jueves, 18 de marzo de 2010

La Dama de la Torre: Capítulo 14

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Nada productivo salió del encuentro con el embajador de Inglaterra. Más perdidos que nunca, vimos a nuestro querido narrador y el Comisario Inspector Díaz Cornejo enredados entre un grupo de sindicalistas funerarios que nada pudieron hacer contra la lógica irreductible del misterioso embajador de Inglaterra. Es evidente, algo raro sucede en la ciudad. El asesinato de los lógicos, la desaparición de las electrodisipadoras y la sombría red de anticuarios están íntimamente relacionados. O tal vez no.

CAPITULO 14


Sin embargo, la reunión se disolvió enseguida, cediendo al encanto de la falta de autoridad visible. Salimos por lugares diferentes. Cuando nos encontramos en la vereda, me invadió un sentimiento de desazón.

-Me parece que sé quién es el importante personaje que le envió un mensaje urgente- dije

El Comisario Inspector me interrogó con la mirada, mientras observaba a los sindicalistas, agrupados como al descuido cerca del cordón de la vereda, y a Sir Anthony Parsons que apoyado en la verja de la embajada, parecía dormitar contra las afiladas puntas. Del lado de adentro de la verja, el busto de Su Majestad Portátil tirado entre unos arbustos, también parecía dormir. Desde una casilla blindada situada en una de las esquinas del edificio, dos guardias nos vigilaban, con armas automáticas.

- Y quién es?

- Ni más ni menos que el Anticuario Mayor.

El Comisario Inspector me miró con incredulidad -¿Cómo lo supo?

-Lo leí en los labios.

-No le conocía esas habilidades, pero me veo obligado a recordarle que el lenguaje de los labios, como todo otro lenguaje, es necesariamente ambiguo.


Había estallado una tormenta que ocupaba completamente el cielo, desde Pompeya hasta el extremo norte de la ciudad. Encima nuestro, las nubes pesadísimas se movían como manadas. Los edificios, recortados contra ellas parecían maquetas. Era un escenario grandioso, sin huesos, puro tejido nervioso, de colores. Sólo grandes músculos tendidos entre el asfalto y el cielo, que se contraían primero y luego estallaban en pirotecnias de poder. Todo se había vuelto oscuro de repente. Relámpagos zigzagueantes aparecían y desaparecían en forma instantánea sobre el fondo convencional, abriéndose paso trabajosamente en ese espesor en sombras. Primero el relámpago, luego el trueno, un solo fenómeno separándose en luz y sonido. Y las nubes ! Primero se juntaban, integrando una masa compacta que más que ocupar, parecía colgar del cielo. Y enseguida se abrían para dejar paso a un rayo. Se escindían, se separaban, como lo práctico de lo teórico, como lo definido de lo ambiguo, como lo bueno de lo maléfico, como lo biológico de la materia inerte! Era un espectáculo totalmente improvisado, un enorme escenario donde se enfrentaban a ciegas los factores de poder, como un inmenso decorado que no hubiera encontrado aún su dramaturgia, pero que ensaya descargando toda su utilería.Y sin embargo,era circunstancial. Engendraba sentimientos movedizos pasajeros y fáciles, sin huella.

-Tal vez ese sea todo el significado de la tormenta -dijo el Comisario Inspector-. Un gran despliegue atemorizador, pero contingente.

La lluvia empezó a caer como una cortina tupida. Desde el portón de la embajada veíamos sólo un continuo, una marea húmeda y concreta tendida de árbol a árbol, de edificio en edificio, que transformaba los postes de luz en enormes paraguas impotentes y cerrados. Y no obstante, perfectos.

Un entierro de lujo cruzó delante nuestro: en el primer coche, tres cadáveres se apilaban en estrafalarias posiciones. Estaban colocados de tal manera que se señalaban unos a otros. De las bocas abiertas caían hilos de agua de lluvia evocando palabras a medio pronunciar, como si se hubieran muerto en medio de una frase. El conjunto era patético. Desnudos, parecían más muertos, desprotegidos ante la tormenta, flaquísimos, consumidos, y demasiado jóvenes. Los seguían tres coches más, herméticamente cerrados para defenderse del agua. A las ventanillas rayadas por los trayectos de la lluvia se asomaban rostros como máscaras, haciendo ademanes de saludo.

En el último coche viajaban tres mujeres jóvenes y solas, vestidas de colores vivos, que hacían obscenos gestos, llamándonos. El traficante de ataúdes, que no se había despertado ni siquiera con la lluvia, fue el primero que respondió. Acompañado por tres obreros se puso a trotar al lado del coche, salpicando y saltando los charcos.El auto abrió sus puertas durante una fracción de segundo, lo suficiente para que Sir Antony Parsons y los sindicalistas entraran. Luego siguió su moroso camino detrás del cortejo, que parecía no tener ninguna urgencia.

