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martes, 14 de febrero de 2012

El artista del veneno



El hombre se paró de pronto en el centro de La Orquídea, y empezó a hablar. Todos lo escuchamos, con cierto malestar.

“No es lo más corriente del mundo frecuentar los ensayos de Oscar Wilde, y es que verdaderamente no tienen la contundencia de los cuentos y novelas, o la delicia epigramática de las obras de teatro: ¿qué puede ‘Otras ideas radicales sobre la reforma del traje’ contra ‘El fantasma de Canterville’, ‘Una mujer sin importancia’ o ‘El joven rey’?”

“Sin embargo, hoy yo quería hablarles, precisamente de uno de esos ensayos: ‘Pluma, lápiz y veneno’, que cuenta la notable historia de Thomas Griffiths Wainewright, antes de que alguno de ustedes se proponga buscarlo en esa Biblioteca de Babel actual que es wikipedia y encuentre una versión, que naturalmente no será original, pero que difiere del original –siempre suponiendo que éste existe– en apenas una letra, una coma, una fecha, y nos plantea seriamente el problema de qué es un original, pero esa es otra historia.”

“Y bueno –dijo el hombre–, Thomas Griffiths Wainewright nació (1794, es decir una generación y media antes que Wilde) en una familia de pro (no se sabe si su padre había sido notario o farmacéutico, lo cual tiene importancia para esta historia) y era nieto de una familia de pro: su abuelo (a cuyo cuidado quedó al morir su madre, también siendo él muy joven), el Dr. Ralph Griffiths, había sido el editor durante cuarenta años de la Monthy Review, la primera revista literaria en serio que se publicó en Inglaterra. Le facilitó su ingreso en el mundo literario, aunque dificultó (no era muy generoso) la vida de dandy extremo que Thomas quería llevar, con una de las condiciones fundamentales del dandy que para actuar una vida extravagante requiere dilapidar dinero de una manera extravagante: trajes, coches, colecciones de arte, joyas, mayólicas venecianas, series de objetos de arte antiguos y todo lo que a ustedes se les pueda ocurrir y nunca tendrán. Deben conformarse con lo que les ofrece La Orquídea –los parroquianos bebían su café y sus bebidas divertidos, obviamente poco interesados en esos objetos de ultralujo; sólo a mí se me atragantaba el café; lo encontraba amargo (pero deliberadamente no le había puesto edulcorante para disfrutar mejor mi envidia)–. Además, era un exquisito pintor y dibujante: combinaba así la literatura, las artes plásticas y el coleccionismo, que por cierto también es un arte difícil (y caro).”

”Cuando murió su abuelo, encontró un respiro con una fortuna que –descubrió– estaba vedada por una caterva de abogados y ‘cuidadores’: en 1922 y 1933 Thomas falsificó todos los documentos que hicieron falta y consiguió su dinero; pero su estilo de vida requería grandes cantidades de dinero, y voló rápidamente: Wainewright se puso bajo el ala de su tío y también voló rápidamente, mientras él quedaba al cuidado de su tío.

”Que murió repentinamente en 1928, y entonces Thomas heredó una bellísima casa de campo, pero ni una libra, ni siquiera las necesarias para mantenerla. Mientras tanto se había casado, y en 1929, también súbitamente murió su suegra; Wainewright indujo entonces a una de las hermanas de su esposa a sacar varias pólizas de seguro a favor de ella (unas dieciocho mil libras en total). Apenas las pólizas estuvieron hechas, la cuñada en cuestión falleció (la cosa fue así: fueron con ella al teatro, y al regresar, ella se sintió mal. Llamaron al médico, que hizo alguna prescripción, pero apenas el médico se fue, Wainewright y su esposa le dieron mermelada envenenada, se marcharon de paseo, y a su regreso la encontraron muerta).”

“Sin embargo, las compañías de seguros sospecharon algo de esta seguidilla de muertes, y se negaron a pagar el seguro; el asesino les hizo pleito, y algunos meses después fue detenido por deudas, mientras, en las calles de Londres daba una serenata a la hija de un amigo. Logró salir del trance y se exilió en Bolonia, en casa del padre de la joven objeto de la serenata, y lo persuadió de que hiciera una póliza de seguro de vida por tres mil libras; apenas estuvo ésta firmada, lo envenenó con estricnina volcada en su taza de café: era su venganza contra las compañías de seguros. Su amigo murió a la mañana siguiente.”

“Vivió varios años en París con gran lujo, y según unos ocultándose siempre con veneno en el bolsillo y temido por todos cuantos lo conocieron.”

“Finalmente volvió ocultamente a Inglaterra, donde no obstante fue detenido a raíz de las falsificaciones de algunos pagarés que había hecho años antes para aumentar su colección de mayólicas y de Marco Antonios; el 5 de julio de 1837 fue condenado por falsificación y desterrado a Tasmania (después de una estancia en la cárcel, adonde fue visitado nada menos que por Dickens).”

“En Tasmania, siguió practicando su amor al arte, y montó un estudio y volvió a dibujar y a pintar. Murió en 1847 (y no en 1852, que es la fecha que da Oscar Wilde).”

“Wainewright incluyó el asesinato ‘como una de las bellas artes’, al decir de De Quincey, y llevaba la estricnina siempre consigo, en un anillo de corte renacentista; uno de esos que tenían un dispositivo que rasguñaba la mano del desprevenido interlocutor y volcaba el rápido veneno en sus venas: cuando le preguntaron por qué había matado a Elena Abercrombie, su cuñada, respondió que ‘tenía tobillos demasiado gruesos’.”

“Este era el anillo –dijo el hombre, mostrándolo en aire– mejor dicho, éste es una perfecta imitación, porque nada me costó arrojar el verdadero a la máquina de hacer café, mientras todos se distraían con el relato. La literatura también tiene su precio.” Y acto seguido ofreció hacerme un seguro de vida.

Miré alrededor: muchos de los concurrentes de La Orquídea se retorcían en espasmos aflátales, el resto estaba ya muerto. Le dije que no, que por ahora no.

martes, 22 de noviembre de 2011

El Concorde y la imposibilidad de volar



“La demostración de que no existe combinación de materiales conocidos, máquinas o fuerzas que puedan dar como resultado un aparato en el cual el hombre pueda volar distancias apreciables me parece tan completa y acabada como puede serlo cualquier demostración física.”
Simon Newcomb (1835-1909)

En 1956, cuando nació el proyecto del Concorde, la Encyclopedia of Spurious Science fue tajante: “Pretender alcanzar la velocidad del sonido es una quimera más allá de toda posibilidad”, y cuando en 1970 duplicó esa velocidad, habló de “manipulación de datos”.
Pero haya dicho lo que haya dicho la tenaz Encyclopedia, lo cierto es que el Concorde fue la culminación algo barroca de una saga bastante antigua: hay historias sobre vuelos con alas en la mitología de la antigua Grecia y Roma, de Escandinavia y del Oriente. Hacia el año 1020, Oliver de Malmesbury se ató alas en las manos y los pies y, saltando desde una torre, se mantuvo en el aire lo suficiente para planear unos 500 metros, después de lo cual cayó al suelo y se rompió las piernas. Más tarde John Damain, favorito del rey Jacobo IV de Escocia, saltó desde lo alto del castillo de Stirling y justificó el no poder elevarse por el hecho de que las alas tenían plumas de paloma y no de águila. En el siglo XVI, Leonardo Da Vinci observaba el vuelo de las aves, con el confeso y nada humilde propósito de imitarlas. En 1660, un acróbata francés llamado Allard intentó volar sobre París por medio de alas artificiales, y cayó a tierra sufriendo grandes heridas. En 1742, el marqués de Baqueville hizo varios ensayos de vuelo con un par de alas artificiales adaptadas a sus manos y pies, pero cuando intentaba cruzar el río Sena cayó encima de una barcaza y se quebró una pierna.
Todos estos intentos de volar terminaron en estrepitosos fracasos precisamente porque se tomaba como modelo el vuelo de las aves. La cosa cambió cuando los ojos se centraron en otro objeto volador, mucho más prosaico, y conocido desde la Antigüedad: el barrilete, que no vuela sino planea.
Según parece, el primero que se apartó de la obsesión de las alas artificiales fue George Cayley, científico inglés a quien sus contemporáneos –con el apoyo entusiasta de la Encyclopedia– calificaron como “loco de remate” y que, sin embargo, diseñó y fabricó primitivos planeadores, describió correctamente las fuerzas que intervienen en la aerodinámica del vuelo y nada menos que en el año 1809, escribió las siguientes y proféticas palabras: “Cuando se logre el vuelo mecánico, comenzará una nueva era para la humanidad. Estoy absolutamente seguro de que será posible transportar personas y bienes de manera más segura por aire que por agua, con una velocidad de cuarenta a doscientos kilómetros por hora. Sólo hace falta un motor de propulsión adecuado. La máquina de vapor de Watt podría ser una posible fuente de energía, pero dado que el peso juega un papel tan importante, existe la probabilidad de obtener la propulsión mediante la combustión de materias o fluidos inflamables”.
A lo largo del siglo XIX se construyeron en Europa varias “máquinas de volar”, pero la ausencia de una fuente de energía de mayor potencia que la máquina de vapor condenaba casi todos esos intentos al fracaso, como constataba con regocijo, edición tras edición, la Encyclopedia of Spurious Science: “El intento de volar con aparatos más pesados que el aire sólo puede ser fruto de la debilidad mental, o de una fuerte alteración de los humores y obnubilación de la mente” (1851, 1872, 1893).
Clément Ader, un ingeniero francés, diseñó un aparato muy liviano propulsado a vapor con el cual logró volar unos 300 metros, antes de que una ráfaga de viento lo estrellara contra el suelo y las autoridades se rehusaran a gastar más plata en su invento. En la década de los ‘90, los hermanos Lilienthal lograron volar alrededor de cien metros en planeadores, que terminaron con un accidente fatal en 1896.
En los Estados Unidos, el distinguido ingeniero y arquitecto Samuel Pierpont Langley hizo un intento a fondo para conseguir una máquina que volara y entre 1897 y 1903 gastó alrededor de cincuenta mil dólares, que entonces era una suma fabulosa, en ensayos infructuosos. Después del tercero de ellos, nada menos que el New York Times, adelantándose a la mismísima Encyclopedia, comentó en su editorial (10 de diciembre de 1903): “Esperamos que el profesor Langley deje de arriesgar su reputación científica, de perder el tiempo y de derrochar dinero en experimentos con máquinas para volar. La vida es muy corta, y seguramente el profesor Langley es capaz de prestar a la humanidad servicios mucho más importantes que el intento de volar... Para estudiosos e investigadores ‘del tipo Langley’ hay empleos mucho más útiles”. Y, a continuación, se pronosticaba que el hombre no podría volar “hasta pasados mil años”.
Exactamente siete días después de publicada esta visionaria profecía, en la mañana del 17 de diciembre de 1903, dos inventores ‘del tipo Langley’, los hermanos Orville y Wilbur Wright, con un biplano casero efectuaban el primer vuelo completo de la historia. Duró doce segundos y se extendió por apenas cuarenta metros. Pero era la primera vez que una máquina se levantaba en el aire y aterrizaba luego. Cinco personas se habían reunido con desgano para presenciar el experimento. De ahí al Concorde había sólo un paso.
Como todos sabemos, el New York Times aceptó de buen grado los hechos consumados. No así la tenaz Encyclopedia, que en la edición de 2002 proclamaba incoherentemente: “El fatal accidente de julio de 2001 señala la peligrosidad intrínseca de los aviones. Es obvio que el Concorde debe ser discontinuado, y el día en que aterrice por última vez quedará demostrado de una vez por todas la absoluta imposibilidad de volar con máquinas más pesadas que el aire”.

lunes, 31 de octubre de 2011

Cómo se salvó de la destrucción el municipio de Miniápolis

En el municipio de Miniápolis, que como todos sabemos queda lejos del mar, las controversias alrededor de la “ciencia nacional”, que tantos problemas habían causado y a tantos malentendidos habían conducido, siempre habían sido percibidas como en sordina, pero bastó con que un grupo posmoderno consiguiera ocasionalmente la intendencia (bien que por una ínfima minoría), para que todo se revitalizara, ya que el nuevo intendente, fiel a su ideología, proclamó la independencia de las leyes científicas frente a toda intromisión del estado nacional, y se dedicó a la no fácil tarea de modificarlas de tal modo que favorecieran a la población (en especial a sus votantes y a su comité de campaña, que había recibido generosos aportes de los empresarios de la construcción).

