “reposo absoluto” en todo el universo.

Si el éter se encontraba en reposo absoluto, al moverse a través de este éter dormido, la Tierra recibiría una corriente –un viento de éter en contra– de la misma manera que un avión recibe una corriente de aire en sentido contrario a su movimiento. Y este viento de éter –sostenía la teoría– tendría que ser capaz de retrasar un rayo de luz. En 1881 y 1889, los físicos norteamericanos Michelson y Morley hicieron el experimento y no detectaron nada: ningún viento de éter, ningún retraso en el rayo de luz, ningún tipo de movimiento absoluto. La situación era, sin duda, grave: la teoría (electromagnética) predecía una cosa (que el rayo de luz se tenía que retrasar) y los experimentos daban un resultado contrario: la luz no se retrasaba un ápice. ¿Y entonces? Y entonces había que buscar una explicación que arreglara esta discrepancia.

Dos físicos, Lorentz y Fitzgerald, cada uno por su cuenta, sugirieron una solución. Era rara, pero era una solución. Imaginaron que, con el movimiento, las distancias y el tiempo se modifican, y aceptando esas extrañas propiedades del tiempo y el espacio, y haciendo los cálculos apropiados, se entiende por qué el experimento de Michelson-Morley no reveló ningún retraso en el rayo de luz. Al moverse la Tierra respecto del éter, las distancias y los tiempos se modifican de tal manera que el rayo llega a la cita con puntualidad y sin registrar retraso alguno. Pero la explicación tenía un punto flojo: ¿por qué se van a contraer los cuerpos con el movimiento? ¡Si no hay ninguna razón para que lo hagan! En realidad, era una solución de compromiso, una transacción ad hoc, que dejaba a salvo el éter, el electromagnetismo, el rayo de luz que no se retrasaba y la predicción de que se retrasaba. Arreglaba las cosas, pero al costo de un dolor de cabeza. Por primera vez se habían tocado el espacio y el tiempo, esos dioses que reinaban desde la época de Newton, y que parecían intocables. Era chapucero, pero el daño estaba hecho.

Pequeños milagros

No era el único frente de tormenta: hacia fines del siglo XIX, se había profundizado la investigación en el terreno del átomo; primero los rayos X y luego la radiactividad ofrecían avalanchas de datos sin una teoría comprensiva. En el año 1900, Max Plank había propuesto una explicación delfenómeno de la radiación del cuerpo negro (un problema heredado del siglo XIX) que contenía una hipótesis novedosa y sobre todo herética (cuyos alcances el mismo Plank estaba lejos de imaginar). Plank suponía que la energía era emitida de manera discreta, en paquetes, o cuantos de energía, es decir, rompiendo el baluarte de la continuidad que ostentaba hasta entonces el concepto de energía.

Eso, en 1900. En 1903, un muchacho que creía en el éter, y en la continuidad de la energía, empezó a trabajar como empleado en la oficina de patentes de Berna (Suiza). Tenía a la sazón 24 años y estaba terminando su doctorado en Física. No había sido, hasta el momento, un estudiante especialmente destacado, pero que sin embargo fue, al decir de sus jefes, un buen empleado, que en los intersticios del trabajo se dedicó a reflexionar sobre aquellas cuestiones que preocupaban a los físicos: el éter, el movimiento absoluto, los cuantos de Plank. Así son las cosas.

Y ahí llegó el famoso annus mirabilis (año milagroso) de 1905. Milagroso para la física, para Einstein, para el mundo. Ese año curioso y extraño, mientras en Rusia se producía la primera revolución (que culminaría en 1917 y en la perestroika siete décadas más tarde) y el incidente del acorazado Potemkin, mientras nacían Greta Garbo y Osvaldo Pugliese y se fundaba Las Vegas, Albert Einstein, ascendido ya a perito de primera clase en la oficina de patentes, de 26 años de edad, publicó una seguidilla de cinco trabajos en la revista científica del momento, los Annalen der Physik (valga decir que, por esa época, si un científico quería ser por lo menos respetado debía saber más alemán que inglés). Cada uno de ellos apuntaba a una cuestión importante y la resolvía de una manera sorprendente y cada uno de esos tres trabajos le hubiera garantizado, por sí solo, un premio Nobel de Física.

El primero, en marzo (llamado Sobre un punto de vista heurístico concerniente a la emisión y transformación de la luz) se metía con los cuantos de Plank y lo extendía a la luz: Einstein sostenía que la luz, entonces representada y considerada una onda electromagnética, poseía también una naturaleza corpuscular y se comportaba como una lluvia de partículas (fotones, o cuantos de luz) y que su energía no estaba distribuida sino que se concentraba en paquetes o cuantos discretos, que se localizaban en el espacio y que podían ser absorbidos o generados solamente en paquetes. La teoría explicaba un problema que intrigaba a los físicos: el mecanismo por el cual la luz, al incidir sobre un metal, era capaz de arrancar electrones. Era una explicación del efecto fotoeléctrico, que resistía desde hacía años. Sobre ese trabajo descansa toda la mecánica cuántica y toda la física atómica de la primera mitad del siglo XX, y fue este trabajo el que le valió el Premio Nobel que habría de recibir en 1921 (pese a lo que piensa mucha gente, Einstein no ganó el Nobel por su Teoría de la Relatividad).

