martes, 7 de agosto de 2012

LA EDAD DE LA TIERRA



Hoy en día sabemos que la Tierra es muy antigua, pero por cierto que no siempre fue así. Hasta hace relativamente poco, se consideraba que nuestro planeta había empezado prácticamente ayer.

Durante la Edad Media y buena parte de la Edad Moderna, la edad de nuestro planeta (y del universo) se calculaba siguiendo la interpretación literal de la Biblia, y oscilaba, según el teólogo o el científico de que se tratara, entre los cuatro mil y los seis mil años. En 1650, el arzobispo James Usher del Trinity College de Dublín concluyó que la Tierra (y el universo) habían empezado a las seis de la tarde del sábado 22 de octubre del año 4004 a. de C. y su contemporáneo John Lightfoot, de la Universidad de Cambridge discrepó sutilmente, proponiendo el año 3928 a. de C. El mismísimo Newton dedicó buena parte de su tiempo a calcular la fecha exacta de la Creación, que situaba alrededor de aquellas fechas.

Este tipo de especulaciones no sobrevivieron a la Ilustración: en el siglo XVIII, cobró fuerza la idea de que la Tierra se había formado a partir de una nebulosa primaria, y que primero había sido una bola incandescente de rocas fundidas que se había ido enfriando de a poco. Partiendo de estos supuestos, el gran naturalista francés Buffon (1707-1788) calculó cuánto tiempo podría haber tardado una esfera de semejante tamaño en enfriarse hasta alcanzar su temperatura actual: la cuenta le dio 74.832 años. En 1778, la cifra causo sensación: parecía inconcebible semejante antigüedad. La Encyclopedia of Spurious Science en su edición de 1780, calificó a la propuesta de Buffon como "aberrante y siniestra", sugiriendo que el apellido de su autor se cambiara como correspondía "de Buffon a bufón".

Fue suficiente. Para los científicos, se trataba de un indicio seguro de que Buffon iba bien encaminado. Sin embargo, la cifra que tan extraordinariamente grande pareció en su momento, a los geólogos de una y dos generaciones posteriores, ya en el siglo siguiente, les resultó exigua: en 1830 en la monumental "Geología" de Lyell se postulaba que los procesos de sedimentación y erosión que se observaban hoy en día eran extremadamente lentos y que así habían sido a lo largo de toda la historia del planeta: los setenta y cinco mil años de Buffon resultaban una miseria: el geólogo John Philips, de la Universidad de Oxford, basándose en el estudio de los estratos rocosos, que se empezaban a describir, estimó la edad de la corteza terrestre en nada menos que noventa y seis millones de años.

Eran los tiempos de la teoría de la evolución, y era obvio que los procesos de transformación de las especies requerían grandes períodos de tiempo. En 1863 el gran físico escocés William Thompson, conocido como Lord Kelvin, siguiendo el hilo de la Tierra como una bola incandescente que se enfriaba de a poco, y afinando los cálculos, llegó a una conclusión similar a la de Philips, y hacia 1863 hizo una estimación de noventa y ocho millones de años. Con reservas: Kelvin admitía que el cálculo era sólo aproximado. Y establecía como edad mínima para la Tierra veinte millones de años. Y como edad máxima, nada menos que doscientos millones!
¿Era mucho? ¿Era poco? Cómo podía saberse? Hacia fines de siglo, el inglés John Joly trató de evaluar la edad de los océanos mediante su contenido en sodio y llegó a una cifra similar a la de Philips y Kelvin: entre noventa y noventa y nueve millones de años.

Las cosas habrían quedado así, probablemente, si la Encyclopedia of Spurious Science no hubiera vuelto a la carga, según su inveterada costumbre. En 1900 pronosticaba que: "los nuevos métodos radiactivos mostrarán la falacia de las cifras aportadas por Kelvin, y la exacta verdad de las calculadas por James Usher. Es imposible que la edad de la Tierra supere los seis mil años".

Nuevamente, el indicio era claro, y los geólogos se lanzaron a datar los estratos rocosos de la tierra por medio de métodos radioactivos. Comparando la cantidad de minerales radioactivos contenidos en ciertas rocas con la cantidad de desechos radioactivos que había en las mismas (es decir, la cantidad de material radioactivo que no se había desintegrado con la que sí se había desintegrado), el geólogo inglés Arthur Holmes hizo una estimación de mil seiscientos millones años de edad. La Encyclopedia, muy en sus trece, lo calificó de "tramposo".

Y sin embargo, todavía era poco. El mismo Holmes, más tarde, mejoró las técnicas de datación, y elevó la edad de la Tierra a cuatro mil quinientos millones de años, cifra que se acepta actualmente, y que los anónimos autores de la Encyclopedia no se atrevieron, aún en 1991, a comentar.