Por lo tanto, la primera en ser afectada fue la ley de gravedad, cuya potencia y efectividad se redujo a la cuarta parte. El efecto fue inmediato: las empresas constructoras, tomando en cuenta el nuevo ínfimo peso de los materiales (reducido a su cuarta parte), empezaron a levantar torres de cientos de pisos, impensables antes de la reforma, y que produjeron una inmediata reactivación económica. Pero si la Cámara de la Construcción estaba encantada, no ocurría lo mismo con los fabricantes de muebles, que se veían en figurillas para fabricar mesas y camas que quedaran fijas al piso y que no flotaran con la más leve brisa como si estuvieran hechas con madera balsa, y organizaron marchas de protesta, e incluso cortaron algunas calles importantes del municipio. Pero la oposición de la cámara de la construcción fue definitiva y la ley de gravedad quedó con su baja potencia, lo cual demostraba la postura posmoderna del intendente sobre que las leyes de la física eran solo cuestiones de poder, aunque se ofreció cierta compensación reduciendo el valor de pi a 2,1, con lo cual la superficie de los muebles exigía menos inversión en materiales y trabajo. Como los carpinteros no se quedaron del todo conformes, se desató una feroz represión, que dio con casi todos ellos en la cárcel.

Sin embargo, no eran éstos los únicos afectados: los automóviles, ahora muy pero muy livianos, tendieron a levantarse del suelo y volar, elevados por la corriente de aire que generaban; aunque en este caso la respuesta fue simple: se invirtieron las leyes de la aerodinámica, y los automóviles se pegaron al piso, pero los aviones se caían. El gobierno no consiguió imponer leyes diferenciales para autos y aviones, porque la naturaleza, aun en ese estado de desorden, se negaba a distinguirlos, por lo que se optó por suspender todos los vuelos, con lo cual Miniápolis quedó aislada, ya que los aviones que cruzaban los límites del municipio se estrellaban y los transportes terrestres, apenas pasaban el cartel de bienvenida, volaban por los aires.

Pareció que se correría peligro de desabastecimiento, pero el intendente no se arredró: suprimió por decreto de necesidad y urgencia los dos principios de la termodinámica, a partir de lo cual empezaron a florecer las máquinas de movimiento continuo, capaces de extraer energía de la nada; lo cual desquició el sistema económico, ya que los bienes fluían sin costo energético alguno, y se acumulaban en pirámides enormes (gracias a la baja gravedad): era imposible exportarlas, ya que, obviamente, no funcionaban fuera de Miniápolis, y además, generaban calor, que se acumulaba en los límites del municipio sin posibilidades de disiparse más allá de sus límites, y empezaban a afectar seriamente al clima.

Pero nadie se preocupó mucho, porque la energía gratis (que había logrado el ostensible milagro de que algunos commodities tuvieran precio negativo, es decir, que cualquier comprador al llevarse un artículo recibiera dinero en vez de entregarlo), llevó a la prosperidad hasta tal punto de saturación que pronto, mientras las máquinas de movimiento continuo producían energía de la nada, y otras máquinas, diseñadas adaptando las leyes naturales a los diversos productos, se encargaban de producir todo lo que se necesitaba, los ciudadanos de Miniápolis se dieran cuenta de que no tenían nada que hacer y como era de esperar, se volcaron en su totalidad al ocio recreativo.

Lo cual llevó al crecimiento desmesurado de las prácticas deportivas: que no resultaron fáciles, por cierto, porque era tal el caos en las leyes de la naturaleza, que las pelotas doblaban en ángulos rectos, o seguían trayectorias completamente arbitrarias. Los diferentes clubes exigieron leyes apropiadas para cada deporte. Cada vez se hacía más obvio que un solo juego de leyes para todo el municipio no bastaba, y así fue que mediante un coup de force, el intendente fue derrocado y sustituido por una comisión que proclamó la independencia científica de los barrios, con lo cual cada uno de ellos ajustó las leyes de la óptica para que los locales pudieran ver a los visitantes, pero no a la inversa, y para que las trayectorias que describían las pelotas fueran tales que siempre entraran en el arco contrario, con lo cual el resultado de los partidos se conocía de antemano (cualquier físico podía predecirlo con absoluta exactitud), con lo cual el deporte perdió todo interés. Pero además, algunos barrios modificaron las leyes de la evolución, imponiendo el adaptacionismo lamarckiano (y adelantando sus tiempos), y así algunos ciudadanos empezaron a desarrollar incipientes alas, que crecían y crecían con el esfuerzo. Pero aun antes de que se elevara la primera bandada barrial, un grupo extremista (que no en vano provenía del barrio llamado Saint Honoré) logró imponer a un intendente que abolió lisa y llanamente todas las leyes de la naturaleza, y las sustituyó por el relato subjetivo de cada uno. El floreciente municipio se convirtió en un conglomerado de autismos, que vivían en un universo interno y totalmente objetivo, donde todo, desde las partículas elementales hasta las heladeras, funcionaba al compás de los caprichos mentales. Pareció que Miniápolis había alcanzado un estado eternamente estable, en el que nadie se movía, sino que se limitaba a pensar un mundo totalmente desconectado del de los demás, y que esa situación seguiría así para siempre.

Pero nadie recordaba, en medio del caos natural, a los carpinteros, encerrados en hórridas mazmorras: ansiosos de vengarse de los vejámenes recibidos, planificaron una acción audaz y concertada: modificaron la constante cosmológica de tal manera que, instantáneamente, el universo dejó de expandirse y empezó a contraerse de forma velocísima, amenazando a Miniápolis con hundirse en cuestión de pocas semanas en un Big Crunch y quizás en un agujero negro. Fue entonces cuando el gobierno nacional, advertido por un grupo de cosmólogos, a través del Ministerio de Ciencias ocupó el municipio, restableció las leyes naturales, liberó a los carpinteros y salvó a Miniápolis (y posiblemente al Universo entero) de la destrucción.

lunes, 17 de octubre de 2011

Una idea genial


En la historia de la ciencia hay algunas ideas geniales que impresionan por su sencillez y su estructura perfectamente límpida, que permitieron conseguir resultados que todavía hoy nos sorprenden. Por ejemplo, la medición de la circunferencia de la Tierra por Eratóstenes (276-174 a.C.), en el siglo III antes de nuestra era. Eratóstenes, que era bibliotecario del Museo y Biblioteca de Alejandría, se enteró de que en la ciudad de Siena, al sur de Egipto, durante el solsticio de verano, una varilla clavada en el cielo no proyectaba sombra alguna, mientras que en su ciudad sí lo hacía. Inmediatamente atribuyó esta diferencia a la curvatura de la Tierra y, mediante un ingenioso sistema, midió la distancia entre Alejandría y Siena, y teniendo en cuenta que la sombra de la varilla en Alejandría formaba un ángulo de siete grados, calculó a qué longitud debía corresponder un ángulo de 360 grados: el resultado le dio unos cuarenta mil kilómetros, cifra muy aproximada a la actual, obtenida mediante sofisticados satélites. Justamente lo que impresiona de Eratóstenes es lo simple de su razonamiento, y lo simple, también, de los elementos que usó: una varilla clavada en el suelo, un instrumento para medir el ángulo de la sombra y una caravana de camellos que le sirvieron para calcular la distancia desde Alejandría a Siena.
El resultado muestra, de paso, que no sólo la esfericidad de la Tierra era conocida desde la Antigüedad sino que se tenía una idea aproximada de su tamaño (aunque la medición de Eratóstenes fue modificada por Tolomeo, que obtuvo un valor más bajo y más apartado del real). La leyenda, pues, de que Colón defendía la esfericidad de la Tierra ante un puñado de ignorantes que pensaban que era plana es absolutamente falsa: quienes se opusieron a Colón no discutían la forma de la Tierra sino su tamaño. Otra idea sensacional, en la misma cuerda, fue la de que por primera vez permitió medir la velocidad de la luz.
Y así fue. La velocidad de la luz había sido tema de controversia desde la Antigüedad, aunque muchos filósofos naturales se inclinaban por la idea de que no era infinita, arguyendo diversas premisas filosóficas. Muchos intuyeron, también, que debía ser extraordinariamente grande, pero las opiniones sobre la luz estaban borroneadas por la teoría de la visión imperante, que sostenía que el ojo emitía rayos que alcanzaban a las cosas y permitían ver, mezclándose o no, según los autores, con la luz externa del Sol (Platón sostenía más o menos algo así). De todos modos, la posición era puramente especulativa.
Fue recién durante la Revolución Científica cuando la luz, como todo lo demás, pasó a ser tratada como una “cosa” cuyas propiedades se podían investigar y medir. Galileo intentó hacerlo: colocó a dos observadores provistos de sendas linternas sordas a una cierta distancia (1,6 kilómetro). La idea era la siguiente: uno de ellos destapaba su linterna y enviaba un pulso de luz al segundo observador que, al verlo, hacía lo propio: descubría su linterna y devolvía la señal al primer observador; el retraso en recibir el pulso mostraría el tiempo que tardaba la luz en recorrer el camino de ida y vuelta entre ambos.
Efectivamente, el primer observador recibió el pulso de luz de su compañero con un cierto retraso, pero cuando Galileo repitió el experimento, duplicando la distancia entre los dos observadores... ¡el retraso fue exactamente el mismo! Obviamente, algo andaba mal, y el experimento no servía: Galileo concluyó que la velocidad de la luz tenía que ser muy alta para poder observarse mediante ese método, y que el retraso se debía tan sólo al tiempo de reacción que tomaba al segundo observador descubrir su linterna.
Si la velocidad de la luz era muy grande (o infinita, como había sugerido Descartes), era un problema que no se podía resolver por métodos terrestres. Y allí fue donde entró en acción Olaf Roemer (1644-1710), un astrónomo danés que estaba a la sazón estudiando y elaborando tablas sobre los satélites de Júpiter, descubiertos por Galileo, con el telescopio también perfeccionado por Galileo (nótese que es la tercera vez que aparece el nombre de Galileo vinculado con un hecho importante de la historia de la ciencia).
Ocurre que la Tierra, en su movimiento anual, describe una órbita alrededor del Sol, que a veces la acerca un poquito a Júpiter, que se mueve muchísimo más lentamente, y seis meses después, cuando está en el extremo opuesto de su recorrido, la hace estar algo más lejos.
Y bueno, resulta que, en 1676, Roemer, mientras elaboraba sus tablas, observó que los eclipses de los satélites de Júpiter (es decir, cuando los satélites se ocultan detrás del planeta) cuando la Tierra, en su órbita, estaba “del otro lado de Júpiter”, se producían con cierto retraso con relación a cuando la Tierra “estaba del lado de Júpiter”. Y ahí fue cuando hizo “click” y se le ocurrió que el retraso se debía al tiempo que la luz tardaba en atravesar la órbita de la Tierra: conociendo el tamaño de ésta y mediante un cálculo muy simple se podía obtener la velocidad de la luz, que Roemer estimó en alrededor de 220 mil kilómetros por segundo, una aproximación extraordinaria para la época (el valor aceptado hoy es de 299.792,458 kilómetros).
La hazaña de Roemer es impresionante; pero lo es, en especial, por lo simple de la idea, por lo sencillo de su realización, usando aparatos bastante primitivos (el telescopio que usaba, en relación con los actuales, guarda una distancia parecida a la de los camellos de Eratóstenes con relación al GPS), por el hecho de haber deducido de un fenómeno, que aparentemente no tenía nada que ver con eso, el valor de lo que, andando el tiempo, se llamaría “c” (letra que se usa para designar la velocidad de la luz) y se transformaría en una de las constantes claves y centrales de la naturaleza.
Una idea genial, nomás.

