viernes, 18 de marzo de 2011

La Dama de la Torre: capítulo 44

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CAPITULO 44

De un disparo, el Jefe de Policía hizo saltar la cerradura que clausuraba el portón: las puertas se abrieron a causa del impacto, y las astillas volaron por todas partes. Nos envolvió un súbito chaparrón de madera. Volvimos a entrar a la Sociedad de los Lógicos que, no obstante el tiempo transcurrido, nos pareció más sombría.

Caminábamos como penitentes que llegan al fin al último reducto, donde ha de celebrarse la ceremonia final: abría la marcha el Comisario Inspector,después el Jefe de Policía, revólver en mano y luego yo. La lógica joven guardaba una prudente distancia con el Jefe de Policía.

Encendimos la luz, pero los objetos apenas se iluminaron. Sobre el escritorio de madera, el teléfono negro, opacamente brillaba, solitario, como un monumento a la comunicación en un mundo muerto. La cartelera que fijada a la pared auguraba seminarios, cursos y conferencias sin fin, se había desprendido de su soporte de corcho. Dos de las chinches que la sostenían, brillaron fugazmente en el suelo. Reinaba el silencio deliberado de las fosas marítimas, de los abismos oceánicos, que peces luminosos recorren en medio de la oscuridad más completa. Nuestros pasos y la luz de las lámparas transformaban la fresca y difusa negrura en una penumbra compacta, oleosa. Los angelitos del vitral, agitaban sus manitas minúsculas y movían los flecos dorados de sus túnicas, deslizando duras e imaginarias advertencias:" Qué buscan aquí?" , parecían preguntar. De una de las aulas, cubiertas ya por una fina capa de polvo, voló un murciélago hacia las profundidades del caserón. Las sillas, donde se habían sentado los lógicos, se arracimaban en desorden, en cualquier parte. No se había conservado ni la sombra de la docencia, que parecía haberse escurrido para siempre a través del filtro experimental del Jefe de Policía.

Recorrimos el patio: el tragaluz seguía abriéndose, inútil, hacia la noche de extramuros. El fresco que tanto nos llamara la atención en nuestra primera visita, exhalaba quietud y alarma, parecía sostenido por la silueta lineal de la Torre, que con sus doce pisos de altura, se elevaba en medio del páramo, casi como una amenaza. Las aulas, que antes comunicaban todas entre si, se habían desorganizado y tendían firmemente hacia el laberinto y el círculo. Todas las cosas habían sido de alguna manera abiertas y cada objeto establecía canales de comunicación con el mundo externo. SOLOG se había vuelto exterior, como si el espacio interno se hubiera evaporado de repente y por completo del edificio.

Revisamos el lugar cuidadosamente. Desenterramos antiguos papeles de pasadas filologías, vaciamos la biblioteca, practicando un segundo escrutinio que nada* dejaba que envidiar a aquel famoso del cura y el barbero, sin que nada* importante saliera a la luz, salvo un ejemplar de los escritos de Wittgenstein, fechado diez años antes de su publicación.

- Vieron? dijo el Jefe de Policía Hemos registrado la casa cien veces con el mismo resultado. Lo cual me trae a la memoria algo que quisiera contarles, si me permiten, cosa que no pueden sino hacer, ya que la menor jerarquía policial que tienen les obliga.

"Cuando yo era Comisario General, poco antes de ser ascendido a Jefe de Policía, se nos presento un caso de muy difícil resolución. Era aquella una época en la que los delitos se organizaban de manera límpida y se resolvían deliciosamente, de la misma manera que el azul diurno debe resolverse primero en el magenta, para ceder paso a la brutalidad de la noche. Estábamos investigando un robo, ocurrido, semanas atrás, en la colección de arte de un fantástico millonario, de donde había sido sustraído un valiosísimo cuadro, digno, según dicen de Rembrandt, sobre un fondo trabajado con las pinceladas perfectas del Pollaiuolo, y un afán expresionista y simbólico que dejaba muy atrás a la escuela alemana. La firma era indescifrable, pero el cuadro estaba valuado tan alto, que ninguna compañía aceptó asegurarlo. Esto puede darles una idea de la ansiedad que hervía en mí y en mis circunspectos subordinados, empeñados en la recuperación de una tela que nunca habíamos visto y cuya posible visión nos infundía un temor indecible. Era el pánico de lo estético, la belleza pictórica presagiando un placer que, por invasor, podía resultarnos molesto. Habíamos examinado todas las pistas y mis circunspectos subordinados habían, también, examinado cada uno de los eslabones de las mismas. Eran, debo confesarlo, muchísimas. El o los ladrones habían dejado tras si infinidad de huellas, que se ramificaban luego en nuevos y perturbadores indicios. Con la curiosa particularidad de que todos ellos conducían al mismo lugar: un cuarto mal amueblado, en una pensión del Abasto.