Y entonces, tan repentinamente como había empezado, la lluvia cesó. La tormenta, sin embargo, seguía, como una festividad de truenos y luces que continúa después de que los comensales se han retirado. Parecía muy solitaria así. Salimos de nuestro refugio y caminamos a lo largo de los charcos de agua que se escurrían rápidamente : las bocas de tormenta los tragaban, ávidas, para llevarlas a donde pudieran reiniciar el ciclo natural y establecer una parodia de la recurrencia. El Comisario Inspector abrió la puerta de su auto, que ante el brusco cambio de la situación, había dejado de ser un refugio.

- Y ahora a dónde vamos? -pregunté
-Quiero darme una vuelta por el velorio de la última lógica asesinada. Parafraseando el lenguaje de la derecha ultramontana, quienquiera que sea el asesino, me parece que cometió un grave error al meterse con mujeres. Las mujeres y la lógica constituyen una mezcla rara.

-Por suerte- dije -parafrasea usted muy bien

-Es una postura reaccionaria, lo admito.Pero ser reaccionario esta poniéndose de moda el auto se movía con agilidad por la calle resbaladiza.

- Supongo que el velorio es en SOLOG.

-Por supuesto.Dónde iba a ser? Le confieso que tengo una curiosidad enorme por ver como prepararon el lugar.

Arriba nuestro, la tormenta seguía. Ocupaba aún la mitad de la ciudad, pero estaba en retirada. Se desplazaba gradualmente hacia el río. Algo de eso me disgustaba. Hubiera querido saber que estaba haciendo en esos momentos la Dama de la Torre, la acosada Lady Chevesley, en su chalet art décó de la Provenza.Habría cedido finalmente a los requerimientos de Guillaume de la Tour ?

lunes, 15 de marzo de 2010

Historia Crítica de la Ciencia Argentina

Historia Critica de
la Ciencia Argentina
Julio Orione

Capital Intelectual, 100 páginas


“Cuando en 1930 el general José Félix Uriburu derrocó a Yrigoyen, en el país existían embriones de ciencia madura, en consonancia con las tendencias e intereses de los países centrales. Pero, simultáneamente, crecía el desinterés entre los sectores dominantes por el pensamiento científico, es decir, libre (el término ‘librepensador’ caracterizaba en esa época al partidario del pensamiento científico, progresista, antidogmático y racionalista: el darwinismo era el emblema de ese progresismo). Un desinterés que se conjugaba y potenciaba con el auge de una corriente teórica iniciada como ‘antipositivismo’ pero que, de hecho, terminó oponiéndose al racionalismo y al pensamiento científico.”

En su Historia Crítica de la Ciencia Argentina, Julio Orione retoma las posiciones y posturas de se disparan contra la ciencia (en colaboración con Sergio Núñez), y traza la línea que describe el subtítulo: “Del proyecto de Sarmiento al reino del pensamiento mágico”. Es muy notable, desde ya, un libro que retoma categorías que en tantos ámbitos se consideran “obsoletas” a pesar de su indeseable y tenaz presencia entre nosotros: el ser reaccionario, el espiritualismo, la intervención de la Iglesia Católica (sin olvidar el fascismo y el racismo) como los enemigos de una línea de pensamiento progresista y racionalista, y que apuntan, sin ninguna duda, a todos los discursos posmodernos y anticientíficos que plagaron nuestras facultades y que afortunadamente, según parece, están en retroceso (en tanto se revelaron como la filosofía exigida por el neoliberalismo que azotó nuestras sociedades).

En cierta forma es reconfortante que alguien, sin pelos en la lengua, llame a las cosas por su nombre, en momentos en que puede resultar “políticamente incorrecto” defender la nefasta política universitaria del peronismo, por ejemplo, o rescatar la figura de Sarmiento como el fundador de un proyecto científico nacional (y poco conocido, desde ya), o de recordar los antecedentes reaccionarios y antisemitas de figuras como Angel Gallardo entre tantos otros; produce un efecto refrescante una lectura que no casa con muchas corrientes de los estudios sociales de la ciencia, que si bien son más sofisticadas y académicas, a veces, en virtud de esa misma sofisticación olvidan el papel que juegan el oscurantismo y la reacción, así sin aditamentos. Leerlo no sólo es importante. Además, hace muy bien.

jueves, 11 de marzo de 2010

La Dama de la Torre: Capítulo 13

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El funeral, oscuro ritual de la humanidad, sufre el embate de la sociedad postindustrial. En las calles, los coches fúnebres hipnotizan a los transeúntes con sus artilugios, espejos que intentan hacer de los ataúdes un utensilio descartable, sustituible. Mientras tanto, el Comisario Inspector y nuestro fiel narrador viajan de una punta a la otra de la ciudad, intentando atar los cabos de una cuerda que se ha ramificado, hecho enredadera, vuelto caos, confusión y literatura. La muerte asiste, tranquila, al entierro ficticio de los lógicos.