lunes, 3 de octubre de 2011

La ciencia, el periodismo, el arte y la comunicación pública (2da parte)

Segunda parte de la charla pronunciada en la “Jornada Regional de Periodismo Científico: Comunicación, Universidades y Ciencia” que se llevó a cabo en Santa Fe, en la Facultad Regional de la UTN (Ir a la primera parte)

EL COMUNICADOR HACE CIENCIA

Si la ciencia es comunicación por naturaleza, y la comunicación es una parte de la ciencia, el comunicador tiene que saber que cuando comunica la ciencia está haciendo ciencia. Y ése es otro de los conceptos que elaboramos en el Planetario. Una de las actividades de la ciencia, por su propia naturaleza, es la comunicación, y por lo tanto el comunicador hace ciencia.
Hay otro prejuicio (esto es lo que Bacon hubiera llamado “prejuicios de la tribu”), y es que hay dos culturas separadas. Ya Snow hace muchas décadas escribió sobre este asunto. El se basaba en lo que es la educación inglesa, una educación que era fuertemente humanista, el egresado de Cambridge sabía latín, griego, había leído todos los clásicos, aunque no tenía la menor idea de qué era la entropía. Pero hasta tal punto no la tenía que incluso estaba orgulloso. Es decir, la idea de estar orgulloso porque uno no sabe hacer una cuenta o porque no puede leer una fórmula es muy frecuente. Lo cual crea una situación difícil para el comunicador de ciencia. Lo primero que tiene que decir es que eso que le va a comunicar es digno de ser comunicado. Esa ciencia que le va a transmitir es digna de ser recibida. Es decir que no se va a robotizar, que es la idea de muchísima gente, por saber leer una fórmula, sino que se va a enriquecer porque la lectura de una fórmula es un acto de lectura. La ciencia es un lenguaje que uno tiene que aprender a hablar para comunicar cosas, y como todo lenguaje tiene su gramática, tiene su sintaxis, tiene su ortografía, tiene su literatura.
Y la literatura del lenguaje de la ciencia son las historias que cuenta la ciencia sobre el mundo, parafraseando a Macbeth, la ciencia es un cuento lleno de sonido y de furia, pero que significa mucho. Es un cuento que la humanidad se cuenta a sí misma. Cómo es, por qué ese árbol es como es, cómo dentro de una célula hay un conjunto de mensajes que se escalonan e interactúan hasta tal punto que uno no puede creer que exista algo tan maravilloso. La historia del Universo y las historias del Universo son tan maravillosas como el más maravilloso de los cuentos de hadas. Cómo funciona internamente una estrella. Una estrella es una máquina, y verla como una máquina ya da una perspectiva nueva. Es un reactor nuclear que transforma peso y gravedad en luz. Es una perfecta máquina que un día se queda sin combustible y adiós, nos achicharra a todos nosotros como va a ocurrir... Es lo que va a ocurrir dentro de 5 mil millones de años: podemos hacer planes para el fin de semana.
Pero va a pasar y fíjense que ese relato del final es tan terrorífico como el más terrorífico de los cuentos de hadas. Es el cuento de hadas, o el relato, o uno de los relatos, mejor dicho, que nosotros podemos escribir sobre el Universo. Entonces es una falacia total que la ciencia no sea un relato. La ciencia lo es, porque es comunicación y es un lenguaje. Y su literatura son los relatos sobre el mundo.

LA IMAGEN DEL CIENTIFICO Y EL LABORATORIO

La imagen del científico, bueno, acá se habló un poco de esto: el científico es visto como un hombre de guardapolvo blanco –ahora, porque antes no: en el siglo XIX se operaba sin siquiera lavarse las manos, imagínense con qué consecuencias– encerrado en un laboratorio. Cosa que también se estimula, porque en las semanas de instituciones abiertas, por ejemplo, se lleva a los chicos a recorrer un laboratorio detrás de otro y se infunde la idea de que es ahí y sólo ahí donde se produce la ciencia. El laboratorio es un invento de los alquimistas, y era un espacio particular, un espacio místico. Con la revolución científica, el laboratorio se vuelve un espacio profano.
Pero el laboratorio es sólo una herramienta más: en el laboratorio se mide, se hacen algunos experimentos (sin hablar de las disciplinas que no usan ningún tipo de laboratorio, como las matemáticas, por ejemplo), pero en realidad el verdadero laboratorio está entre las cejas y el pelo de cada uno de nosotros. Ahí se hace la ciencia.
El científico mismo se siente muy apegado y seguro en su laboratorio. Por eso yo cuando hago mis reportajes, que no llamo reportajes sino diálogos, trato de encontrarme con los científicos en un café, sacar al científico del lugar donde se siente seguro y me muestre la ciencia desarmada. Las grietas.

PRESUPUESTOS

Entonces el científico (y el comunicador de la ciencia convencional) en general parte de algunos presupuestos. Yo soy un científico, la ciencia es racional, es precisa, yo trabajo en el laboratorio y aquí se cumplen las leyes de la ciencia, y aquí se manifiesta la verdad, así como en el laboratorio del alquimista se manifestaba, no sé, Dios o el Espíritu Santo.
Todo eso es falso.
En primer lugar, el científico en su laboratorio está pensando que lo que dice lo va a leer el científico del laboratorio de al lado. No está pensando que lo va a leer el público. Entonces tiene terror explícito o no de cometer un error. O que el que lo está entrevistando cometa un error. Ese es el principal problema o motivo de rispidez.
Y aparte la ciencia no es exacta, no es precisa, es parcialmente (o mejor, localmente) racional: localmente exacta y localmente precisa. No voy a entrar a fondo en esto, pero sí diré que si el comunicador sabe eso, tiene una actitud diferente frente al investigador.

EL CIENTIFICO COMO IGNORANTE

Además, los descubrimientos son temporales, tienen una historia, una filosofía. No todo el mundo cree que las mismas cosas tengan el mismo valor epistemológico.
Si el comunicador se mentaliza en ese sentido, va a requerir una serie de ríos de alimentación, de la historia, de la filosofía.
El científico es un ignorante, y tiene que serlo porque, si supiera todo, no investigaría nada. La pregunta central que uno le puede hacer es: “¿Qué es lo que no sabe y quiere saber en su investigación?”. Lo que el científico no sabe y quiere saber, y no solamente lo que quiere saber y no sabe sino lo que se imagina que pueda llegar a pasar, es una fuente de riqueza. Aunque su programa vaya finalmente al fracaso: el fracaso científico también es útil, porque les ahorra a otros seguir determinado camino.
Y eso me trae nuevamente a la imagen del científico que dan las películas, esa imagen del “científico loco”. Pero es una idea muy anterior. Fíjense: el tipo que inició la ciencia fue Thales de Mileto. ¿Y qué historias se cuentan de Thales de Mileto? Una es que estaba tan distraído que se cayó a un pozo. El científico distraído ya está desde el primer tipo, desde el año 500 antes de Cristo. Ahora, si uno mira el científico distraído de Volver al futuro, por ejemplo, es el distraído, despeinado, pero es el que tiene las soluciones. Es el que sabe cómo resolver los problemas. Tiene esa cosa de mendigo y de Dios.
Sabemos que esas cosas no son así, que el científico, así como el mecánico de automóviles, tiene una capacidad particular para arreglar un coche –yo nunca en la vida se lo llevaría a un filósofo, ni siquiera a un físico–, el científico puede razonar sobre una cierta parte de la realidad, y no sobre toda. No hay científicos y legos, hay legos en distintas cosas.

EN CONCLUSION

Bueno, entonces hablé de la imagen del científico, la falacia de la realidad, la falacia de la precisión, la falacia de la próxima puerta... Hay que explicarle que cuando habla con un periodista, está hablando para el periodista o para quienes van a leer al periodista, no para sus colegas. Sus colegas ya saben. Entonces, así como él simplifica el mundo...
Borges cuenta la historia de un lugar donde la cartografía estaba tan desarrollada, donde el mapa de una provincia ocupaba una ciudad, y el mapa del reino ocupaba una provincia. Y llegó un día en que un rey quiso hacer un mapa absolutamente preciso y pidió un mapa del reino que ocupara todo el reino. Que fuera exactamente igual. Y lo hicieron, claro, pero ese mapa no sirve para nada, un mapa tiene que sintetizar. El científico resume la naturaleza y hace un modelo relativamente simplificado. Entonces, en ese proceso de reducción hay imprecisiones que se cuelan.
Vamos al asunto de los recursos, brevemente: la literatura, la cita, el recurso a la historia, todo eso es válido. Pero no porque es un adorno, es válido porque forma parte del núcleo mismo de lo científico. Un hecho científico se compone de su historia y su filosofía. Cada cosa es también su historia. Porque es interesante ver cómo cada cosa llegó a ser.
Sólo me resta, en realidad, agradecer nuevamente la invitación a hablar, y agradecer que me hayan escuchado.


Ronda de preguntas

–¿Cuál es la filosofía práctica que tiene en general el científico?

–En general, el científico tiene una epistemología realista y no siempre reflexiona sobre lo que está haciendo, en el sentido de que está descubriendo la verdad. Bueno, es tarea del que lo ve que no es tan así. A veces vale la pena hacerlo, a veces se puede, y a veces no. A mí me gusta entrevistar a los científicos en el café, pero no siempre lo consigo. Es un problema ideológico, por eso organizábamos los cafés científicos. Para que tanto el público como los científicos que hablaban estuvieran en un ámbito medio irreal. Y eso desarma, y en el momento en que eso se desarma, empieza lo realmente interesante.

–¿Nota en los científicos más jóvenes algún cambio en esta resistencia cultural a contar?

