jueves, 11 de marzo de 2010

La Dama de la Torre: Capítulo 13

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El funeral, oscuro ritual de la humanidad, sufre el embate de la sociedad postindustrial. En las calles, los coches fúnebres hipnotizan a los transeúntes con sus artilugios, espejos que intentan hacer de los ataúdes un utensilio descartable, sustituible. Mientras tanto, el Comisario Inspector y nuestro fiel narrador viajan de una punta a la otra de la ciudad, intentando atar los cabos de una cuerda que se ha ramificado, hecho enredadera, vuelto caos, confusión y literatura. La muerte asiste, tranquila, al entierro ficticio de los lógicos.



CAPITULO 13



- La diplomacia - dijo el Comisario Inspector - es el arte de lo trivial. Y si nos ponemos estrictos, la diplomacia no existe.

El embajador inglés, en efecto, parecía asignar una importancia exagerada a cada uno de sus gestos. Por ejemplo, me ofreció fuego, pero sus ojos seguían con toda evidencia a la mano que portaba el fósforo, describiendo en el aire un trayecto desmesurado. Los dedos, largos y flexibles como sábanas de Eton o Cambridge, se movían como torres graciosas y en miniatura, o como lanzas que un grupo de alabarderos cruzara cada tanto: de ellos parecían desprenderse como un plasma tratados internacionales, corrimientos de fronteras, votos conjuntos de cooperación transnacional, y guerras. Nos había recibido en un salón desusadamente grande, aún para las dimensiones algo fantasiosas de una embajada imperial. Sin embargo, los muebles se acumulaban en un único rincón, mientras que en el otro extremo habían dejado como al descuido una mesa rústica donde se nos invitó a sentarnos. Cerca de la cabecera, una mesita rodante exhibía una enorme cantidad de bebidas. Eran botellas algo cóncavas, con etiquetas monocordes, y, pese a su cantidad, parecían todas iguales. Cerca de la entrada, habían instalado una pajarera bastante grande, de caña hueca, con multitud de trapecios, donde se balanceaban, casi inmóviles, como animalitos embalsamados, dos o tres parejas de cintillos. Lo curioso es que las puertas de la jaula estaban ostentosamente abiertas, pero ninguno de los cintillos se movía, como si hubiera comprendido, al fin, las paradojas de la libertad. Algunos empleados pasaron cargando un busto de la Reina de Inglaterra, que el embajador cambiaba constantemente de lugar, trasladándolo ya al jardín victoriano que se adivinaba detrás de los pesados vidrios, ya a las diferentes alas del palacio. Jamás permanecía más de cuarenta y ocho horas en el mismo sitio, y los fatigados esclavos del embajador habían terminado por aborrecerlo. En el lenguaje coloquial de la embajada recibía el nombre de Su Majestad Portátil.


El embajador inglés hablaba alambicadamente, poblando el lenguaje de síncopas innecesarias e interrupciones, como si cada palabra fuera producto de los turbios manejos de la política internacional. Ocupaba la cabecera de la mesa como al descuido. A su izquierda, en sillas medio rotas e incómodas, los delegados obreros, encabezados por Avelino Andrade, se movían impacientes. Nosotros nos ubicamos del otro lado de la mesa, cerca de la pared, que ofrecía señales de recientes reparaciones, y en la cabecera opuesta dormitaba, más que estaba sentado Sir Antony Parsons, el traficante de ataúdes.


-El estado de la cuestión -decía el embajador inglés- es...ejem -y se levantaba para señalar un precioso jarrón oriental, que hasta entonces había pasado completamente inadvertido, detrás de una cortina.- ¿Ven ustedes estas rajaduras? Fueron producidas por el terremoto de San Francisco, en l905...el jarrón...era...propiedad de un melómano famoso, conocido por su extravagancia. Lo había comprado a un anticuario insigne, abuelo de nuestro Decano de anticuarios, nuestro conocido Simón de Indias ....pero vayamos a los mapas, las cartas geográficas.