CAPITULO 13



- La diplomacia - dijo el Comisario Inspector - es el arte de lo trivial. Y si nos ponemos estrictos, la diplomacia no existe.

El embajador inglés, en efecto, parecía asignar una importancia exagerada a cada uno de sus gestos. Por ejemplo, me ofreció fuego, pero sus ojos seguían con toda evidencia a la mano que portaba el fósforo, describiendo en el aire un trayecto desmesurado. Los dedos, largos y flexibles como sábanas de Eton o Cambridge, se movían como torres graciosas y en miniatura, o como lanzas que un grupo de alabarderos cruzara cada tanto: de ellos parecían desprenderse como un plasma tratados internacionales, corrimientos de fronteras, votos conjuntos de cooperación transnacional, y guerras. Nos había recibido en un salón desusadamente grande, aún para las dimensiones algo fantasiosas de una embajada imperial. Sin embargo, los muebles se acumulaban en un único rincón, mientras que en el otro extremo habían dejado como al descuido una mesa rústica donde se nos invitó a sentarnos. Cerca de la cabecera, una mesita rodante exhibía una enorme cantidad de bebidas. Eran botellas algo cóncavas, con etiquetas monocordes, y, pese a su cantidad, parecían todas iguales. Cerca de la entrada, habían instalado una pajarera bastante grande, de caña hueca, con multitud de trapecios, donde se balanceaban, casi inmóviles, como animalitos embalsamados, dos o tres parejas de cintillos. Lo curioso es que las puertas de la jaula estaban ostentosamente abiertas, pero ninguno de los cintillos se movía, como si hubiera comprendido, al fin, las paradojas de la libertad. Algunos empleados pasaron cargando un busto de la Reina de Inglaterra, que el embajador cambiaba constantemente de lugar, trasladándolo ya al jardín victoriano que se adivinaba detrás de los pesados vidrios, ya a las diferentes alas del palacio. Jamás permanecía más de cuarenta y ocho horas en el mismo sitio, y los fatigados esclavos del embajador habían terminado por aborrecerlo. En el lenguaje coloquial de la embajada recibía el nombre de Su Majestad Portátil.


El embajador inglés hablaba alambicadamente, poblando el lenguaje de síncopas innecesarias e interrupciones, como si cada palabra fuera producto de los turbios manejos de la política internacional. Ocupaba la cabecera de la mesa como al descuido. A su izquierda, en sillas medio rotas e incómodas, los delegados obreros, encabezados por Avelino Andrade, se movían impacientes. Nosotros nos ubicamos del otro lado de la mesa, cerca de la pared, que ofrecía señales de recientes reparaciones, y en la cabecera opuesta dormitaba, más que estaba sentado Sir Antony Parsons, el traficante de ataúdes.


-El estado de la cuestión -decía el embajador inglés- es...ejem -y se levantaba para señalar un precioso jarrón oriental, que hasta entonces había pasado completamente inadvertido, detrás de una cortina.- ¿Ven ustedes estas rajaduras? Fueron producidas por el terremoto de San Francisco, en l905...el jarrón...era...propiedad de un melómano famoso, conocido por su extravagancia. Lo había comprado a un anticuario insigne, abuelo de nuestro Decano de anticuarios, nuestro conocido Simón de Indias ....pero vayamos a los mapas, las cartas geográficas.


Y entonces descorrió unas cortinas verdes y vimos un mapa pinchado con alfileres de colores, una especie de carnaval geográfico, que señalaba el movimiento algo impreciso de las fronteras en el sudeste asiático.

- ¿Ustedes no piensan que es hora de frenar la expansión soviética? -preguntó-. Según nuestros servicios de inteligencia, los rusos piensan crear entre sesenta y sesenta y dos nuevos principados comunistas en los próximos diez años. Y pretenden llamarlos repúblicas populares! No es absurdo? -y volvió a la cabecera de la mesa. Dejó un rato la mirada fija en la gran pajarera-. Ejem...en qué estábamos? En la bebida? Cuál es la bebida predilecta de ustedes?