–La verdad es que un poco sí, pero me parece que todavía las carreras científicas tienen que incorporar Historia de la ciencia y Filosofía de la ciencia como materias de grado, me parece bastante esencial. Tampoco vendría mal una materia de Comunicación, con lo cual estarían dentro de la formación de un científico todas estas cosas. Sí, me parece que se necesita una formación que incorpore este tipo de cosas. La Historia, la Filosofía y la Comunicación de la ciencia.

–¿Qué opinión le merece que la tecnología se haya transformado ya no en un medio sino en un fin en sí mismo?

–Bueno, pero eso es consumismo. Pasa lo mismo con la ropa. Eso es un problema más general. Yo creo en la tecnología y en sus aspectos benéficos. Creo que nos proporciona mucho. Naturalmente siempre hay modas, en ciencia también. Hay temas que se ponen de moda. En general, todo el desarrollo tecnológico último ha sido maravilloso y me parece que democratiza la sociedad y es una lástima que no sea más justo y más igualitario. Porque la cosa igualitaria no depende de la ciencia sino de la manera en que la sociedad tome las riendas de sí misma y distribuya los bienes.

–Usted dijo que el comunicador cuando divulga ciencia, hace ciencia. ¿Podría desarrollarlo un poco más? Porque es un concepto un poco fuerte...

–Justamente, es un concepto bastante fuerte, y es un concepto difícil de aceptar. Pero es un concepto que en el momento que se acepta le da mucho impulso al comunicador. Yo no quiero hablar del sistema científico sino del conglomerado científico. Un sistema científico es un conglomerado de muchísimas cosas articuladas de diversas maneras. Están los científicos y los enunciados y los laboratorios y los no laboratorios y los instrumentos. La gente que construye los instrumentos también está haciendo ciencia. Hay un montón de cosas alrededor. Y una de ellas es la parte de comunicación: es indisoluble de la ciencia tal como se la entiende ahora. Exteriormente es experimentación e inducción, y ninguna de esas cosas se puede hacer sin testigos, y esos testigos tienen que entender lo que están viendo, y para eso hay que comunicarlo. Si el comunicador se considera un científico va a tomar una postura en donde le van a interesar un montón de cosas que antes pensaba que eran externas a su trabajo. Se tiene que colocar como científico frente a lo que está haciendo.

–¿Qué pasa con el comunicador frente a la especialización del conocimiento?

–Bueno, yo no creo mucho en la especialización del conocimiento. La ciencia no es un conjunto de cosas que se saben sobre esto o aquello. Es un lenguaje y hay que aprender a hablarlo. Si uno quiere aprender un lenguaje, aprende el lenguaje y después lo habla. Una vez que uno lo incorporó, después lo organiza. Si uno habla el lenguaje de las ciencias, una especialización es un detalle. Si el comunicador se considera un científico, tiene que aprender el lenguaje de la ciencia. Pero hay que tener conciencia de que es un lenguaje. Es un poco más preciso que el lenguaje natural, pero no es el lenguaje de la verdad. Es un lenguaje que tiene historia, como todo, y que tiene filosofía, como todo.

–¿Implica una madurez de la humanidad que haya gente que se dedique a escribir sobre ciencia?

–Madurez de la humanidad no sé... me parece una suerte que pase eso. Decir madurez de la humanidad es mucho decir en general sobre cualquier cosa.

miércoles, 28 de septiembre de 2011

La ciencia, el periodismo, el arte y la comunicación pública (1era parte)

Charla pronunciada en la “Jornada Regional de Periodismo Científico: Comunicación, Universidades y Ciencia” que se llevó a cabo en Santa Fe, en la Facultad Regional de la UTN


 Ante todo quiero agradecerle a Mariano Bravi y a la gente de la UTN Santa Fe que me haya invitado a dar esta charla. Quizás el título de la charla sea ampuloso, pero tiene sus ventajas, porque me permite hablar de cualquier cosa y siempre va a encajar. Yo quería hablar un poquito de lo que pienso de la divulgación científica. Del porqué, el cómo, de quiénes, de cuándo.
Empezaría diciendo que en realidad la ciencia es comunicación. Y no es que existe la ciencia y después se comunica. La ciencia existe si se comunica, si no, no existe.
Y por una razón muy simple: la ciencia occidental, la que empieza con Copérnico y la revolución científica del siglo XVI, instaura una manera de hacer que es necesariamente pública porque el núcleo explícito de la ciencia es el experimento, y el experimento tiene que ser reproducible. Tiene que ser controlado por alguien. No es admisible una ciencia hermética, porque algo que no se comunicó a alguien de tal manera que la otra persona pudiera comprobarlo, no es un enunciado científico.
Aclaro que estoy simplificando mucho el esquema epistemológico de la ciencia (planteado por Newton en el siglo XVII), e incluso no estoy de todo de acuerdo con él, pero lo tomo como punto de partida para lo que quiero decirles.
Así, y en este marco, un enunciado científico es un enunciado que alguien escucha. Porque si nadie lo escucha es simplemente un pensamiento de la persona a la que se le ocurrió. Puede ser verdadero o falso y no tiene la menor importancia: el valor de verdad –siempre provisorio– de los enunciados científicos se da en esa relación particular de comunicación que es el experimento. No es ninguna casualidad que uno de los grandes héroes de la revolución científica que fue Galileo empezara a escribir en italiano. Y fue, dicho sea de paso, una de las acusaciones que se le hizo: escribir en italiano y no en latín.
Por otro lado, El mensajero de los astros fue, quizás, el primer ejemplo de divulgación científica moderna. Lo hacía el propio Galileo. Si uno lee a Galileo aprende un montón porque cualquiera de los libros de Galileo parecen escritos por un periodista actual.
Lo que hace Galileo es publicitar a la ciencia: la ciencia no es patrimonio de quien la descubre –nos dice– sino que es patrimonio de todos. Pero es patrimonio de todos de manera intrínseca, ya que no hay ciencia sin experimento. Por poner un ejemplo, no hay arqueología sin que otro venga y mire. Si viene alguien y cuenta que desenterró en Salta un palacio con rasgos mesopotámicos de Oriente... bueno, es un lindo cuento, pero si no va alguien a mirar eso, eso no existe. En ese sentido, el museo también es un experimento. El que va al museo ve que esas cosas que los científicos dicen existen y están ahí.

LA CIENCIA ENRIQUECE LA VISION DEL MUNDO

Es falso lo que dice muchas veces el discurso solapado que viene de cierta forma reaccionaria del romanticismo, que la ciencia por su racionalismo impide la emoción; la ciencia es una aventura llena de emociones, pero como en el caso de lo público de la ciencia es una de las condiciones de su existencia, lo creativo también.
¿Por qué? Porque si uno se atiene al método científico moderno, el que Newton recomienda en sus Principia, y que ya cité, la ciencia trabaja mediante experimentos que después se extienden por inducción a leyes generales. La inducción, es decir, a través de varios experimentos poder sacar una ley general, no es una cosa que garantice la verdad. La inducción es una operación filosófica, una operación puramente creativa. Nadie me asegura a mí que yo pueda inducir a partir de un cierto número de casos. Entonces ahí hay un paso creativo, un paso metafísico, un paso filosófico, como quieran llamarlo, que está metido adentro de la ciencia. Es decir que la creatividad es una parte indisoluble de la ciencia de la misma manera que lo es del arte.

EL DERECHO A LA CIENCIA

Se habló aquí de que la Comunicación Pública de la Ciencia (CPC) es una manera de devolver a la sociedad lo que la sociedad financia mediante sus impuestos. Es cierto, desde ya, pero me parece que hay más, que se puede ir un paso más allá.
Porque el quehacer científico no sólo lo hace el científico: el científico utiliza todos los recursos que la cultura pone a su disposición, y todos los recursos que no pone a su disposición. Es decir, el científico trabaja con la cultura de su época. Copérnico trabajaba con las cosas que se sabían, con los prejuicios de la época, con los conocidos y con los prejuicios que no conocía. ¿Qué es la gran cosa que hace Copérnico? Se da cuenta de que la Tierra en el centro del mundo es un prejuicio que él conoce, y entonces lo cambia, intercambia el lugar de la Tierra y el Sol. Pero hay un prejuicio que él tiene y que no sabe que lo tiene, como que las órbitas tienen que ser circulares. Y entonces el sistema no encajaba con los datos e, hiciera lo que hiciese, no podía hacerlos encajar porque estaba metido adentro de un prejuicio que él no conocía. Es decir, Copérnico estaba usando los recursos de la sociedad. La sociedad no solamente paga los impuestos para que después se utilicen en el presupuesto del Conicet. La sociedad formó a ese científico, lo hizo ir al colegio, le financió la universidad: el científico del Conicet es un producto público, es un producto social. (Todos nosotros somos productos sociales, dicho sea de paso, porque estamos aquí entre otras razones porque la medicina avanzó lo suficiente como para que llegáramos a esta edad, y hace sólo 150 años la mitad de nosotros estaríamos muertos, empezando por mí, que ya sería una momia fosilizada.)
Siguiendo con este asunto de la cultura, cuando yo dirigía el Planetario de Buenos Aires, nosotros elaboramos una definición sobre la ciencia y es que la ciencia era un derecho. No era solamente una devolución de impuestos sino que era un derecho que tenía la sociedad, como cuando decimos que la salud es un derecho. A nadie se le ocurre decir que la gente tiene derecho a la salud porque con sus impuestos sostiene los hospitales. La salud es un derecho primario. Poder acceder al arte es un derecho primario. Por eso tiene que haber museos públicos de arte. Poder acceder a la ciencia es un derecho primario, en todas sus formas. Ya sea yendo a un museo de ciencia, yendo a la facultad para ser un científico, o recibiéndolo por los diversos canales que está armando el Conicet o los que busca armar la UTN. Así quedamos en esta segunda definición: la ciencia es un derecho por naturaleza.

