jueves, 8 de octubre de 2009

Consolacion por el futbol

Boecio (480-525) fue uno de los intelectuales más notables de su tiempo: fijó buena parte del pensamiento medieval temprano (entre otras cosas, inventó el trivium y el cuadrivium, base de la educación en la Edad Media). Cónsul romano, traductor de Platón y de Aristóteles, cuya lógica estudió y describió, fue consejero político del rey ostrogodo Teodorico. Sin embargo cayó en desgracia, Teodorico lo arrojó en la cárcel, donde fue torturado, y pasó un año hasta ser ejecutado. Durante ese año, y en la propia cárcel, escribió La consolación por la filosofía, en una línea principalmente estoica: consiste en un diálogo entre la Filosofía y él, en el que la primera lo consuela de sus desventuras demostrándole que aun en la cárcel se puede ser feliz, ya que la felicidad es un estado interior independiente de las circunstancias. Pero ese día era imposible leer: el café La Orquídea estaba de bote en bote: transmitían un partido de no sé quién contra no sé quién y la platea estaba excitadísima; los gritos atravesaban el café y hacían imposible concentrarse en Boecio. Después de un rato, no pude más, me levanté, me acerqué a un tipo, habitué del café (le faltaban las dos piernas, pero lucía un par de prótesis espectacularmente neorrealistas), que vociferaba instrucciones a los jugadores: “¿Pero qué hacés, inútil, qué hacés?”, y traté de explicarle. “El no lo escucha”, le dije con amabilidad: el televisor es sólo un aparato y no más que eso, los jugadores no están allí, son apenas haces de fotones que parten de la pantalla, y que alcanzan su retina, donde se transforman en impulsos nerviosos”; pero el hombre no se dejó convencer por las verdades de la ciencia positiva; agarró su jarra de cerveza y me la arrojó, manchando la Consolación... de Boecio, que imprudentemente había conservado en mi mano.
Volví a mi lugar, pero al rato la barahúnda era otra vez tan infernal que me creí obligado a intervenir nuevamente: después de comprobar que no estaba tomando cerveza, me acerqué a una gorda, y empecé con la letanía de los fotones y los impulsos nerviosos, mientras un jugador, que tras haber recibido el pase de un corner tenía el camino abierto hacia el arco miraba alrededor, sin decidirse, como un Hamlet de la pelota: “Pateá, degenerado”, aulló la gorda, y yo: “No le hable, no la escucha, escuche lo que dice Boecio: ¿Por qué buscas la felicidad fuera de ti? La felicidad es un estado interior”. Diez brazos me agarraron y me arrojaron a la calle, con Consolación y todo, mientras las bocas volvían a gritar: “Animal, pateá, ¿qué estás haciendo” y entonces, desde el suelo y a través de la ventana, vi que... que... el jugador pateó... y...
¡¡¡¡GOL!!!! se escuchó el aullido de la horda primitiva, el grito de los homínidos que se ponían de acuerdo para la caza del mamut, de los Pitecantropus que avisaban de la presencia de un tigre dientes de sable..., del homo afariensis cuando se disponía a destruir para siempre a una tribu enemiga... (o que eventualmente le hacía un gol). La gorda gritó con tal fuerza que no sólo me rompió los tímpanos sino que bajó cinco kilos, el fulano de las prótesis y la cerveza revoleó las susodichas, y el aullido inmenso se replicaba con cada repetición..., sin que a nadie le importara la flecha de la termodinámica, ni la imposibilidad de retroceder en el tiempo..., en verdad se mecían entre el pasado inmediato y el presente en un vaivén entre el pasado y el futuro que hubiera espantado al propio Boltzmann...
Y yo me quedé atónito.
No me sentía muy infeliz tirado en la vereda (al fin y al cabo, la felicidad es sólo un estado interior, Boecio dixit). Pero no podía creer lo que había visto, ni la manera en que la tecnología, rayos catódicos y fotones incluidos se habían adaptado a las pautas culturales. Había aprendido algo.
Entré en mi edificio, y al mismo tiempo que apretaba el botón, le dije al ascensor: vení, por favor. Y el ascensor vino.
Cuando llegué a la puerta de mi casa, y al mismo tiempo que hacía girar la llave en la cerradura, le dije a la puerta: “Abrite”. Y la puerta se abrió.
Después le expliqué al lavarropas: aunque la fuerza centrífuga en realidad no existe, hazlo, mientras apretaba la perilla de centrifugado. Y a las luces, préndanse, y se prendieron..., poco a poco y ante mis amables palabras, Consolación por la filosofía en la mano, la casa entraba en funcionamiento y me mostraba un mundo más rico, infinitamente más rico, en el que los aparatos se habían vuelto sensibles a la maravilla del lenguaje y se incorporaban a los grandes relatos posmodernos.
“Encendete”, le dije sonriendo a la computadora. Pero esta vez, nada: arrancaba y aparecía un cartel “error fatal”. Prendí, apagué, intensifiqué mis súplicas, rogué, pero ella, impertérrita. “¿Y qué me importa?”, dije, “la felicidad no está fuera de mí, la felicidad, como dice Boecio, está dentro de mí, con computadora o sin ella. Por eso Boecio pudo encontrar la paz y la esquiva felicidad dentro de la celda, mientras esperaba a ser ejecutado, y nos legó su Consolación, pura teoría estoica tardía”; al fin y al cabo es sólo un aparato; “encendete, encendete”, empecé a subir la voz.
Caía la luz y la noche se apoderaba de la ciudad con precisión, la noche espesa y abigarrada, cuando todas las puertas están cerradas y vagan los fantasmas de la canción: hasta el horizonte (vivo en un piso trece), se veían los cuadraditos de las ventanas iluminadas por los televisores que transmitían partidos de fútbol que eran jugados a lo ancho y a lo largo del mundo, la noche inclemente, en la que yo, sólo yo, estaba desconectado del mundo, solo con Boecio...
“ENCENDETE”, aullé y finalmente (era el intento número 423.815)... la computadora fue sensible a mis palabras y la maravilla de Bill Gates (nuestro carcelero) se encendió correctamente. Tiré el libro de Boecio a la basura, llamé a Google (por favor, Google...) y gozosa y felizmente me puse a navegar.