Hubo un poco de confusión entre los delegados del sindicato combativo, presididos por Avelino Andrade, que miraban absortos la incoherente decoración del salón. Sir Anthony Parsons optó por el whisky sin dudar, o por lo menos sugirió el whisky con su cabeceo. El Comisario Inspector pidió agua de seltz ligeramente azucarada. Yo elegí brandy galés.

Pero los sindicalistas no se decidían. Se consultaban entre ellos, como si estuvieran decidiendo el futuro entero de un solo golpe. Ante esos susurros, que se prolongaban más allá de todo protocolo, el embajador ordenó que les sirvieran vino en copas vienesas. Era un vino finísimo, según se leía en la etiqueta, un beaujolais traído de Francia, originario de los viñedos de Guillaume de la Tour,en l'Arbre sur l'Oise, cercanos al chalet donde ahora se escondía la Dama de la Torre.

El silencio se hizo espeso mientras los sindicalistas tomaban su vino a pequeños sorbos. Al embajador inglés parecía no importarle. El traficante de ataúdes dormitaba, cetrino, la cabeza baja, como si mirara la mesa con profundo interés. Sir Anthony Parsons no lo hubiera hecho mejor. Lady Chevesley chillaba en su escondite provenzal, plagado de calandrias y conejos, junto a los suaves ríos de la dulce Francia, donde se había refugiado, y donde se veía obligada a resistir el asedio insensato del pomposo caballero Guillaume de la Tour.

Pero la Dama de la Torre era una inglesa típica, poco dispuesta a perder tal condición por el solo hecho de haber cruzado el Canal de la Mancha.

Finalmente, Avelino Andrade se decidió a romper el silencio.

-Las Malvinas son argentinas- dijo.

-No importa de quién son- dijo el embajador inglés-. Lo importante es que sean de alguien. Ese es todo el secreto del colonialismo.

-Tiritamos- se despertó Sir Antony Parsons, el traficante de ataúdes-. Es un viento glacial el que avanza desde el sur.


-Los vientos avanzan desde donde pueden -contestó el embajador inglés -la meteorología esta llena de misterios.

-El azúcar apenas modifica el agua de seltz -observó el Comisario Inspector .

-Aunque no lo crean, todavía no he elegido mi bebida -dijo el embajador inglés estirando la mano hacia una botella donde burbujeaba un líquido violeta. Desde el jardín, se alzó el canto de un ruiseñor, al que respondieron gorriones y cintillos en libertad. Era una algarabía ornitológica que parecía deliberada.

-Nos inclinamos ante las circunstancias -tosió ligeramente Sir Anthony Parsons. Tenía una voz sumisa.

Los delegados obreros se balancearon, sin aceptar por completo esa muestra de sometimiento. Al embajador inglés pareció encantarle ese balanceo, porque empezó a moverse el también. Los cintillos fijos de la pajarera se movieron y los trapecios empezaron a oscilar levemente. Los delegados obreros semicerraron los ojos. Pese a la combatividad de que hacían gala, en el fondo solo ardían aún algunas pocas chispas de marxismo, mezclados con algo de socialismo utópico, elementos dispersos de la doctrina socialcristiana y hasta rudimentos (muy tenues) de la economía de mercado. Ahogadas por la evolución, todas esas ideologías incoherentes eran como líquidos que habían terminado por mezclarse. Los delegados se movían imitando, sin saberlo, los complicados protocolos de la diplomacia. Afuera, volvió a cantar el ruiseñor, esta vez en la clave cifrada del caballero Guillaume de la Tour.

-La perfección reside únicamente en lo microscópico -dijo entonces el embajador inglés. Los delegados obreros sacudieron la cabeza mientras el fondo acuoso de las pupilas cambiaba de nivel y parecía salpicar los párpados. Corríamos el riesgo de agitar las negras e inestables aguas de la política internacional.

-También en la policía -se apresuró a intervenir el Comisario Inspector-. Representa a la Ley y el Poder sin fisuras. Por eso es inseparable de la arbitrariedad. La lógica y la coherencia la destruirían por completo.


El embajador de Inglaterra parecía haber caído en una ensoñación -No -dijo-. Lo perfecto es el átomo. Partículas girando en órbitas infinitesimales e inestables, saltando de un lado a otro, y emitiendo rayas espectrales de energía e inclinó la cabeza hacia atrás, en forma despareja.