*La imagen corresponde a la torre de Pisa desde donde Galileo realizó su experimento de caída libre frente a alumnos y colegas

martes, 13 de septiembre de 2011

Las hormigas



Se acodó en la mesa de La Orquídea, la que está justo al lado de la columna con espejos.
–Eran dos. Fueron las primeras que vi.
Todos lo miramos, expectantes.
–Caminaban tranquilamente sobre mi escritorio. Nunca había visto nada así. De vez en cuando frotaban sus antenas como si estuvieran planificando un paseo.
Hizo una pausa.
–Después, fueron muchas más. Las encontré en la cocina y, más tarde, en todas las habitaciones. Me puse a revisar todos los agujeros de la mampostería, de los zócalos, las bisagras de las puertas para encontrar la boca del hormiguero y librarme de ellas. Registré cada milímetro cuadrado de pared, cada orifico, cada mueble, sin olvidar las rejillas de los baños, el fondo de los armarios o los objetos que descuidadamente habían quedado por años en el mismo lugar. Hice lo que está bien descripto en “La carta robada”, y con el mismo inútil resultado.
Lo miramos con incredulidad.
–Ustedes se preguntarán por qué quería librarme de ellas.
Nadie dijo nada.
–Me complicaban la vida: bastaba con que me levantara por un momento de la mesa, para que se devoraran mi comida; una noche, cuando estaba por acostarme, al entrar al dormitorio las vi arrastrando el colchón hacia no sé dónde. A veces, cambiaban los muebles de lugar, o revolvían mi ropa, o trababan las canillas de tal modo que era imposible abrirlas. He llegado a pasar una semana sin agua.
–Puede ser que ustedes no me crean, todo esto, pero pensé que para combatirlas necesitaba saber algo sobre ellas: eran las llamadas hormigas argentinas, los científicos las conocen como Linepithema humile; con obreras de dos a tres milímetros de longitud y medio miligramo de peso. Son capaces de colonizar con eficiencia casi cualquier ambiente donde haya un poco de humedad y se han convertido en una plaga internacional; se las encuentra en todas partes, y construyen hormigueros gigantes: verdaderas supercolonias o megacolonias. En Europa existen dos de esas agrupaciones, con miles de millones de individuos. Una tiene su epicentro en Cataluña y la otra bordea las costas de Italia, Francia, España y Portugal y constituye la mayor unidad cooperativa de la naturaleza conocida hasta el momento: se extiende por aproximadamente seis mil kilómetros, lo crean ustedes o no.
–Lo creemos –dijo alguien—, está citando un artículo de la revista Ciencia Hoy.
–Lo estoy citando –dijo el hombre– porque cuando lo leí hice una pequeña cuenta: si cada obrera pesa medio miligramo, dos mil pesan un gramo, dos millones un kilo y el peso de miles de millones se mide en toneladas. Si en mi edificio hubieran construido algo remotamente parecido a una megacolonia, tan solo el peso de semejante masa biótica sería capaz de tirarlo abajo.
Nos quedamos impresionados. Ni siquiera al asiduo lector de Ciencia Hoy se le había ocurrido hacer la cuenta.
–Llamé alarmado a la administración del consorcio: casi al instante (es decir, un mes después) mandaron al servicio de desinsectización de urgencia: vinieron tres hombres, enfundados en trajes de astronauta, y amados de brutales tanques de líquido exterminador. ¿Saben? Estas hormigas son difíciles de erradicar: cada hormiguero tiene miles de reinas, y si se acaba con alguna porción de la realeza, siempre queda un remanente aristocrático que, como los nobles emigrados de la Revolución Francesa, no habían olvidado nada y no aprenden nada. Los dejé trabajar, suponiendo que les llevaría bastante tiempo, y me fui al balcón terraza a leer un libro de biología. Una hora más tarde, cuando entré, no había ni rastro de los exterminadores, es decir, rastros sí había: jirones de traje y pedazos de las lancetas homicidas; presumiblemente, las hormigas habían hecho bien su trabajo: adentro de un armario, encontré el fragmento de un pie, que seguramente habían dejado como aviso, o como trofeo, vaya uno a saber.
–Si no puedes vencerlas, únete a ellas, me dijo el psiquiatra; y le hice caso: empecé a observarlas con cuidado y a conocerlas: a saber qué comidas les gustaban; por ejemplo, despreciaban las legumbres, pero adoraban las galletitas Express: bastaba colocar una sobre la mesa para que enseguida aparecieran, descuartizándola (mi esperanza era que, colocando galletitas hábilmente distribuidas, ellas mismas me llevarían hasta su escondrijo remoto, algo así como Hansel y Gretel). El fracaso fue total.
–Y entonces –suspiró el hombre– me vi ante la inevitabilidad de aceptar una hipótesis absurda: las hormigas salían de la nada. Pero veinticinco siglos de honrar a Parménides de Elea han hecho que arraigara muy profundamente en nosotros su principio nihil ex nihilo: nada proviene de la Nada (si bien mi amigo M**, ducho en los juego de palabras, sostiene que los egipcios aparecieron ex Nilo). Como diría Borges –ya empezábamos a hartarnos de sus referencias eruditas– levantar la restricción de Parménides nos ponía directamente en las manos de la multiplicidad y la proliferación de los objetos, conservarla (unido al hecho puramente empírico y casual de encontrar una arrastrándose por mi pelo) me llevaba a un callejón sin salida. Un día de concentración y lectura de los libros de Dioscórides me permitió resolver el misterio: como diría Borges, el razonamiento fue simple; la conclusión, monstruosa. Puesto que no venían de ningún rincón de mi casa, era obvio que salían del único lugar que no había examinado: mi propio cuerpo. Parafraseando a Kant: “El cielo estrellado por encima de mí, y las hormigas dentro de mí”, al fin y al cabo, yo también soy adicto a las galletitas Express. Pero imaginar que todos mis órganos habían sido colonizados por ellas, y que sin saberlo yo mismo había devorado a tres exterminadores de insectos –mediado por las hormigas, claro está, pero aún un acto de antropofagia que anunciaba quién sabe cuantos horrores más– me llevaron a una conclusión ineludible: tenía que terminar con ellas.
Y acto seguido, sacó un frasco. “Este es un potente hormiguicida”, dijo, y lo bebió: en apenas dos o tres segundos apoyó su cabeza sobre la mesa, ya inconsciente.
Nos quedamos paralizados, atónitos; ninguno de nosotros había presenciado nunca nada semejante; ninguno de nosotros hubiera esperado semejante final para esa fábula absurda.
Pero antes de que atináramos a acercarnos y ayudarlo de alguna manera, de su boca, de los orificios de su nariz, de sus ojos, de sus oídos, las uñas de una mano apoyada sobre la mesa, salieron torrentes de hormigas, rojas, robustas, decididas, miles de ellas, los miles de millones que habían colonizado su cuerpo y que ahora, antes de que fuéramos capaces de reaccionar, penetraron en nuestros ojos, en nuestros oídos, en nuestras bocas y empezaron a colonizarnos, sabiendo que dentro de nosotros encontrarían un refugio definitivo.

viernes, 2 de septiembre de 2011

Historia con anestesia

Una noche (seguramente fría) de enero de 1848, en la avenida Broadway de Nueva York, el dentista Horace Wells arrojó un frasco de ácido sulfúrico a la cara de dos mujeres; a una de ellas le produjo quemaduras importantes. Venida que fue la policía, lo arrestó inmediatamente, previo paso por su casa para recoger “efectos personales”. Ese mismo domingo, en su celda, se cortó la arteria femoral con el cuchillo que había logrado traer desde su casa, y que muy extrañamente había pasado por alto la policía (demasiado extrañamente, quizás) y murió desangrado: era el 24 de enero, Horace Wells tenía apenas 33 años y había sido el descubridor de la anestesia.
La historia (inevitablemente contaminada por la leyenda, que a diferencia de aquélla muchas veces cuenta la verdad) es como sigue: había empezado el 10 de diciembre de 1844 en un teatro provincial de Hartford –una pequeña población del estado de Connecticut, EE.UU., donde Wells ejercía con éxito su profesión–, adonde había acudido con su esposa. Aquella noche, se anunciaba una exhibición de los efectos del gas hilarante (óxido nitroso), un compuesto relativamente nuevo, que daba lugar a demostraciones públicas y con mucha asistencia de público. El presentador, Gardner Colton, requirió la ayuda de un voluntario, y el elegido fue el espectador sentado justo al lado de Wells. Al regresar a su asiento, después de haber protagonizado su numerito en el escenario, el intrépido voluntario tropezó, se lastimó y luego contó a su circunstancial vecino de platea que no había sentido ningún dolor. Ni lerdo ni perezoso, Wells se pudo en contacto con Colton y, al día siguiente, organizó en su consultorio una prueba decisiva: se hizo extraer una muela bajo los efectos del óxido nitroso, sin sentir dolor alguno. Y entonces comenzó la era de la anestesia.
La verdad es que Wells ya estaba interesado en buscar (en esos tiempos de gran desarrollo de la química) algún producto que mitigara el dolor espantoso que acompañaba a las operatorias dentales; las virtudes anestésicas del óxido nitroso, incluso, ya habían sido notadas por los grandes científicos Humphry Davy y su discípulo Michael Faraday (sin que se les ocurriera su posible aplicación medicinal), e incluso algunos dentistas habían experimentado con ellas: pero Wells fue más sistemático, y después de repetidas pruebas, pudo organizar una demostración pública en el Hospital General de Massachusetts: sin embargo, algo salió mal; ya sea porque Wells había administrado mal el gas, o porque había utilizado una dosis insuficiente, o quizás por pura mala suerte, el hecho es que el fracaso enterró el asunto. Wells sufrió un colapso nervioso y, aunque siguió administrando el gas hilarante en operaciones médicas, fue su discípulo William Morton quien recogió el desafío y consiguió una demostración pública, extirpando un tumor del cuello de un paciente anestesiado. Fue un éxito colosal. Aunque Morton no usó el gas hilarante sino el éter, por sugerencia del profesor de química Charles Jackson.
La anestesia por medio del éter triunfó inmediatamente y se expandió por todas partes: estaba destinada a protagonizar una verdadera revolución en la medicina (y fue uno de los tres más grandes descubrimientos médicos del siglo XIX, junto con la antisepsia de Lister y la microbiología de Pasteur y Koch).
Mientras el éter triunfaba (y Wells empezaba a practicar con cloroformo, al que, según parece, se hizo adicto), surgió una violenta (y muy común) disputa por la prioridad del descubrimiento y una (muy norteamericana) lucha por la posesión de las patentes entre Wells, Morton y Jackson: finalmente, la Sociedad Médica Norteamericana y luego la Asociación Dental Norteamericana reconocieron la prioridad de Wells (que ya había muerto).
Morton murió en 1868, en un estado de extrema pobreza y de colapso físico y moral.
Jackson murió en 1880, en un manicomio al que había sido confinado.
No es ésta una historia alegre, pero se puede agregar, sí, un detalle risueño: James Young Simpson era jefe de las salas de maternidad de la enfermería de Edimburgo y, apenas se enteró de este asunto del éter, lo introdujo (y después lo cambió por el cloroformo) para aliviar el dolor de las parturientas.
Pero hete aquí que los teólogos escoceses protestaron y lo atacaron. ¿La razón? Que la anestesia era contraria a la voluntad de Dios, que en la Biblia exigía muy claramente el parto con dolor como castigo a Eva por haber mordido la manzana y los etcéteras del caso (aunque no se entiende por qué Dios querría castigar a todas las mujeres por lo que había hecho Eva, que al fin y al cabo no había sido más que el acto inteligente de querer conocer, desobedeciendo el mandato de mantenerse en la ignorancia). Bueno, pero el asunto es que Young no se amilanó, y contraatacó con teología: al fin y al cabo el Génesis daba testimonio de que el propio Jehová había utilizado la anestesia (Cap. II, versículo 21), cuando operó a Adán, a quien, después de dormirlo, le arrancó una costilla sin dolor para formar a Eva (dentro de todo, con Eva Dios fue más progresista que con Adán: la formó a partir de materia orgánica, una costilla humana, y no partiendo de puros minerales, barro amasado).
Young no convenció con este argumento a los teólogos escoceses, que sólo aceptaron la anestesia, finalmente, por razones políticas, cuando en abril de 1853, la reina Victoria utilizó el cloroformo para dar a luz a su séptimo hijo, Leopoldo.

