lunes, 10 de diciembre de 2012

Extraños en el cielo: los pulsares


La exploración del universo da para todo: en febrero de 1968, y en casi todas partes, la prensa publicó que un grupo de astrónomos había recibido señales de radio procedentes de una civilización extraterrestre; en la Argentina, un periódico titulo en primera pagina: NOS LLAMAN. La verdad de la milanesa era que en la revista inglesa Nature (una de las revistas científicas mas prestigiosas del mundo), había salido un articulo donde un grupo de astrónomos de Cambridge informaba haber recibido señales de radio, a intervalos regulares, y con muy alta frecuencia (varias veces por segundo), y que hasta cierto punto habían jugado con la idea de señales inteligentes, pero muy pronto la desecharon.

Aunque el sensacionalismo de la noticia se disipo rápidamente, el misterio de los "pulsares", como se dio en llamarlos, subsistió por un tiempo. La enorme frecuencia de las pulsaciones, que podía alcanzar centenares de pulsos por segundo, indicaban que las fuentes eran objetos muy pequeños, de no mas de treinta kilómetros de radio, en algunos casos. ¿Qué diablos podían ser? Unos meses mas tarde, dos jóvenes astrónomos examinando minuciosamente las estrellas en la zona de la Nebulosa del Cangrejo, (resto de la supernova observada por los chinos en el año 1054), donde latía un pulsar a razón de treinta veces por segundo, finalmente lograron que el primer pulsar, del puñado conocido hasta entonces, y que solo se habían manifestado en ondas de radio, se hiciera visible. Era una estrella. Pero una estrella muy particular.

Cuando una estrella de gran masa agota su combustible nuclear, colapsa gravitatoriamente y estalla en una explosión gigantesca (una supernova), que lanza al espacio la mayor parte de su masa: en el centro, queda una pequeña estrella de neutrones contrayéndose. Las estrellas de neutrones son muy chicas (radio de unas pocas decenas de kilómetros) pero terriblemente comprimidas: una cucharada de materia neutrónica pesaría miles de millones de kilos. Y bien: los pulsares son estrellas de neutrones en rapidísima rotación. La hipótesis mas universalmente aceptada sugiere que estas estrellas tienen fuertes campos magnéticos, particularmente intensos, que generan un chorro de emisión en los polos magnéticos: al rotar la estrella, quedamos bañados periódicamente en ese chorro electromagnético, de la misma manera que un barco recibe periódicamente los impulsos luminosos de un faro que gira.

Hasta ahí la probable explicación. Sin embargo, subsisten muchas incógnitas: algunos pulsares interrumpen de pronto las emisiones y las retoman después de un tiempo. Hay una radiación gamma que acompaña a la emisión de los pulsares, que carece por completo de explicación. Se han descubierto pulsares ultrarrápidos, y como si esto fuera poco, la cantidad de pulsares estimada en nuestra galaxia en este momento es de un millón, cifra que excede en mucho la cantidad de supernovas estimadas. Los pulsares, pues, continúan habitando el terreno de lo misterioso. No obstante lo cual, el físico poeta español Rodríguez Fontevecchia, les dedico un amable romance.


Estrellita misteriosa
no te cansas de pulsar?

Yo no pulso, solo giro
a enorme velocidad.

Yo fui una estrella gigante:
un día debí estallar
porque ya no me quedaba
combustible nuclear,
y en una gran supernova
la hubieras visto brillar!
perdí el noventa por ciento
de mi materia estelar.
Mientras esta se alejaba
como una nube de gas
para formar nuevos astros
y enseñarles a brillar
me convertí en una estrella
de neutrones, nada mas.

Y a neutrones reducida,
sin futuro, ni piedad,
dime, astrónomo pequeño
que te crees tan sagaz
¿qué otra cosa puedo hacer
sino girar y girar?