En un arranque de audacia, los delegados obreros empezaron a hablar. Lo hacían a borbotones, y a duras penas se entendía, pero eso no importaba, ya que a ellos, como al embajador, sólo les interesaba lo fragmentario. La lucha de clases les impedía concebir la totalidad. Con circunloquios confusos, exigieron la apertura de las fábricas de ataúdes.


Como siempre, el embajador de Inglaterra contestó en forma aproximada. -Las fábricas de ataúdes sólo ocultan ceremoniales evidentes -dijo- Para qué quieren abrirlas? Están firmando un tratado. Negociándolo, ya que los tratados se urden, se urgen. Y en cuanto a la cuestión levantó una mano, siguiendo la trayectoria de una mosca, que zumbaba en el aire extraterritorial de la embajada es....poco lo que puedo avanzarles....mi investidura y mis instrucciones no siempre coinciden. A veces me conceden poderes plenipotenciarios, pero me ordenan no hacer nada, y otras veces me prohiben firmar el más mínimo papel, pero me urgen a la acción. La diplomacia requiere grandes dotes interpretativas, y no dudo de que en algún momento se convierta en una rama del psicoanálisis. Pero..ejem...temo aburrirles, o mejor dicho, temo improvisar, o cometer ilícitos en un terreno que, como ustedes saben, pertenece al Derecho Internacional Público y Privado.

Y luego de una pausa, continuó :- Ataúdes? Dijeron ataúdes?

Hicimos un gesto a medias entre el sí y el no. Justo en el centro de las tablas de verdad.

-Y lógicos -completé- Ataúdes y lógicos son los problemas que nos preocupan.

Y aquí se suscitó una cuestión, ya que tanto los delegados obreros como Sir Anthony Parsons argumentaron que el problema de los lógicos no les atañía.

El embajador inglés aplaudió imperceptiblemente. -Ataúdes y lógicos. Oí esa conjunción cuando estudiaba en Oxford y me especializaba en ciencias políticas, con la esperanza de ingresar al servicio civil. Elaboraba una tesis doctoral sobre Inestabilidad Constitucional en el Cono Sur. Ustedes piensan que razonablemente se pueden escribir treinta páginas sobre semejante tema? Y bebió unos sorbos del líquido violeta. El tercer secretario de la embajada apareció como por encanto y le susurró unas palabras al oído.

El embajador de Inglaterra se enfrentó lánguidamente con nosotros -Me temo que debo dejarlos- dijo-. Me informan que hay un mensaje para mí de un importante personaje, y una invitación formal del Director del Departamento de Matemáticas de la Facultad de Ciencias Exactas. Pueden ustedes hacer uso de este salón. Lo único que debo recomendarles es que no traspasen los límites de lo verosímil.

Y desapareció de pronto entre los cortinajes que daban al jardín.

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lunes, 8 de marzo de 2010

James Watson, las mujeres y los negros


El escándalo producido por los dichos de Don James Watson, Premio Nobel 1953 y codescubridor de la estructura de la doble hélice junto al fallecido Francis Crick (de quien, si mal no me acuerdo, Watson decía que era más inteligente o más imaginativo que él), provocó una oleada de rechazos y acusaciones de racismo. Justas, pero más justas serían acusaciones de imbecilidad.

La discusión sobre quiénes son más inteligentes que quiénes carece de sentido, desde ya, porque nadie puede definir con asomos de claridad lo que es la inteligencia (¿el que juega mejor al ajedrez?, ¿el que se las arregla para resolver problemas matemáticos con menor dificultad?, ¿el que resuelve el problema de la supervivencia en condiciones en que otros no lo harían?, ¿el que se aprovecha y se apropia de la ayuda norteamericana con criterios norteamericanos y la deposita en bancos norteamericanos para disfrute personal?).

Pero carece aún más de sentido cuando se aplica a grupos humanos enteros, como “los negros, los blancos, los verdes o los amarillos”. ¿Hay una correlación directa entre la forma en que los pigmentos de la piel absorben la luz y algunos de los factores citados más arriba? El simple hecho de atacar las posturas de Watson es caer en la trampa y aceptar una discusión que está muy por fuera de los rumbos tanto de la ciencia como de la evolución social y política. Tal es el truco. Watson no quiere imponer sus posiciones: quiere que se las discutan, y sólo con eso se da por satisfecho, ya que instala un problema cerrado, del mismo modo que los antievolucionistas norteamericanos.