sábado, 20 de agosto de 2011

Cómo se consiguió la ley de gravitación universal

Cuando se estaban fabricando las leyes de la naturaleza, y poco después de haberse aprobado el principio de inercia, los arcángeles, a quienes no se había dado hasta el momento mucha vela en ese entierro (o mejor dicho, en ese nacimiento), propusieron una ley de gravitación, que haría que todas las partículas y los cuerpos que se formaran a partir de ellas se atrajeran entre sí. Hasta el momento, reinaba una superfuerza universal, que reunía cualquier modo de interacción imaginable y dominaba el calor incandescente de esa bola mucho más que ígnea que había surgido del Big Bang.
La iniciativa no cayó muy bien entre los tronos y las dominaciones (dos de las nueve jerarquías celestiales que en el siglo VI describió Dionisio Areopagita: serafines, querubines, tronos, dominaciones, virtudes y potencias, principados, arcángeles y ángeles propiamente dichos, en orden descendente), encargados de la física del universo, pero al final se avinieron a tratarla. Naturalmente, desde el principio hubo acuerdo en que la fuerza de gravedad debía ser proporcional al producto de las masas, pero la discordia estalló al abordarse el problema de la distancia.
Porque si bien era claro que la fuerza debía disminuir con la distancia, había serias discrepancias sobre cómo debía disminuir. Los sectores más conservadores (en especial los tronos) sostenían que la ley debía contemplar la cuarta potencia de la distancia y los sectores más recalcitrantes (que mantenían fluidos contactos con jerarquías más altas, como los querubines y serafines) exigían que la disminución debía establecerse en forma inversamente proporcional a la décima potencia de la distancia.
Esto era una exageración desde cualquier punto de vista, pero la maniobra era clara: si la ley establecía que la fuerza disminuyera en forma inversa a la cuarta, o a la décima potencia, sería casi imperceptible y el universo jamás se organizaría, ya que la gravitación no sería suficiente para contraer las nubes de gas y polvo y encender las estrellas, ni, mucho menos, formar sistemas planetarios: todo quedaría como hasta entonces.
Los sectores progresistas de las dominaciones, en cambio, proponían una ley más simple, con una fuerza de gravedad que disminuyera con la distancia y con la cual pretendían tener firmemente amarrado al universo e incluso, llegado el momento, detener su expansión. Los más extremos del sector (el partido catastrofista, según lo denominaban sus adversarios) proponían una fuerza infinita, con lo cual el universo hubiera instantáneamente dejado de existir. En el tire y afloje, prevaleció la postura de quienes reclamaban una fuerza de gravedad débil.
La primera ley de gravitación duró poco: los sectores combativos consiguieron que fuera tallada en tablas de madera (hubo que inventar la madera para poder hacerlo, y no lo hacían en vano, ya que la madera ardió inmediatamente en medio de ese calor infernal); la ley quedó en la nada; el universo corrió el peligro de sumergirse en el caos; la gravitación volvió a disolverse en una superfuerza inestabilizada, que hizo que el universo se contrajera y repitiera el Big Bang desde el comienzo.
Vista la situación, el partido catastrofista logró imponer, entre gallos y medianoche (y ante el vacío legal), su propuesta de fuerza infinita: inmediatamente el universo se retrajo sobre sí mismo (al atraerse las partículas con fuerza infinita), se redujo a un punto y una millonésima de nanosegundo antes de que colapsara en la Nada y fuera irrecuperable (ya que ninguna de las jerarquías angélicas tenía acceso a la creación ex nihilo, reservada solamente a la más alta autoridad del Empíreo); los serafines detuvieron el proceso y provocaron un nuevo Big Bang. Ayudados, sin duda, por una nueva treta de los sectores progresistas, que si bien aceptaron que la segunda ley se grabara sobre metal, se evaporó inmediatamente en esa atmósfera infernal. La segunda ley de gravitación también había fracasado y un nuevo Big Bang amanecía.
Los tronos estaban furiosos: culpaban al partido progresista por las tretas de la madera y la del metal, pero no tuvieron más remedio que rendirse a la evidencia y aceptaron, aunque con muy mal humor, que la fuerza de gravedad disminuyera linealmente con la distancia, aunque lograron que se grabara en un material de su invención: un metal radiactivo, de muy corta vida media, que se desintegró en un abrir y cerrar de ojos. Pero la nueva ley tampoco funcionó: la fuerza de gravedad, aunque no infinita, era ahora muy intensa, y el universo recién nacido, y todavía muy pequeño, dejó de expandirse. Con esta tercera ley de gravitación el universo no arrancaba.
Resultado: un nuevo Big Bang. Pero ahora, tanto los tronos como las dominaciones, tanto el partido progresista como los conservadores no sabían qué hacer. Estaban hartos de los Big Bangs reiterados, pero no encontraban la fórmula para detener ese ciclo pesado de leyes que no servían y momentos iniciales que se repetían una y otra vez.
Como ocurrió tantas veces, fueron los arcángeles (que al fin y al cabo habían sido los autores de la iniciativa) quienes resolvieron el problema: sugirieron como parámetro el cuadrado de la distancia, aduciendo razones de simetría y de simplicidad. Las facciones enfrentadas de los tronos y dominaciones no tuvieron más remedio que aceptarlo y consiguieron introducir en la ley una constante numérica, que permitiría ajustarla debidamente. Los arcángeles, además, curtidos por las experiencias anteriores, no quisieron que la ley se grabara sobre ningún soporte material, sino que se esculpiera en algo que llamaron pensamiento, y que todavía no existía (y que llegaría a existir eones después).
Y así fue como la gravedad se separó, tal como hoy la conocemos, de la superfuerza (más tarde lo harían la fuerza electromagnética, la nuclear fuerte y la fuerza débil) y se consiguió una ley de gravitación que produjo un universo posible y que estaba profundamente arraigada en el pensamiento, a la espera de que alguien la alcanzara (fue Newton, finalmente).
Todavía no había transcurrido un segundo desde el Big Bang.

viernes, 12 de agosto de 2011

El agua de Thales


Si hubiera que ponerle una fecha al comienzo de la ciencia, arbitraria como todas estas cosas, claro está (la ciencia misma es arbitraria e imperfecta), elegiría el 28 de mayo de 585 a. de C., cuando se produjo un eclipse que Thales de Mileto predijo, probablemente basado en viejos registros babilónicos.
Y sí, es arbitrario, desde ya, pero lo que no es arbitraria es la doctrina de Thales cuando toma la decisión que inaugura el pensamiento científico: todo fenómeno natural debe ser explicado por causas naturales. Y aunque sabemos poco de él, algo sabemos de sus explicaciones (como de las de sus discípulos Anaximandro y Anaxímenes): por ejemplo, a una de las preguntas fundamentales de la ciencia que acababa de inventar, la que indaga el origen de las cosas, Thales responde: el agua. Vieja historia ésta del agua, que remite a los grandes mitos atávicos, babilónicos, y luego judeocristianos. Pero el agua originaria de Thales es agua física, sin ningún componente sobrenatural; no es ya el agua pagana, que participa de lo divino, como todo en el paganismo, sino que es la misma agua que hoy tomamos de la canilla y que, para Thales, rodea a la Tierra que es apenas una isla, apenas un círculo flotando en el océano original; cuyo oleaje produce los terremotos. Explicación infantil, vista desde ahora, pero natural; y lo mismo harán sus discípulos (Anaxímenes el aire como origen, Anaximandro: una sustancia indefinida y sin límites, el ápeiron).
La escuela de Mileto se planta con fiereza ante los fenómenos del mundo: son sus ojos la herramienta y es la observación el motor descomprimido de su acción. Fenómenos, cosas que ocurren, rayos, casas, aire, agua: el mundo de Mileto es un mundo donde están ocurriendo permanentemente cosas, un mundo de fenómenos impersonales y neutros (y no de voluntades divinas) sobre los cuales los filósofos extienden sus garras poderosas y explican, explican, explican: a esto lo causa esto, a aquello lo causa esto otro.
Estricta, dura posición frente al mundo; pero la postura milesia, al mismo tiempo que propone su gloriosa teoría que aparta a los dioses y los deja tranquilos peleándose en ese conventillo que era el Olimpo, deja abierta una fisura opaca y fina por donde se filtra lo antiguo y lo desechado, un problema duro a resolver. Fisura en la piedra impenetrable de la observación y comprensión del confuso y arbitrario mundo.
Hay algo maravilloso en esto: cuando se ofrece una solución (y revolucionaria, como en este caso) queda planteado un nuevo problema que heredará la siguiente generación.
Porque cuando la obtusa y descuidada oscuridad, hija dilecta de la Reina de la Noche cae sobre Grecia, por aquella fisura que escapó (y era intrínseca) a la genialidad milesia, los dioses vuelven a salir del mundo inferior, y a descender del Olimpo para ocuparse del rayo, de la vida y de la muerte, para tomar posesión de la verdad sin resignarse a soltarla, aunque ésta ya les quema entre las manos. Thales lo advirtió, o tal vez alguna divinidad se le apareció en sueños, y en cierto momento proclamó que “todo estaba lleno de dioses”.
Pero cada día, cuando el sol alcanza el cenit y se restablece la cadena causal milesia, el problema se plantea una y otra vez con sus luces y sus sombras: ¿cómo sabemos que las explicaciones milesias son verdaderas?
Estos heroicos pioneros estaban lejos de lo experimental; tenían ojos que observaban la confusa empiria del mundo y construían a partir de lo que veían o de lo que adivinaban.
No es poca hazaña: atar al mundo con cadenas causales durante el día; pero ante el problema que dejan planteado, que es ni más ni menos que el peligroso dilema de la verdad, desde la ciudad de Elea, en el sur de Italia (parte entonces del imperio griego), vendrá una respuesta que sustituye a los ojos como fuente de conocimiento, por ese breve intervalo del cuerpo que se extiende entre las cejas y el pelo: si observar no nos garantiza la verdad, lo que hay que hacer es pensar, una dicotomía que se arrastra hasta hoy y que cobra vuelo apenas uno bebe una taza de café, vuela en un avión o bebe una taza de café en un avión, donde el vino está prohibido. Y para dar el gran salto que dieron los pensadores de Elea, seguramente hizo falta bastante alcohol.
Bastante, porque en efecto, había que cerrar los ojos.
No mirar los fenómenos del mundo.
Olvidarse de ellos.
Parménides de Elea (hay un delicioso librito de César Aira que se llama precisamente así: Parménides) marca el nuevo rumbo del pensamiento: apartarse de los fenómenos que nacen del caos engañoso de los sentidos y buscar una verdad clara y distinta que no venga de la empiria sino de la voluntad de la razón. Algo indubitable que garantice la verdad en medio de la confusión.
(...) Presta atención a mis palabras
Las únicas que se ofrecen al pensamiento de entre los caminos que reviste la búsqueda
Aquella que afirma que el Ser es y el No Ser no es
Significa la vía de la persuasión, puesto que acompaña a la Verdad.
(...)
Parménides. Sobre la Naturaleza.
Parménides nos está diciendo, sencillamente, que la Nada no existe, que sólo existe el Ser, un Ser eterno (no puede haber empezado ni terminar porque eso significaría que antes o después habría Nada, que está inmóvil, porque si se moviera dejaría Nada detrás de él), un ser de entramado metafísico, que nada tiene que ver con los fenómenos de este bajo mundo y que, pues nace de un razonamiento perfecto, no puede sino ser verdadero y encerrar toda la verdad.
¿Y entonces? Y entonces recordemos a los milesios que tuvieron la osadía de zambullirse en los fenómenos y dejemos por el momento a Parménides en la contemplación del Ser, porque allí empieza otra historia.
Pero el agua de Thales sigue vibrando dentro de nosotros, circulando por nuestro cuerpo, corriendo por nuestras venas y dándonos fuerzas para enfrentar cada día.
Y un mundo sin dioses.

