viernes, 26 de marzo de 2010

La Dama de la Torre: Capítulo 15



Antes del velorio de la lógica asesinada, nuestros narradores se pierden. La luz, la oscuridad, La Dama de la Torre y Guillaume de la Tour.



CAPITULO 15


Porque,¿cómo resistir ese asedio insensato? Guillaume de la Tour era uno de esos personajes que parecía tenerlo todo, era un ser sin fisuras. Acarreaba consigo esa sensación de invulnerabilidad que es el atributo exclusivo del poder. Nadaba en la abundancia, y si por azar perdía todo su oro en la mesa de juego, tenía la certeza de que recuperaría su fortuna, a la noche siguiente. El azar, ese era el truco. El azar, que se movía a un lado y a otro de la media aritmética, y repartía sus dones como una diosa de la tierra, pero esclava de la estadística.

La Dama de la Torre se había atrincherado en su castillo-chalet de L'Arbre sur L'Oise como quien se atrinchera en una religión o en la virtud. Era una construcción bastante arbitraria, que en reglas generales respondía a una cierta idea finisecular, algo grandilocuente y con arranques de patetismo : vigas excesivamente pesadas, frontones injustificados, ventanas falsas buhardillas sorprendentes y minúsculas. Obviamente, el conjunto buscaba dar la impresión general de una fortaleza, estableciendo una tenue solución de continuidad con la Plataforma de Elsinore. Los aposentos sugerían torres, los chauffages, donde resinosos troncos lentamente desprendían el aroma del áloe, evocaban chimeneas capaces de albergar hogueras multitudinarias y ejércitos. Y las cocinas! Estaban concebidas como mazmorras : divididas en multitud de pequeños cuartos según el gusto y el olor de las especias. De semejante estructura sólo podían surgir platos sofisticados y bellos, que, sin embargo, Lady Chevesley apenas tocaba. Dos veces por día el caballero Guillaume de la Tour recorría el camino áspero entre la posada mísera que lo alojaba, sujeto a los caprichos de una patrona gorda, lasciva y tiránica, para pasarse las horas muertas al pie de la ventana enrejada donde la Dama de la Torre oteaba el horizonte esperando que Sir Anthony Parsons viniera a rescatarla. Sir Anthony Parsons? El cruel, el casi homicida perseguidor de la Plataforma de Elsinore? El mismo. Pero acaso la Dama de la Torre no lo odiaba? En efecto. Intensamente, pero el odio, como el deseo y la memoria, tiene componentes extrañas, contradictorias, que inevitablemente rematan en el desastre o en la gloria. Mataría Sir Anthony Parsons al caballero Guillaume de la Tour? Lo descuartizaría y uniría despues con alambres sus miembros ensangrentados para darle la apariencia de un muñeco y exponerlo a la vergüenza pública? O tal vez el caballero Guillaume de la Tour lo destriparía? La Dama de la Torre se siente incapaz de opinar sobre los objetos de su deseo. Y es que otra vez la realidad se complicaba con el azar, con el bendito azar, que rige los ciclos del año, pero que logra que las estaciones se sucedan de una manera tan previsible que ya resulta monótona, como cuando los naipes se deslizan sobre el tapete verde una y otra vez a lo largo de la noche para componer la exasperante simetría del póker. Resistirá el asedio Lady Chevesley? Mirándose en el espejo, iluminado por la suave luz del Midi, envuelta en esa luminosidad tan clara, tan francesa, y sin embargo tan insustancial, Lady Chevesley comprende que, como siempre, no se enfrenta con un mero juego de voluntades, sino con la quintaesencia de la fatalidad.

Y, en consecuencia, no sabe qué hacer. Su educación fue esencialmente canora. La prepararon para urdir con elegancia la trama de la desgracia. Quisieron que manejara el patetismo con la destreza de un artesano, que bajo la presión de sus dedos engendra formas maravillosas en el bronce que sale del crisol. La fatalidad no es para ella mas que un accidente, una demora del azar, que por alguna razón, tarda en arreglar las cosas y restablecer el hilo delgado del infortunio. Ha estado esperando por más de dos años a Sir Anthony Parsons y el horizonte no ha dado señales de su llegada. Antes, piensa la Dama de la Torre, estas cosas no ocurrían. Después de un tiempo razonable, aparecía en el horizonte la vela blanca del barco de rescate, irguiéndose enorme hacia el cielo, y acompañada, si era necesario, por una flota de doscientos bajeles. Y por el otro lado se escuchaba el estruendo de las caballerías, que acudían, todas sangre y valor, a la batalla oportuna. Pero es razonable esperar ahora esa vuelta de tuerca puramente literaria, en una edad donde todas las convenciones han sido pisoteadas de manera inmisericorde? Tiene sentido exigir que los géneros literarios se impongan al temerario transcurrir de la novela? Lady Chevesley por momentos tiene miedo de enloquecer y terminar sus días en un asilo de lunáticos, prerrafaelista, y anónimo. Posibilidad nada desdeñable, ya que en los últimos meses el caballero Guillaume de la Tour se ha aficionado al laúd, y desde el anochecer tímido hasta que el alba de rosados dedos rompe el delicado equilibrio de la noche francesa, improvisa sobre las cuerdas una elegía interminable y es preciso reconocerlo- muchas veces ininteligible, que altera por completo los nervios de Lady Chevesley, impotente ante esa pasión repetitiva y monótona. Conseguirá huir? Conseguirá restablecer la continuidad del relato?

Porque ocurre que, a pesar de los ropajes que tantas veces la disimularon, ya sea estas sedas de gala de L'Arbre sur L'Oise, o aquellas vestiduras más turbias y boreales de la Plataforma de Elsinore, la Dama de la Torre ocultó siempre un secreto sensual: su único recurso válido es la huída. Ya no espera nada del flamante caballero Guillaume de la Tour, que no comprende ni respeta sus debilidades neuróticas, su aliento casi venenoso, sus depresiones, su búsqueda de la pureza, o, en su defecto, de la racionalidad.

Y por lo tanto,apela al único elemento capaz de vencer al azar : el fuego. Incendia el castillo-chalet, que arde como una predispuesta estopa y se escapa en medio de la algarabía de las llamas, que recortadas contra el cielo de otoño resultan casi alegres como fogatas de San Juan.

Hacia dónde va? La respuesta es obvia : a Italia, la tierra del bel canto, de los valles fértiles y las canciones alpinas que la recorren desde los Apeninos a los Andes. El Mediterráneo dorado que baña playas paradisíacas donde se sucedieron y enfrentaron civilizaciones áureas : la griega, la romana, la cartaginesa. La República y el Imperio, la dinastía de los Antoninos y el mundo sombrío de Septimio Severo. Fechas y nombres hierven en una memoria demasiado ocupada por el autorrecuerdo. Quién fue aquel emperador enamorado del fuego que mandó quemar una ciudad ? Y aquel otro que crucificó a un judío que se proclamaba Dios? Y aquellos ejércitos que destruyeron Cartago, la arrancaron de sus cimientos y sembraron sal sobre las ruinas? Lady Chevesley retoza en la frescura de sus recuerdos escolares mientras el trineo, que le garantiza inmunidad casi diplomática aplasta las hojas amarillentas de los bosques que se levantan junto al camino. No nieva, pero debería nevar.

A lo lejos, parado sobre la línea del horizonte, que con el correr del tiempo se torna más y más borrosa, el caballero Guillaume de la Tour, empuñando su laúd, ya inútil, se prepara para entonar una elegía.