El grave problema aquí es la persistencia de personas o grupos que, ya sea para brillar por sus exabruptos, ya sea por convencimiento, necesitan sentirse parte de grupos superiores a otros. En el siglo XIX la historia era con las mujeres: Gustave Le Bon, el fundador de la psicología social y autor del muy famoso libro La psicología de las masas (1895), espantado ante las propuestas de algunos reformadores norteamericanos, que querían facilitar el acceso de las mujeres a la educación superior, escribía: “El deseo de darles la misma educación y, como consecuencia, de proponer para ellas los mismos objetivos es una peligrosa quimera... El día en que, sin comprender las ocupaciones inferiores que la naturaleza les ha asignado, las mujeres abandonen el hogar y tomen parte en nuestras batallas, ese día se pondrá en marcha una revolución social y todo lo que sustenta los sagrados lazos de la familia desaparecerá”.

Naturalmente este tipo de cosas se apoyaba en argumentos científicos (como los que usaría después el darwinismo social). En algunos círculos antropológicos y médicos franceses se puso de moda considerar la inteligencia proporcional al peso del cerebro. Paul Broca (1824-1880), profesor de cirugía clínica de la Facultad de Medicina de París, fue un líder de esta corriente y fundó la craneometría: sobre una muestra de doscientos cadáveres, calculó el peso medio del cerebro masculino y el femenino y concluyó que el hombre era 181 gramos más inteligente que la mujer. (Watson podría proponer mediciones parecidas respecto de la “ayuda” del FMI.) Naturalmente, hubo quien objetó esta linealidad entre tamaño e inteligencia, y el contraargumento de Broca es interesante: “Como sabemos que las mujeres son menos inteligentes que los hombres, no podemos sino atribuir esta diferencia en el tamaño cerebral a la falta de inteligencia”. Lo cual demuestra que las mujeres son menos inteligentes que los hombres, como ya sabíamos.

Hay algo que siempre sorprende entre estos fanáticos de clasificación de la inteligencia; ninguno, que yo sepa o haya oído, y por más científicamente que haya trabajado, llegó a la conclusión de que su grupo era menos inteligente que otros. Por alguna misteriosa razón, que Watson quizás pueda explicar, siempre el grupo estudioso de la inteligencia queda en la punta de la pirámide: ¡oh casualidad!

Miremos esta perla salida de la pluma del inefable Le Bon, psicólogo social y que se publicó en la revista antropológica más importante de Francia, allá por 1870: “En las razas más inteligentes, como entre los parisienses, existe un gran número de mujeres cuyo cerebros son de un tamaño más próximo al de los gorilas que al de los cerebros más desarrollados de los varones. Esta inferioridad es tan obvia que nadie puede discutirla siquiera por un momento. Todos los psicólogos que han estudiado la inteligencia de las mujeres reconocen que ellas representan las formas más inferiores de la evolución humana y que están más próximas a los niños y a los salvajes que al hombre adulto civilizado. Sin duda, existen algunas mujeres distinguidas, muy superiores al hombre medio, pero resultan tan excepcionales como el nacimiento de cualquier monstruosidad, como, por ejemplo, un gorila con dos cabezas; por consiguiente, podemos olvidarlas por completo”.

Bonito, ¿no? Pero no muy lejos de Watson. Lo que los dichos de Watson sí demuestran, y sin lugar a dudas, es que haber ganado el Premio Nobel no es necesariamente un signo de inteligencia. Quizás Watson aspire al  próximo Ignobel.

viernes, 5 de marzo de 2010

Club del chiste

 Envíennos sus chistes sobre ciencia a leonardomoledoblog@gmail.com

Un científico yanqui y uno gallego estaban discutiendo sobre sus respectivas universidades. El primero dice: "Mira lo inteligente que somos en mi universidad que vamos a poner un satélite en órbita alrededor de la Tierra para poder estudiar mejor ciertas aplicaciones prácticas de la física gravitatoria..." y mientras el científico yanqui sigue hablando, el gallego empieza a reirse, se tira al piso doblado de la risa, y se levanta con lágrimas en los ojos. "Por qué se ríe usted, señor?", pregunta el yanqui. "A eso le llaman ustedes los gringos ser inteligente?!" dice el gallego "fijate que nosotros vamos a mandar un satélite al Sol". "Ustedes están locos", dice el yanqui, "nadie puede ir al Sol sin morirse abrasado". "Pero si serás idiota, te piensas que los gallegos somos tontos o qué? Es que lo vamos a mandar de noche!".

miércoles, 3 de marzo de 2010

La Dama de la Torre: Capítulo 12


La comunidad SOLOG sigue perdiendo a sus estimados miembros a manos de un asesino de Lógicos. La ciudad acumula muertos sin ataúd. El sindicato se manifiesta. Entre la desaparición de las electrodisipadoras y las muertes de los amantes de la lógica, un personaje parece surgir de manera extraña, reveladora pero inquietante. El embajador de Inglaterra, por razones desconocidas aún para nuestros protagonistas, une las dos historias de caos que atormentan a la ciudad. Tal vez el embajador tenga alguna respuesta, tal vez sólo sea un engranaje más en este gran mecanismo que se alimenta de lógicos y electrodisipadoras. 