sábado, 6 de agosto de 2011

Celulares al vuelo


Quizás muchos recuerden los primeros teléfonos celulares, enormes aparatos que daban símbolo de status, que era imposible no ver, y que habrían sido la gloria y el ejemplo de Thorstein Velen o de Menem. Pero como era previsible, a medida que pasaba el tiempo el tamaño de los celulares empezó a bajar y se empezaron a establecer pautas y competencias de miniaturización.
Fueron primero los celulares medios, y luego los celulares minúsculos, hasta que la ciudad de Miniápolis se proclamó centro del celular miniaturizado y emprendió una carrera alocada para conseguir celulares más y más chicos, en lo cual tenía experiencia, ya que había conseguido maravillas con los bonsai y vacas del tamaño de una uña que, sin embargo, debían moverse constantemente para mantener el calor. Pronto aparecieron celulares que sacaban fotos, celulares con armas acopladas, celulares capaces de mantener una seria conversación con un agente de bolsa y pronosticar el derrumbe de tal o cual acción con la misma falta de seriedad que un economista.
Pero éstos fueron barridos por los nanocelulares –una mil millonésima de metro–; los primeros eran, en muchos casos, defectuosos, y no pocas personas murieron a causa de embolias producidas por los aparatos que, al circular por las venas, se atascaban, pero estos problemas pronto se solucionaron, y cualquiera podía tragar celulares sin inconvenientes; los nanocelulares estaban provistos de lectores ópticos y eran resistentes a los ácidos estomacales, de tal manera que alcanzaba con que el que quería hacer una llamada tragara un papel con el número apropiado para que se comunicara y las charla recorría todo su cuerpo (aunque, es preciso decirlo, sólo afectaba al nervio auditivo).
Tampoco fueron pocas las intoxicaciones con celulares, ya que el número de celulares en el cuerpo podía ascender a miles de millones. El secreto de los nanocelulares es que no necesitaban batería alguna y se alimentaban con el calor del cuerpo, el simple calor animal. Circulaban por la sangre y se agolpaban en los tímpanos.
El próximo paso fue el diseño de celulares con receptores biológicos, capaces de penetrar en las células e incluso –solo un lustro más tarde– acoplarse al ADN de las células germinales, de tal manera que la lista de teléfonos guardados podía pasar de padres a hijos, y no importaba perderla, ya que bastaba con un pequeño análisis genético en cualquier centro especializado para recuperarla. Aunque pronto se vio que el sistema no tendría el éxito que al principio se supuso, ya que los números cambiaban con tanta rapidez que guardar las listas era completamente inútil. También se dieron casos de mutaciones genéticas alarmantes, como el nacimiento de bebés con antenas o que sólo mamaban en respuesta a un password que había cambiado desde el original y que los padres no podían activar, lo cual resultaba todo un incordio.
Pero la fiebre de la miniaturización no se había detenido. Si los nanocelulares tenían el tamaño de una molécula grande, poco tardó en buscarse femto-celulares, que guardaban la información y las funciones en un conjunto de muy pocos átomos; esta vez ya ni siquiera eran visibles con el microscopio electrónico, sino que era necesario, para activarlos, o para cambiar sus funciones, y a veces hasta para llamar, acercarse al ciclotrón más cercano, en torno de los cuales se formaban larguísimas colas, mostrando al público la importancia de la ciencia, pero por otro lado deteniéndola, ya que casi todos los científicos disponibles no hacían más que producir cambios en los celulares mediante choques protón-protón a altísimas energías. Quienes formaban la cola, por su parte, debían comunicarse con celulares anticuados o ensayar las perdidas artes de la conversación.
Es menester aclarar que a esta altura de las circunstancias, algunos filósofos se preguntaron si se podía sostener el concepto de que los celulares eran pequeños (ya que sin un ciclotrón cerca no funcionaban), pero sus palabras fueron desoídas por la mayoría de la población. Por otro lado, argüían los filósofos, ¿qué sentido tenía correr hacia un ciclotrón para comunicarse con X si X tenía que acudir al mismo ciclotrón para recibir la llamada, y A y X terminaban encontrándose en la cola?
Pero ¿quién hace caso de los filósofos? Solo restaba dar un paso, solo quedaba una frontera, y ese paso se dio cuando un grupo de neurobiólogos consiguió descubrir la región del cerebro donde se almacenaban las memorias numéricas, las recetas del habla y de la escucha, y logró, mediante la utilización de virus portadores, introducir los nuevos femto-celulares en las neuronas y conseguir que se pudiera marcar con el pensamiento. Por otro lado, hábiles tecnólogos conectaron a cada persona mediante antenas (o en su defecto cables) con los ciclotrones, de tal manera que la tarea se volviera menos pesada. Las antenas, por su parte, eran tan minúsculas, que podían ocultarse en la parte interior de la nariz o en lo que estaba de moda llevar en las orejas.
Ahora la cosa era sencilla: se compraba por unos pocos centavos un frasco de celulares en aerosol, se inhalaban (los femto-celulares iban directamente al cerebro) y el kit incluía la antena intranasal.
Fue el delirio de la comunicación: bastaba con pensar en alguien para comunicarse con él (siempre que se encontrara cerca de algún ciclotrón), y siempre que esa persona no estuviera pensando en alguna otra. En realidad, era una inmensa orgía de pensamiento colectivo en el que se había conseguido algo que ni la razón ni la guerra, ni la más espantosa de las tiranías había logrado nunca: pensar al unísono, una sola cosa, y para toda la vida.

lunes, 25 de julio de 2011

Los dos juicios de Galileo



El Vaticano anunció una magna exposición de documentos históricos, cuya pieza estrella serán algunos de los documentos relacionados con el proceso a Galileo que en 1633 llevó adelante la Inquisición, o Santo Oficio, que mucho más tarde cambió su nombre por el apenas más decoroso de Congregación para la doctrina de la Fe, que hasta su coronación presidió nada menos que Don Ratzinger. El proceso fue fuente de inspiración de obras de teatro y fuente también de ríos de tinta: durante el papado de Wojtyla (apropiadamente llamado Juan Pablo II), finalmente se reivindicó a Galileo, solamente doscientos y pico de años después, y ahora hasta se publican los documentos de ese grandioso papelón que pasó la Iglesia (y que no terminó en tragedia debido a la razonable actitud de Galileo al retractarse y salvar su cuerpo de la tortura y su vida de la hoguera).
El proceso tuvo dos tiempos, en realidad: el primero en 1616, en el que ofició de Gran Inquisidor el cardenal Bellarmino, y un segundo tiempo en 1633, en el que Galileo fue condenado a prisión de por vida, pronto conmutada por prisión domiciliaria en la Villa de Arcetri, donde estuvo sometido a vigilancia permanente. No demasiado estricta, por otra parte, ya que pudo escribir uno de sus grandes libros y filtrarlo, así como recibir visitas y mantener correspondencia con múltiples científicos europeos.
El primer asalto de 1616 no terminó en nada concreto; Bellarmino no era ningún imbécil y todo terminó en una vaga (según Galileo) y firme (según los inquisidores de 1633) advertencia y prohibición de enseñar el sistema copernicano, salvo como “un recurso matemático”, y sin visa alguna de verosimilitud. El proceso de 1633 ya fue otra cosa: la Iglesia se había pronunciado abiertamente contra la astronomía heliocéntrica y era herejía ya no sólo enseñarla sino creer en ella, y se le exigió a Galileo no sólo arrepentirse de haber creído en ella, sino hacerlo “sinceramente”, para lo cual se le mostraron los aparatos de tortura, y se le explicó para qué servía cada uno de ellos: una siniestra farsa que sólo por un pelo no terminó de la manera más horrible (como había sido el caso de Giordano Bruno) gracias a la lucidez de Galileo. Desde ya, fue una de las tantas y siniestras muestras de intolerancia de la Iglesia Católica, que rechazó y prohibió el sistema que sólo medio siglo más tarde se consagraría de manera irrefutable con la obra de Newton. En verdad, en 1616, la Iglesia estaba fundamentalmente preocupada por controlar cómo se enseñaba la realidad; en 1633, ante los fracasos de la Contrarreforma, ya estaba preocupada por controlar cómo era la realidad.
Pero hay algo más sobre el juicio a Galileo: por un lado está el papelón de condenar la teoría copernicana, una teoría ya adornada por las tres leyes de Kepler y que estaba siendo aceptada en Inglaterra y Holanda, por poner un par de ejemplos, y que en poco tiempo más se vería coronada de manera definitiva por Newton; Galileo tenía razón frente a lo retrógrado de la postura papal. Sí. Pero... ¿y si Galileo hubiera estado equivocado, qué? ¿En ese caso la intolerancia hubiera tenido su costado razonable o disculpable?
Al fin y al cabo, la idea de libertad de pensamiento es relativamente nueva: se remonta no mucho más allá de la Revolución Francesa. ¿Es legítimo condenar un acto de intolerancia del siglo XVII con los parámetros actuales? ¿No es una falacia juzgar hechos pasados con valores presentes? ¿Puede uno horrorizarse ex post de la represión en una época que ni soñaba con la libertad de pensamiento como un derecho? ¿O de la recurrencia a la tortura, cuando ésta era parte legal de los procesos judiciales y faltaba bastante para que se publicara el alegato Dei delitti e delle pene, de Beccaria, que cambió el pensamiento jurídico para siempre?
Yo creo que decididamente sí: es difícil tomar aquellos horrores como simplemente epocales; al fin y al cabo, si se utilizaban eran precisamente porque se los consideraban horrores, inseparables del castigo. Además, no eran para nada universales: Holanda, en gran medida Inglaterra, y hasta la República de Venecia (por no hablar de Toscana, donde Galileo era ampliamente aceptado) tenían hacia el pensamiento actitudes muy distintas (no así hacia la tortura en los procesos judiciales, aunque, vale la pena recordar, el mismo derecho romano prohibía la tortura –a los ciudadanos, claro está; los demás podían ser torturados libremente–). Por otra parte, no está de más recordar que el pensamiento intolerante es bastante más actual de lo que uno desearía.
Así pues, hay dos juicios a Galileo: uno es el científico, en el que la Iglesia hizo más o menos lo mismo que lo que haría (sí que con mucho menos poder) con Darwin apenas dos siglos y monedas más tarde. El otro es la represión a la disidencia y la discordancia: el primero no hace sino volver más nítido y más repudiable y repugnante el segundo. Del primero, el Vaticano se retractó. Del segundo, no.