Como es de suponer, el cuarto y la pensión toda fueron revisados de arriba abajo por mis obedientes subordinados. El conserje, un hombre casi inasible, como es inasible el agua que corre en un arroyo y allí parece concreta, pero se escurre apenas tomamos un poco en el hueco de la mano, fue exhaustivamente interrogado sobre las entradas y salidas de los diferentes ocupantes del cuarto. Para nuestra sorpresa, y según nos dijo el conserje, el cuarto había estado vacío desde hacia semanas, como lo confirmaba, por otra parte, la tenue capa de polvo que cubría el escaso moblaje. Durante días y días repetimos el rito: revisar el cuarto, e interrogar al conserje, con la esperanza de que la valiosa tela apareciera, aunque solo fuera por la fuerza de la repetición. Demás está decir que el cuadro nunca fue encontrado. Pero un día, cuando me encaminaba al diario y ritual registro, encontramos el hall de entrada vacío. En vano fue que hiciéramos sonar la campanilla que, vieja y desvencijada, sobrevivía sobre el mostrador. Allí no había nadie. Un antiguo pensionista se nos acerco entonces y nos dijo que el conserje había desaparecido, y ante nuestra sorpresa, agregó: No lo conocían? Era el terrible Bairoletto.

Recién entonces descubrimos, detrás del mostrador, una mesa de billar."


El Jefe de Policía nos miró satisfecho. - He contado esta anécdota para mostrar la inutilidad del registro, ya que, si en aquel caso no pudo encontrarse la tela a pesar de la repetición. Qué puede esperarse ahora de esto, que no es sino una repetición de la repetición? y encaró al Comisario Inspector ,tras dirigir una mirada hambrienta y fatal a la lógica joven me parece que esta vez se equivoco.

-No lo creo -dijo el Comisario Inspector que aparentemente no se había dejado impresionar por la anécdota.- Llegué a estas conclusiones por medio de un razonamiento impecable. Sólo ocurre que ha sonado el momento de lo empírico y sacó el pequeño fotómetro de bolsillo.

Llevándolo en la mano como si se tratara de una joya, empezó a deslizarlo a lo largo de las paredes de SOLOG, de esas paredes metafísicas, ya que eran incapaces de dividir el espacio. Recorrió casi amorosamente los muros de las aulas y luego los límites, puramente ornamentales del patio cubierto. La lógica joven movía los brazos romboidalmente, tratando de huir de la mirada ambiciosa y algo perdida del Jefe de Policía. La atraje hacia mí, manteniéndome cerca del Comisario Inspector. Qué buscaba? Qué misterioso resplandor lo atraía? Qué foco de luz, que iluminara nuestras dudas?

- Aquí! dijo de pronto el Comisario Inspector

- Aquí qué?

El Comisario Inspector me señaló la aguja del fotómetro, que se había desplazado suavemente, imperceptiblemente hacia el panel. -Aquí se observa una débil luminosidad.

- De dónde viene?

-Obviamente, la luz viene de atrás del panel dijo.- Lo esperaba. Francamente, le confieso que lo esperaba. Ese panel desde el principio estuvo muy remarcado, con esas franjas. Encarnaba demasiado deliberadamente lo obvio. Eso pasa por olvidarse de las exigencias del género. Por alguna parte debe haber una entrada.


Golpeé suavemente la pared. Sonaba a hueco o me parecía que sonaba a hueco. Palpe los bordes lisos del fresco La cosa va a ser encontrar el mecanismo, dije la pared es completamente lisa.

-No creo que sea muy difícil encontrar el mecanismo dijo el Comisario Inspector y en todo caso, pienso que el Jefe de Policía va a prestarnos una ayuda valiosísima.

Nos dimos vuelta hacia él. Blanco como un papel, parecía haberse empequeñecido aún más, transformándose por completo en un niño. Era una metamorfosis apropiada para la ley, ya que la ley es infantil, ridícula.

-No quiero revelar secretos innecesarios -balbuceó, acercándose a la pared así que permítanme que les dé la espalda -Y se dio vuelta, ocultando por completo sus manipulaciones. Las manos actuaron fuera de nuestra vista, es decir, casi en un espacio ideal, inexistente, o en todo caso, no físico.

Lentamente, el panel empezó a correrse, introduciéndose en el muro y dejando al descubierto un hueco cuadrangular que conservaba la forma del cuadro, delatando su pura ausencia. La aguja del fotómetro salto con un chirrido: del hueco abierto en la pared empezó a brotar, en forma discontinua, la luz vacilante de la flor gitana.

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