viernes, 4 de octubre de 2013

La edad de la razón


A partir de Newton, la mecánica (y la física) se convierten en un corpus de conocimiento de éxito sin precedentes y formulan un modelo de ciencia que todo el resto de las ciencias tratará de imitar. Describen y predicen el movimiento de los astros, explican y sugieren el funcionamiento de nuevas máquinas, inducen la sensación general de que el universo ha sido, al fin, comprendido.
Ciencia sin duda experimental, pero de ninguna manera empírica, la mecánica clásica razona sobre los moldes de la matemática, axiomatiza, deduce, enuncia teoremas que demuestran que las cosas deben ocurrir así o asá, establece principios generales y leyes universales, propone experimentos puramente mentales para confirmar o graficar sus aserciones.
Es una disciplina totalmente racional, que cree firmemente que la verdad se corrobora con datos observacionales, por cierto, pero se encuentra y se explica en el terreno fértil del análisis matemático que el mismo Newton (junto con Leibniz) ha inventado, en el álgebra, en la geometría. El universo es racional, y el razonamiento la herramienta para descubrirlo (y dominarlo). Es la edad del Iluminismo.

¿Y el movimiento? Relativo, por supuesto: es sólo un asunto geométrico entre los sistemas de referencia, es algo que no le atañe al móvil, sino a los que quieren verlo moverse y miden su posición según el sistema de coordenadas que se les dé la gana. Es un problema privado entre el objeto que se mueve y el observador.
Y bien. El principio de inercia transformó al reposo absoluto (y por lo tanto al movimiento absoluto) en una mera ilusión que depende de los sistemas de coordenadas que se usen como referencia.
Sin embargo, la idea de algo absoluto, subrepticiamente -o explícitamente, si se quiere- persistía. El marco de las estrellas más lejanas se consideró en un principio como un "sistema de referencia absoluto". Y luego, cuando la astronomía amplió sus horizontes, el espacio mismo, geométrico y extendiéndose hacia el infinito en todas direcciones, era el marco absoluto donde ocurría todo lo que ocurría. A su manera, la fuerza de gravitación, que atraía a los cuerpos hacia los cuerpos con movimiento uniformemente acelerado, esa fuerza que llenaba el universo, que actuaba a distancia, y que perturbaba y regía el movimiento de todos los cuerpos, gozaba de cierto stattis especial, merecido sin duda, pero especial- con ciertos aires de absolutismo. No era como para preocuparse mucho, en realidad, ya que si bien la física estudia el comportamiento de los cuerpos, los principios, las leyes y los enunciados con que los describe son caracteres matemáticos, abstracciones que sólo ocurren limpiamente en el espacio mental. Sin embargo, cierto absoluto mezclado con la teoría del movimiento, quedaba. Sin molestar, esta vez, pero allí estaba. Sólo en el siglo pasado se convirtió en una piedra en el camino.

Incidentalmente, vale la pena contar que en 1676, antes aun de que Newton publicara sus Principios el astrónomo danés Olaus Roemer notó que los eclipses de los satélites de Júpiter se producían unos minutos más tarde de lo que indicaban las tablas astronómicas. Dedujo que el retraso se debía al tiempo que la luz tardaba en atravesar la órbita de la Tierra cuando ésta se hallaba más alejada de Júpiter, y a partir de esta suposición (totalmente correcta) calculó por primera vez en la historia la velocidad de la luz, proponiendo que era de 227 000 kilómetros por segundo. El hallazgo no tuvo resonancia, ni produjo demasiado impacto en su momento. La cifra, aunque inexacta, representaba una buena estimación. Roemer no sabía -y no podía saber- que había incursionado en el camino de una de las constantes fundamentales del universo, la cual, llegado el momento, intervendría decididamente en los problemas que la teoría del movimiento (y en especial las del absoluto residual clásico) plantearía trescientos años más tarde.