viernes, 15 de julio de 2011

Ciencia y difusión de la ciencia



Entre los muchos daños que Mauricio Macri le causó a la Ciudad de Buenos Aires, figura haberla privado de albergar Tecnópolis, la nueva “ciudad de la ciencia” que se inaugurará hoy.
Tecnópolis dota a la ciudad, o a sus límites, o al país, de un emprendimiento con alientos de La Villete, o el Smithsonian, y perfectamente de acuerdo con el empuje inédito que la ciencia recibió en estos últimos años: ahora, el Ministerio de Ciencia parece lanzarse abiertamente por las sendas de la difusión científica (un costado del que había estado un poco huero –vaya palabra– hasta ahora), y que prologa, seguramente nuevos capítulos.
Porque, cosa que muchas veces se olvida, la difusión de la ciencia es ciencia en acción, difundir la ciencia es hacer ciencia, o, como me gusta decir, la divulgación es la continuación de la ciencia por otros medios.
Porque la ciencia moderna es intrínsecamente difusión: un resultado, un descubrimiento cualquiera no alcanzan el status de “científico” sin el escrutinio público: no existe la ciencia sin la comunicación, es parte constitutiva de la ciencia el ser pública: no existe el experimento sin constatación externa, un experimento no tiene validez alguna si no puede ser reproducido por otros (la leyenda, falsa con toda probabilidad, de Galileo haciendo una demostración pública de la ley de caída de los cuerpos desde la Torre de Pisa es, en ese sentido, emblemática; y se non è vera è ben trovata).
Porque además, la ciencia es social, ya que se construye con los conocimientos de una época, con las herramientas y los aparatos de la época, y con las líneas de pensamiento de la época, como si hubiera manos invisibles que ayudaran a los científicos a internarse en lo desconocido. Y como es social, es pública, y como es pública y fue construida en gran parte de manera silenciosa por la sociedad, debe volver a ella.
Así, pública y social por naturaleza, la ciencia deviene un derecho: y Tecnópolis no sólo desarrolla una función, sino que cumple con un derecho: devolver y mostrar a la sociedad lo que ella misma ha construido, a sabiendas o no.

martes, 12 de julio de 2011

El último neandertal



Así habló el hombre, atrayendo la atención de todos en el café La Orquídea:
“Lo peor es ese momento confuso en el que la literatura se desvanece en la memoria... El hombre del neanderthal... Sí.... Habitó Europa hasta hace sólo 30 mil años, cuando la glaciación lo extinguió. Puede ser. Incluso, según parece, convivió con el Homo sapiens durante... ustedes discúlpenme, pero estoy reconstruyendo todo de memoria y no puedo dar precisiones: esa mezcla entre la literatura y la memoria es precisamente lo que quería contarles. Recuerdo haber leído que la estrategia de los neandertales era muy rígida: radial, una especie de campamento base con depósito de agua y del cual se partía para buscar comida y al que luego se regresaba. La estrategia nómade del Homo sapiens, que aún tenía resabios africanos... Discúlpenme... –tomó un sorbo de vino– era más flexible; estaba claro, cuando llegaron los hielos, quién habría de sobrevivir...
“Pero no era de esto de lo que quería hablarles. El hombre del neandertal.... En un artículo que edité hace poco se tocaban estos temas, y yo agregué, un tanto pedantemente que Horacio Xiroga (un cuentista argentino del siglo XX) había escrito un relato, El último neandertal; era el siglo XX y Xiroga (¿se escribía así? ¿Era esa la grafía.... todo es irreal, perdónenme) no sabía sobre estas cuestiones lo que sabemos ahora, pero su historia era más o menos así: la de un neandertal, el último de su especie, el único que quedaba después de que su pueblo fuera arrasado por el frío y obligado a escapar a Sur en un intento por sobrevivir...
“Perdón si no recuerdo todos los detalles, pero la próxima escena es cuando, oculto entre unos peñascos, esperando alguna pieza de caza que repusiera sus fuerzas exhaustas, empuñando secretamente una jabalina, oye un ruido, o ve un movimiento, y se pone en tensión, pero en vez de la presa que espera, ve, ve, que irrumpen del fondo de algún paisaje dos o tres grupos de criaturas, bípedas; algo atávico le permite reconocerlos: son hombres, como él, aunque extraños, de una complexión más esbelta y liviana: en todo caso los huesos habían triunfado sobre la carne. Se comprende, venían del sur, donde las temperaturas son más amables y no hacía falta acumular tantas reservas de grasa. El neandertal los observó: acechantes estaban; ellos también conocían el peligro constante (has pasado la trabajosa noche, donde anida el peligro), se detuvieron de pronto –se pasó un pañuelo por la frente–.
“Lo olieron.
“Lo olieron, lo olieron como una amenaza que formaba parte de la amenaza del mundo.... La nieve caía levemente y levemente caía... leve sobre las llanuras del centro de Irlanda... perdónenme, esto pertenece a otro cuento, de un cuentista que no es ese Xiroga, sino de algún otro autor del siglo XX...
Hizo una pausa; miramos el fondo del café: era un paisaje con matices, como cualquier otro...
Pero él ya había retomado...: “busqué el cuento en las obras completas de Xiroga, fatigué libros, revisé la conjunción de un espejo y una biblioteca que permitió a Borges y Bioy encontrar el nombre de Uqbar, pero lo cierto es que el cuento se había desvanecido...
–Como Uqbar –dijo alguien.
“... se había desvanecido en la profundidad de la memoria, se había mezclado incluso con algo anterior, la reserva oscura de recuerdos de la especie que anida en algún lado, aun en estos tiempos de Internet (esa gran maquinaria que sustituye a la memoria... Pero algo siempre queda)... se había transformado en una imagen creada por esos pensamientos confusos y oscuros del Homo sapiens, y no sólo de un improbable Xiroga, un charco oscuro que aún recuerda el fin de los neandertal... el fin del último neandertal... y quiénes fueron, se dirán ustedes, homo sapiens aquí reunidos, fuego, fogón ancestral de la especie apenas transformado...
“Nosotros fuimos –dijo–, nosotros, los homo sapiens que estamos aquí, lo matamos y el hombre del neandertal, el postrero, como el cuento de Xiroga, se desvaneció en la maraña prehistórica, cuando esa jabalina de los hombres del Sur, idéntica a la suya, se clavó en su cuerpo, en su carne definitiva, en su yo naciente elevándose la conciencia por encima de la línea de los arbustos, se clavó levemente y leve se clavó en su cuerpo y su yo naciente, mientras en una ráfaga comprendió que era el último de una especie que ya no existiría nunca, una especie que no tendría una segunda oportunidad sobre la Tierra.

martes, 28 de junio de 2011

América para los americanos



Año 1000. En el verano del año 986, el navegante vikingo Bjarni Herjolfsson, que viajaba de Islandia a Groenlandia, fue envuelto por la niebla y perdió la orientación, hasta que al fin avistó “una tierra llana y cubierta de bosques”: fue la primera mirada que un europeo dirigió al continente americano. Catorce años después, Leif Eriksson, hijo de Eric el Rojo, se embarcó para encontrar la tierra de Bjarni y, tras navegar hacia el oeste, se topó con un paraje atractivo para invernar al que llamó “Vinland” o “tierra del vino” debido a la abundancia de uvas. Ese fue el primer desembarco europeo en América. Poco después, se estableció una colonia, que no prosperó más allá del año 1020, cuando los conflictos con los “skraelings” (nativos, indios o esquimales) y los problemas internos obligaron a levantarla. La colonización quedó en el olvido y no hubo más viajes vikingos a América.
1492. Colón inicia su viaje hacia las Indias, después de haber manipulado los datos hasta llegar a la conclusión de que la distancia entre Europa y Japón era de unos 4500 kilómetros (en realidad es de 19.500). Sólo la suerte evita que se pierda en el mar.
1492. 12 de octubre (por la mañana) Desembarca y toma posesión de todas esas tierras “descubiertas”, donde vivían alrededor de 90 millones de personas que por lo visto no habían descubierto el territorio en el que vivían. América había estado habitada desde hacía por lo menos doce mil años.
1492. 12 de octubre (por la noche)
Colón escribe en su diario que los nativos que lo habían recibido les habían traído toda clase de regalos, eran amables y “buenos para servir”. 1492. 14 de octubre. Colón escribe nuevamente en su diario: “hice tomar siete para les llevar y aprender nuestra lengua y volverlos, salvo que vuestras Majestades dispongan todos llevar a Castilla, o tenerlos en la misma isla cautivos, porque con 50 hombres los tendrá todos sojuzgados y les hará hacer todo lo que quisiese”.
1498. Colón emprende su tercer viaje. Emperrado en que las tierras a las que llegó eran las Indias, sus habitantes serán llamados en consecuencia “indios”, las Leyes de Indias, y así siguiendo.
1502. El humanista florentino Américo Vespucio, navegando las costas americanas (que todavía no se llamaban así) comprende que se trata de un nuevo continente. Naturalmente, no tenía nada de nuevo. Se había formado al mismo tiempo que todos los demás.
1507 Martin Waldseemüller (1470-1518), un clérigo alemán, publica un pequeño volumen geográfico de 103 páginas titulado Cosmographiae Introductio, que además de los principios generales de la geografía ofrece una novedad sensacional: “Ha sido descubierta una cuarta parte del mundo por Américo Vespucio. Puesto que Europa y Asia recibieron nombres de mujeres, no veo ninguna razón para no llamar a esta parte del mundo la tierra de Américo o América, por su descubridor, un hombre de gran talento”. El libro se hizo muy popular y el nuevo nombre América prendió. Cuando Waldseemüller se enteró de que Vespucio no había sido el verdadero “descubridor”, ya era tarde.
1550. En julio el emperador Carlos V convoca a una reunión de teólogos y consejeros para decidir sobre la condición humana de los indios. El primer día el doctor Juan Ginés de Sepúlveda, erudito humanista que sostenía que era justo luchar contra los indios y esclavizarlos, resume su posición: “Del mismo modo que los niños son inferiores a los adultos, las mujeres a los hombres y los monos a los seres humanos, los indios son naturalmente inferiores a los españoles (...) ¿Cómo podemos dudar de que esas gentestan bárbaras, contaminadas con tantas impiedades y obscenidades, han sido justamente conquistadas por un rey excelente, piadoso y justísimo?”. Le contesta Bartolomé de Las Casas. El consejo no llega a ninguna conclusión. 1566. Muere Bartolomé de Las Casas a los 92 años de edad, y deja instrucciones de que su Historia Completa de Indias no se publique hasta pasados 40 años de su muerte, “para que si Dios decide destruir España, se sepa que es a causa de la destrucción que hemos llevado a cabo en las Indias y su justa razón para hacerlo se manifieste claramente”.
1642. Se calcula que en los primeros 150 años de colonia, de los 70 millones de habitantes que tenía el continente, la población se había reducido a la décima parte; espada, viruela, sífilis, trabajos forzosos y hogueras. Esto significa quinientos mil muertos por año, mil muertos por día durante 150 años. En esos 150 años se enviaron a España, según las cifras oficiales, 185 mil kilos de oro y 17 millones de kilos de plata pura.
2003. La verdad es que todo en relación al continente americano está rodeado por la confusión: fueron los vikingos y no Colón los primeros europeos en llegar a estas costas. Colón llegó, pero nunca comprendió que había llegado. Los nativos fueron llamados indios por la India. Por error, el nuevo continente lleva el nombre de Américo Vespucio, que no lo “descubrió”. Pero el nuevo continente no era nuevo sino para quienes no vivían en él, y en consecuencia no podía ser “descubierto” por nadie. La gesta civilizadora y “evangelizadora” no fue más que una conquista sangrienta, un genocidio, e implicó la esclavización en masa. Y como si fuera poco, a esta confusión de nombres y de calificativos los habitantes del país dominante del continente (y ahora del mundo), se apropiaron del gentilicio, llamándose (y siendo llamados) “americanos”, con lo cual privaron de ese derecho a todos los demás.