Y entonces descorrió unas cortinas verdes y vimos un mapa pinchado con alfileres de colores, una especie de carnaval geográfico, que señalaba el movimiento algo impreciso de las fronteras en el sudeste asiático.

- ¿Ustedes no piensan que es hora de frenar la expansión soviética? -preguntó-. Según nuestros servicios de inteligencia, los rusos piensan crear entre sesenta y sesenta y dos nuevos principados comunistas en los próximos diez años. Y pretenden llamarlos repúblicas populares! No es absurdo? -y volvió a la cabecera de la mesa. Dejó un rato la mirada fija en la gran pajarera-. Ejem...en qué estábamos? En la bebida? Cuál es la bebida predilecta de ustedes?

Hubo un poco de confusión entre los delegados del sindicato combativo, presididos por Avelino Andrade, que miraban absortos la incoherente decoración del salón. Sir Anthony Parsons optó por el whisky sin dudar, o por lo menos sugirió el whisky con su cabeceo. El Comisario Inspector pidió agua de seltz ligeramente azucarada. Yo elegí brandy galés.

Pero los sindicalistas no se decidían. Se consultaban entre ellos, como si estuvieran decidiendo el futuro entero de un solo golpe. Ante esos susurros, que se prolongaban más allá de todo protocolo, el embajador ordenó que les sirvieran vino en copas vienesas. Era un vino finísimo, según se leía en la etiqueta, un beaujolais traído de Francia, originario de los viñedos de Guillaume de la Tour,en l'Arbre sur l'Oise, cercanos al chalet donde ahora se escondía la Dama de la Torre.

El silencio se hizo espeso mientras los sindicalistas tomaban su vino a pequeños sorbos. Al embajador inglés parecía no importarle. El traficante de ataúdes dormitaba, cetrino, la cabeza baja, como si mirara la mesa con profundo interés. Sir Anthony Parsons no lo hubiera hecho mejor. Lady Chevesley chillaba en su escondite provenzal, plagado de calandrias y conejos, junto a los suaves ríos de la dulce Francia, donde se había refugiado, y donde se veía obligada a resistir el asedio insensato del pomposo caballero Guillaume de la Tour.

Pero la Dama de la Torre era una inglesa típica, poco dispuesta a perder tal condición por el solo hecho de haber cruzado el Canal de la Mancha.

Finalmente, Avelino Andrade se decidió a romper el silencio.

-Las Malvinas son argentinas- dijo.

-No importa de quién son- dijo el embajador inglés-. Lo importante es que sean de alguien. Ese es todo el secreto del colonialismo.

-Tiritamos- se despertó Sir Antony Parsons, el traficante de ataúdes-. Es un viento glacial el que avanza desde el sur.


-Los vientos avanzan desde donde pueden -contestó el embajador inglés -la meteorología esta llena de misterios.

-El azúcar apenas modifica el agua de seltz -observó el Comisario Inspector .

-Aunque no lo crean, todavía no he elegido mi bebida -dijo el embajador inglés estirando la mano hacia una botella donde burbujeaba un líquido violeta. Desde el jardín, se alzó el canto de un ruiseñor, al que respondieron gorriones y cintillos en libertad. Era una algarabía ornitológica que parecía deliberada.

-Nos inclinamos ante las circunstancias -tosió ligeramente Sir Anthony Parsons. Tenía una voz sumisa.

Los delegados obreros se balancearon, sin aceptar por completo esa muestra de sometimiento. Al embajador inglés pareció encantarle ese balanceo, porque empezó a moverse el también. Los cintillos fijos de la pajarera se movieron y los trapecios empezaron a oscilar levemente. Los delegados obreros semicerraron los ojos. Pese a la combatividad de que hacían gala, en el fondo solo ardían aún algunas pocas chispas de marxismo, mezclados con algo de socialismo utópico, elementos dispersos de la doctrina socialcristiana y hasta rudimentos (muy tenues) de la economía de mercado. Ahogadas por la evolución, todas esas ideologías incoherentes eran como líquidos que habían terminado por mezclarse. Los delegados se movían imitando, sin saberlo, los complicados protocolos de la diplomacia. Afuera, volvió a cantar el ruiseñor, esta vez en la clave cifrada del caballero Guillaume de la Tour.

