viernes, 8 de junio de 2012

El universo clásico: la hazaña de Newton



                                                        Por más que se
                                                 perfeccionen nuestros
                                                  telescopios, siempre
                                                    descubrirán nuevas
                                                  regiones sometidas a
                                                  las leyes de Newton.

                                                        Henri Poincaré


Hace trescientos años, en 1687, al publicarse los Principios Matemáticos de la Filosofía Natural, Isaac Newton, las esferas celestes desaparecieron para siempre de la astronomía. En realidad, hacía rato que estaban bastante maltrechas: desde los tiempos de Copérnico habían recibido golpe tras golpe y las roturas no habían hecho sino ensancharse. La nueva física inaugurada por Galileo, o las leyes astronómicas descubiertas por Kepler las fueron destruyendo pedazo a pedazo, pero los molestos fragmentos flotaban todavía en un universo dudoso que no era ya lo que había sido y no era aún lo que había de ser. Fue Newton quien limpió el espacio de escombros tolemaicos y fabricó un escenario nuevo para que el universo creciera: allí donde Copérnico no había avanzado, allí donde Kepler había vacilado, allí donde Galileo no se había metido. Newton irrumpió como un huracán disipando la sutil materia teológica que llenaba hasta entonces todo y estableciendo un espacio vacío e infinito, euclidiano y profano, donde los astros se movían sobre las delgadas líneas de la geometría pura, sostenidos por el trípode del principio de inercia, la ley de gravitación universal y el rigor del método matemático.
Ya no se trata de ubicar al Sol, en vez de a la Tierra, en el centro del mundo. El mismo concepto de centro del mundo queda destruido en un universo donde todos los puntos son iguales; ya no se trata de institucionalizar las elipses de Kepler como órbitas planetarias, sino de establecer la forma en que se mueven todos los cuerpos. Newton unifica de golpe el universo bajo un puñado de principios físicos que no rigen solamente para el sistema solar, sino para cualquier región del universo, descubierta o no, y para cualquier época del pasado o del futuro. La arquitectura de Newton sigue las pautas de lo clásico: sencillas líneas de construcción, universalidad de los principios, racionalidad de los medios, eternidad de los fines. El universo de Newton, más que un mecanismo, es un teorema, y aunque en él todo se mueve, sugiere el reposo y la inmortalidad: cada parte funciona armoniosamente según las mismas leyes que gobiernan al conjunto, pero sin subordinarse ni depender de él. Es un universo optimista, permeable a la razón, totalmente cognoscible, hasta el punto de sugerir que en él ya no es posible el descubrimiento, sino la confirmación, una y otra vez, de las predicciones newtonianas. Cuentan que cuando Laplace entregó a Napoleón un volumen de su monumental Mecánica celeste, ante el reproche de que no se mencionara en él al Supremo Hacedor, contestó: "No he tenido necesidad de esa hipótesis".
Verdadera o no, la frase refleja el optimismo racionalista que subyace en el trasfondo del universo clásico y la atmósfera intelectual del Iluminismo: si uno conociera las propiedades físicas de todas las partículas del universo en un momento cualquiera, podría predecir todo el futuro con la misma indiferencia con que podría calcular todo el pasado. De alguna manera, todo estaba dicho.
 La arquitectura de Newton sigue las pautas de lo clásico: sencillas líneas de construcción, universalidad de los principios, racionalidad de los medios, eternidad de los fines.
Ninguna mitología, ninguna religión, ninguna ciencia balbuceante había jamás emulado a Newton. Nunca antes había habido un universo así --y probablemente nunca volverá a haberlo--. Fue ese universo el mejor marco imaginable para el espectacular desarrollo de la ciencia moderna: un universo abierto, geométrico, racional, eterno e infinito, donde cualquier viajero podía navegar sin miedo, al encontrar siempre --y eternamente-- astros y regiones sometidos a las mismas leyes.
Infinito. Como todo clásico, el universo newtoniano no le tenía miedo al infinito...y, sin embargo, en el infinito residía su gran debilidad. Porque no sólo se extendía ilimitadamente en el espacio y en el tiempo, sino que la fuerza de gravitación, esa argamasa fundamental, se propagaba instantáneamente --es decir con velocidad infinita-- entre todos los puntos del espacio. Después de 1905 y de la Teoría Especial de la Relatividad, esa velocidad infinita se hizo intolerable, se produjo el derrumbe parcial de la prodigiosa construcción newtoniana y hubo que emprender la tarea de edificar de nuevo. Detrás del infinito del universo clásico esperaba su turno, paciente --y también deslumbrante-- el barroco.