CAPITULO 12


Pero los entierros no solo se habían multiplicado hasta la redundancia, sino que habían hipertrofiado la decoración. La falta de ataúdes precipitaba los ritos mortuorios en una pendiente exhibicionista. En los coches fúnebres se instalaban con toda provisoriedad espejos que agregaban a la angustia metafísica la sensación inquietante de multitud. La muerte misma había adoptado contornos nítidos, como si la forma corporal hubiera sido siempre su medida exacta, y el cajón tan sólo un artificio, una obviedad geométrica.

Las calles en ese sentido, parecían no dar abasto, ya que, atrapada por la fascinación de la muerte puramente corporal, aumentada por la magia de los espejos, la gente se incorporaba a los cortejos en forma espontanea, aglomerándose detrás de las camionetas y carrozas negras, y adoptando una pose multitudinaria, más propia de una manifestación política, pero siempre con una correcta pesadumbre. Entre la gente que seguía a los cadáveres se cruzaban comentarios que se filtraban de refilón en la trama cotidiana y de alguna manera la hilaban.

Se decía, por ejemplo, que los cementerios ya no daban abasto y que recurrían muchas veces a trucos precarios: nichos de tierra falsa, fosas revestidas, trajes especiales de acero, y, como recurso extremo, la cremación forzosa (o sugerida).

Sin embargo, este esfuerzo municipal (en el que colaboraban con ideas no siempre felices los funcionarios de la Secretaria de Cultura) no alcanzaba, pese a lo denodado de los esfuerzos y la audacia de algunos funcionarios. En realidad, las artes fúnebres, que nunca fueron consideradas más que una artesanía menor, amenazaban con convertirse en el centro de la civilización.


Se decía también que las misas de cuerpo presente rara vez se llevaban a cabo,ya que eran constantemente interrumpidas por desmayos y breves síncopes. Tampoco era posible respetar los deseos de los muertos respecto de su destino final, y las expectativas de tierra, cremación, nicho o embalsamamiento, quedaban libradas a la oferta de ataúdes de descarte, y los avatares de la burocracia. Al fin y al cabo, eran sólo deseos de cadáveres, promesas hechas no a personas reales, sino a los restos de una mitología necrofílica.

Como se ve, la población entera empezaba a participar no sólo en el pánico de la muerte, sino, lo que era mucho más grave, en la ilusión de su multiplicidad. La muerte misma se revestía de grandilocuencia trágica por mera acumulación. Y al fin de cuentas, todo sirvió para dejar al descubierto los mecanismos funerarios y mostrar que sólo eran lo que siempre habían sido : una solemne tontería.


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lunes, 1 de marzo de 2010

Copérnico y su monolito



“El centro de la Tierra no es el centro del Universo; lo es solamente de la gravedad y de la órbita de la Luna. Todos los planetas se mueven alrededor del Sol como su centro; así el Sol es el centro del Universo.”
Copérnico, Commentariolus

En el parque que rodea al Planetario de la ciudad, hay un par de monolitos que homenajean a dos grandes héroes de la historia de la astronomía: Copérnico y Galileo. Como era de esperar también, ambos fueron fruto de un vandalismo moderado, y el mármol –especialmente en el caso de Copérnico– está roto a botellazos o pedradas con que los chicos que salían de los boliches cercanos competían preparándose para las olimpíadas de astronomía. Así, el monolito de Copérnico (donado por la comunidad polaca) aparece con el mármol quebrado y cada vez que uno pasa delante se encuentra con un medallón que retrata a Copérnico sobre una base imperfecta.

Naturalmente, está mal, pero cada vez que lo miro, no puedo evitar pensar que el monolito tal cual está representa perfectamente al gran astrónomo (y mi científico preferido). Hay cierta correspondencia entre el homenaje y la obra. Porque en realidad, la obra de Copérnico también fue imperfecta; el sistema que surgió de su gran libro Sobre las revoluciones de las esferas celestes, era al fin y al cabo un sistema lleno de errores, y, sobre todo, que despertaba interrogantes que Copérnico no podía responder.