-La perfección reside únicamente en lo microscópico -dijo entonces el embajador inglés. Los delegados obreros sacudieron la cabeza mientras el fondo acuoso de las pupilas cambiaba de nivel y parecía salpicar los párpados. Corríamos el riesgo de agitar las negras e inestables aguas de la política internacional.

-También en la policía -se apresuró a intervenir el Comisario Inspector-. Representa a la Ley y el Poder sin fisuras. Por eso es inseparable de la arbitrariedad. La lógica y la coherencia la destruirían por completo.


El embajador de Inglaterra parecía haber caído en una ensoñación -No -dijo-. Lo perfecto es el átomo. Partículas girando en órbitas infinitesimales e inestables, saltando de un lado a otro, y emitiendo rayas espectrales de energía e inclinó la cabeza hacia atrás, en forma despareja.

En un arranque de audacia, los delegados obreros empezaron a hablar. Lo hacían a borbotones, y a duras penas se entendía, pero eso no importaba, ya que a ellos, como al embajador, sólo les interesaba lo fragmentario. La lucha de clases les impedía concebir la totalidad. Con circunloquios confusos, exigieron la apertura de las fábricas de ataúdes.


Como siempre, el embajador de Inglaterra contestó en forma aproximada. -Las fábricas de ataúdes sólo ocultan ceremoniales evidentes -dijo- Para qué quieren abrirlas? Están firmando un tratado. Negociándolo, ya que los tratados se urden, se urgen. Y en cuanto a la cuestión levantó una mano, siguiendo la trayectoria de una mosca, que zumbaba en el aire extraterritorial de la embajada es....poco lo que puedo avanzarles....mi investidura y mis instrucciones no siempre coinciden. A veces me conceden poderes plenipotenciarios, pero me ordenan no hacer nada, y otras veces me prohiben firmar el más mínimo papel, pero me urgen a la acción. La diplomacia requiere grandes dotes interpretativas, y no dudo de que en algún momento se convierta en una rama del psicoanálisis. Pero..ejem...temo aburrirles, o mejor dicho, temo improvisar, o cometer ilícitos en un terreno que, como ustedes saben, pertenece al Derecho Internacional Público y Privado.

Y luego de una pausa, continuó :- Ataúdes? Dijeron ataúdes?

Hicimos un gesto a medias entre el sí y el no. Justo en el centro de las tablas de verdad.

-Y lógicos -completé- Ataúdes y lógicos son los problemas que nos preocupan.

Y aquí se suscitó una cuestión, ya que tanto los delegados obreros como Sir Anthony Parsons argumentaron que el problema de los lógicos no les atañía.

El embajador inglés aplaudió imperceptiblemente. -Ataúdes y lógicos. Oí esa conjunción cuando estudiaba en Oxford y me especializaba en ciencias políticas, con la esperanza de ingresar al servicio civil. Elaboraba una tesis doctoral sobre Inestabilidad Constitucional en el Cono Sur. Ustedes piensan que razonablemente se pueden escribir treinta páginas sobre semejante tema? Y bebió unos sorbos del líquido violeta. El tercer secretario de la embajada apareció como por encanto y le susurró unas palabras al oído.

El embajador de Inglaterra se enfrentó lánguidamente con nosotros -Me temo que debo dejarlos- dijo-. Me informan que hay un mensaje para mí de un importante personaje, y una invitación formal del Director del Departamento de Matemáticas de la Facultad de Ciencias Exactas. Pueden ustedes hacer uso de este salón. Lo único que debo recomendarles es que no traspasen los límites de lo verosímil.

Y desapareció de pronto entre los cortinajes que daban al jardín.

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