lunes, 8 de febrero de 2010

Los Planetas

--Podemos asumir – explicó el guía-- que cuando Despont pinta sus planetas, visiones sensuales de órbitas que giran en un espacio supuestamente extraterrestre, más que una interpretación científico artística del cosmos, se embarca en una búsqueda metafísica del sentido de su propia existencia.
-¡Un planeta! –se asombró la señora-- ¡Me encantan los planetas! Pero me gustan mucho más los gatos.


Era fatal que ocurriera, y está ocurriendo: los lenguajes científicos y artísticos vuelven a confluir después de un largo divorcio. Los pintores del Renacimiento trabajaban con la geometría en la cabeza; la presencia –omnipresencia, mejor— en el mundo de hoy de los productos directos de la industria científica y el desarrollo tecnológico masivo, desde los televisores de pantalla plana hasta los chanchitos transgénicos, sin olvidar las bombas atómicas, los antibióticos, los hornos a microondas, la teoría del Big Bang, y la PC en cada mesa, y ese asunto proteico, aceitoso, maravilloso, llamado Internet –construyen una cosmovisión laica que permea la sociedad occidental (aunque, no lo olvidemos, los fundamentalistas de ultraderecha iraníes, después de cada uno de sus cuatro rezos diarios se van a enriquecer uranio).

 El fenómeno es muy palpable en la literatura: el discurso científico, en la primera mitad del siglo XX y más, se atrincheró en el género (la ciencia ficción) a donde lo había desterrado la novela burguesa que se ocupaba de descifrar los nuevos secretos de una clase social que necesitaba una identidad, la novela de gran reconstrucción política e histórica, la literatura de denuncia o el malhadado realismo socialista. Pero tarde o temprano el cerebro cartesiano desbordó (el pensamiento, o el inconsciente, se movieron más rápido que la literatura) y fluyó en una especie de líquida argamasa discursivo que tal vez en cierto momento se agotó –o por lo menos agotó su potencia transformadora; ¿es posible hoy una literatura puramente discursiva?--. Al empezar la lenta decadencia del psicoanálisis, el lugar de estrella en ascenso es ocupado por la neurología; todo un síntoma sobre quién manda en estos tiempos.

También la ciencia ficción decayó o se agotó y sus  tópicos fueron tomados por la novela: pensemos en Houllebecq y la genética, en Martin Amis y la cosmología, en Lodge y la psicología experimental, en McEwan y la neurocirugía (mientras que la novela de aventuras, el viejo y aburrido relato de caballería se refugió en el ¿género? best seller, o más apropiadamente roman de gare). El teatro no es insensible; basta recordar el éxito de Copenhague que retoma el viejo tema de Los físicos de Dürrenmat.

Al fin y al cabo, el sujeto posmoderno (tan orgulloso de llamarse sujeto, por otra parte) no es un sujeto pensante cartesiano, sino una especie de pelota de tenis, o de bola de billar que rueda sin sentido por el mundo absurdo que construyeron Sartre, Beckett o Camus (mucho más que Ionesco, desde ya), pero que no se queda fijo, angustiado, contemplando o analizando,  sino eligiendo modas, drogas, programas, series televisivas, góndolas de supermercado, productos ya dados de un mundo ya dado y que oculta los procesos de producción concretos  detrás de la pasividad, de los  flujos financieros o de las megacompañías de servicios (también puede vivir en la indigencia del capitalismo exasperado, pero en ese caso las relaciones entre el arte y la ciencia lo traerán sin cuidado).

Quizás muchas palabras para decir que ese sujeto móvil posmoderno necesita él también (lo reconozca o no) un sistema de creencias que ya no puede ser la religión, la utopía futura o la revolución social. Y aquí aparece la ciencia, que funciona (por lo menos la ciencia actual)  como un folletín que se puede leer por entregas en Nature o en Science o en infinitos papers que se continúan unos a otros y avanza con ritmo de telenovela, siempre a un paso de la consumación y el fiasco, con la enorme ventaja de ser, o parecer verdadero. ¿Cómo no aceptar el envite?

La pintura empezó antes, al romper los moldes de lo figurativo –no hace falta explayarse mucho sobre la presencia del psicoanálisis, la relatividad, el maquinismo o la tecnología en los diferentes ismos--; es imposible no reconocer la mano invisible de la ciencia de la primera mitad del siglo pasado –que también rompía moldes— dando su empujoncito. El espacio-ilusión de Velásquez se transformó en el espacio físico de la instalación, y la luz de Rembrandt en la más palpable iluminación. Y aparecieron el arte conceptual (síntesis perfectamente racional) y hasta el arte transgénico.

Y es que se trata de un movimiento secular, de larga duración en el sentido del siempre vigente Braudel: presenciamos la culminación del esfuerzo de laicización que inició el buen Copérnico –canónigo y hombre de Iglesia él, que seguramente no imaginaba el lío que estaba armando--  y que continuó y consolidó la revolución científica del siglo XVII.

Así, los themata científicos vuelven a estar a la orden del día y el Big Bang, la historia y evolución del homo sapiens, la carrera espacial primero y los minúsculos acertijos del ADN después se constituyen en epopeya: el paisaje romántico que develaba, se puebla de átomos y genes, de galaxias y agujeros negros. Y planetas, claro está, sobrevolados por sondas de factura demasiado humana que descienden en Marte, Venus, que se acercan a Saturno, y exploran Titán. Lo incognoscible se transforma en lo desconocido y la frontera interior en una frontera en segura expansión (la manipulación genética, la incógnita nuclear, los primeros instantes del universo, la energía oscura, el gran icono, Internet). Y de paso, también se unifica el espacio mental: la especialización se  globaliza con el rótulo de interdisciplina

El planeta como tema pictórico, así, no es un acontecimiento inesperado. ¿Cómo no van a confluir los esfuerzos del arte y la ciencia? En la cúspide de los logros del racionalismo, jaqueada (la cúspide) por fundamentalismos varios, y la siempre eficaz y estúpida insensatez, en la proliferación de los discursos, en la invasión de datos, en la variedad de lociones capilares, en el mar de la incertidumbre metafísica… ahora, si no es la ciencia… ¿quién podrá defendernos?

2 comentarios:

Carlos dijo...

Interesante, complejo y hasta polémico ensayo sobre el posmodernismo. Siguiendo la síntesis de Feinmann: se acabaron los grandes relatos. Quedan los pequeños o los nulos, que nos provocan desazón y desesperanza.

Daniel Rico dijo...

me gusto mucho, aunque me costo seguirlo.

Exelente tu sitio, saludos!