En abril, terminó su ya retrasada tesis de doctorado (Una nueva determinación de las dimensiones de la molécula) demostrando que el tamaño de las moléculas en un líquido podía medirse por su viscosidad (es útil recordar que en 1905 aún se discutía sobre la existencia real o meramente ficcional de las moléculas y los átomos).

En mayo, el tercer trabajo (¿Depende la inercia de un cuerpo de su contenido energético?) atacaba uno de los problemas heredados del siglo XIX (el del movimiento browniano) y lo cerraba de una vez por todas, al encontrar una formulación matemática acabada.

Y en el cuarto, ese joven que había creído en el éter –pero que ya no creía más– se metía en el embrollo del movimiento absoluto, el electromagnetismo y sus derivados, el tiempo y las distancias cambiantes de Fitzgerald y Lorentz, y resolvía el problema, proponiendo una visión del mundo radicalmente distinta a la que había reinado hasta entonces. Le había puesto un título en apariencia abstruso: Sobre la electrodinámica de los cuerpos en movimiento, pero en la historia y la ciencia, quedaría con un nombre mucho más sonoro y elocuente: Teoría de la Relatividad.

El quinto trabajo no tuvo importancia, pero se le puede perdonar.


1905, paredón y después

Salvo por un puñado de físicos, la Teoría de la Relatividad no fue aceptada de inmediato. Era demasiado audaz, demasiado imaginativa, rompía demasiado con conceptos bien establecidos, en especial con la sacralidad del tiempo y el espacio, esas intuiciones puras del entendimiento que Newton había elevado al más alto sitial: el espacio inmóvil como marco general y escenario global dentro del cual suceden los fenómenos, y donde una distancia siempre es la misma distancia. Por otro lado, en ese espacio transcurría también un tiempo absoluto, matemático y universal; tanto el espacio como el tiempo eran entidades independientes de los fenómenos y resultaba inconcebibles que las cosas fueran de otra manera. Es ahí donde la Teoría de la Relatividad introduce una ruptura metafísica: según Einstein, el espacio y el tiempo se amalgaman en algo distinto, el “espacio-tiempo”, que depende de los observadores: dos sucesos que son simultáneos para uno de ellos, puede no serlo para el otro, y lo mismo ocurre con las duraciones y longitudes: un segundo no necesariamente dura lo mismo para dos observadores diferentes. El reloj que da la hora para todo el universo ha dejado de existir. Situación que se agudizará en 1915 con la Teoría General de la Relatividad (básicamente una teoría de la gravitación), donde la geometría misma del espacio-tiempo depende de la estructura de los fenómenos, en especial de la distribución de la masa y la energía, capaz de curvar el espacio y hacer que el tiempo transcurra cada vez más despacio.

El lugar del absoluto, a partir de 1905, retrocede una vez más (como lo venía haciendo desde los tiempos de Copérnico) y se refugia en dos recovecos. Uno, la velocidad de la luz, que a diferencia de los segundos y los metros es exactamente la misma para todos los observadores, y segundo, la forma de las leyes de la naturaleza que también tienen exactamente la misma forma para todos los observadores.

Así, la Relatividad de 1905 no tenía correlato experimental posible (ya que los efectos relativistas sólo son medibles a velocidades muy altas), y no pasaba de ser una apuesta teórica (hoy la dilatación temporal ya se ha medido y comprobado experimentalmente en laboratorios y ciclotrones). Curiosamente fue la Teoría de la Relatividad General la que pasó la primera prueba empírica en 1919, cuando durante un eclipse se pudo comprobar que la masa del Sol efectivamente curvaba los rayos de luz (es decir, curvaba las líneas rectas), y que el Sol no era un actor pasivo que actuaba dentro del espacio, sino que intervenía en la estructura del espacio-tiempo.

Pero hay algo más: las dos teorías, la especial y la general, le permitieron a Einstein imaginar un modelo global del universo: en contraposición al cosmos newtoniano infinito y abierto, imaginó un universo finito y cerrado sobre sí mismo. Finalmente, la cosa no resultó ser así, pero fue la primera reformulación a fondo desde la revolución científica del siglo XVII.

Y todo empezó en 1905. Verdaderamente, se trató de un año milagroso. Como un mago, Einstein sacó de la galera al siglo XX.

viernes, 1 de enero de 2010

Club del chiste

Agradecemos a "Pequeña Alesita" por sus colaboraciones que iremos publicando en este Club del Chiste. Les recordamos a todos que pueden enviarnos sus chistes sobre ciencia a leonardomoledoblog@gmail.com

 Un medico, un abogado y un matemático están hablando de si es mejor tener una esposa o novia. Empieza el abogado:
- Obviamente, lo mejor es tener una novia; porque divorciarte de
tu mujer puede ser muy difícil, en cambio cortar con una novia es fácil.
El doctor dice:
- No, no, esta claro que tener una pareja estable evita el stress y mejora tu salud.
El matematico dice:
- Lo mejor es tener las dos; así conseguís que la esposa se crea que estas con la otra, la otra se cree que estas con tu esposa, y mientras tanto, podés hacer matemáticas.
 
 
 

¡Feliz 2010 para todos los lectores!