Por empezar, y como no coincidía con las observaciones, obligó al gran astrónomo a agregar epiciclos deferentes al peor estilo ptolomeico (es decir, del sistema que pretendía destronar). Y, además, no era un sistema heliocéntrico, ya que el Sol no estaba en el centro del sistema, sino que todo giraba alrededor de un “sol medio” que se parecía demasiado a ciertos puntos ficticios que Ptolomeo había introducido para subsanar los problemas de su propio sistema.

Copérnico hizo lo que pudo, y leerlo realmente es una experiencia de audacia y genio científico como hay pocas: los Principia de Newton son perfectos, los libros de Kepler son indescifrables por su atmósfera mística, los de Galileo parecen escritos ayer, con el lenguaje de nuestra época y para un interlocutor moderno (un lector de Futuro, digamos), pero el libro de Copérnico es una lucha durísima en una época que no le daba las herramientas para salir adelante y en la que (dice) reina la confusión; baste pensar que sin que Copérnico lo supiera (recibió un ejemplar de su libro ya en su lecho de muerte) “se deslizó” un prólogo apócrifo que presentaba al sistema como absolutamente especulativo y sin pretensiones de describir la realidad. “No es necesario que estas hipótesis sean verdaderas, ni siquiera verosímiles. Alcanza con que provean un cálculo conforme a las observaciones (...) No son por fuerza verdaderas y ni siquiera probables (...) No se las expone para convencer a nadie de que sean verdaderas, sino tan solo para facilitar el cálculo.” El autor del fraude fue Osiander (1498-1552), un teólogo protestante de Wittenberg, y la verdad es que no hay que condenarlo de buenas a primeras al pobre Osiander, que probablemente obró de buena fe, tratando de proteger a Copérnico de los disgustos y problemas de enfrentar a la Iglesia. La verdad es que no hace falta más que leer a Copérnico para darse cuenta de que escribía movido por el más crudo realismo, y no tenía la menor duda de que la Tierra se movía y el Sol ocupaba el centro del sistema.

Y, justamente, primero describe el caos reinante en la astronomía de entonces:

“No todos utilizan los mismos principios y supuestos, ni las mismas demostraciones, pues unos usan solo círculos homocéntricos (es decir, la cosmogonía de Aristóteles) otros excéntricos y epiciclos (es decir, la astronomía de Ptolomeo), con lo que no consiguen los buscados.... y estas cosas no sucederían si se siguieran principios seguros”.

Y cuenta a continuación, que ante tal desorden

“En consecuencia, reflexionando largo tiempo conmigo mismo sobre esta incertidumbre de las matemáticas transmitidas para los movimientos de las esferas del mundo (...) me esforcé en leer los libros de todos los filósofos que pudiera tener, para indagar (...) Y encontré en Cicerón que Niceto de Siracusa (siglo V a.C.) fue el primero en opinar que la Tierra se movía. Después, también en Plutarco encontré que había algunos otros de esa opinión (los pitagóricos, y Heráclides Póntico (siglo IV a.C.) también creían que la Tierra giraba).

Y de inmediato la frase decisiva

“Y así empecé yo también a pensar que la Tierra se movía”.

Y con esa frase comienza la revolución que cambió la ciencia y el mundo. Sin preocuparse de las críticas a enfrentar (¿por qué el aire y los pájaros no se quedan atrás? ¿Por qué la Luna sigue a la Tierra en el espacio? ¿Por qué no se advierte ningún signo de tal movilidad? ¿Por qué el sistema no coincide con las observaciones y obliga a recurrir a los viejos epiciclos y trucos? y sin saber ni poder saber que estaba atrapado en el dogma –que se remontaba a Platón, casi dos mil años antes– sobre la circularidad de los movimientos celestes y que Aristóteles refrendó aún más. Otro argumento en contra era la falta de observación de paralaje estelar: si la Tierra realmente se moviera alrededor del Sol, era un resultado elemental de astronomía que las estrellas se debían ver ligeramente movidas desde un extremo a otro de la órbita. Copérnico contestaba que las estrellas estaban muy lejos para que ese paralaje fuera observable –de hecho tenía razón, y la primera se detectó con telescopios ¡recién en 1826!)–.

Así, el sistema salió medio chueco (Copérnico no cuestionó las esferas de cristal y agregó a la Tierra un inexistente movimiento de trepidación) pero con esas herramientas, tuvo la osadía bárbara de romper con dos mil años de tradición, y –él solo, y el primero en el Renacimiento– producir un cambio tal que el término “revolución copernicana” quedó como sinónimo de transformación total de las ideas.

Por eso, aunque manifiesto mi indignación –como si fuera el mismísimo Osiander– pienso que ese monolito herido refleja perfectamente a uno de los científicos más maravillosos, valientes y profundos de todas las épocas.