jueves, 11 de abril de 2013

La primera respuesta


Aristóteles fue una verdadera desgracia para la física. Por supuesto, él no tuvo la culpa, pero su sistema era suficientemente completo como para perdurar --y perduró-- mucho más de lo que hubiera sido saludable. Lo interesasnte es que muchas veces esa persistencia se atribuye al hecho de que su explicación del mundo concordaba con el sentido común, daba cuenta de la observación inmediata y respondía a la experiencia --aunque no a la experimentación--.

El movimiento aristotélico es, básicamente, un proceso de restauración del orden, un impulso hacia la armonía. En un cosmos jerarquizado, donde cada cosa tiene su lugar natural, es perfectamente comprensible que un objeto apartado de tan confortable sitio quiera regresar a él: por esa razón, y no por otra, la piedra cae, y por esa razón, y no por otra, el humo sube: movimientos naturales éstos, movimientos que restituyen el orden y ponen las cosas en su lugar --literalmente-- y son causados por la tendencia misma que los objetos tienen a dirigirse al sitio que les corresponde.

Y hete aquí que tenemos un segundo tipo de movimiento: el movimiento violento. El proyectil, o el carro, que obviamente se mueven, no viajan a lugar natural alguno. ¿Y entonces? Porque si la piedra tenía sus buenos motivos para caer, el proyectil no los tiene y por lo tanto para moverse necesita algo que lo mueve: un motor, algo que empuje o tire de él. El móvil animado de movimiento violento necesita un motor. Si no, se queda donde está.

Movimientos naturales y movimientos violentos, pues. Esta desagradable terminología describió --hasta el siglo XVII-- los dos tipos de movimientos posibles en el mundo sublunar. Hay un tercer tipo de movimiento (natural), reservado a las esferas celestes: el circular y perfecto. Además, eterno. Pero aquí abajo, en este mísero mundo, el movimiento es un proceso transitorio, que empieza y necesariamente termina, ya sea cuando el móvil alcanza su lugar natural, o en el momento en que cesa porque la acción del motov ha cesado. Y además, todo movimiento necesita una causa. Y además, puesto que el movimiento es cambio, hace falta un patrón absoluto con respecto al cual medirlo, y ese patrón está en el centro del mundo, ocupado, naturalmente, por la Tierra, que a su vez se halla en reposo absoluto. Y eso es todo.

La verdad, es que no está mal, y a primera vista parece acomodarse bastante bien a la experiencia cotidiana. Lástima que contradice el hecho, también cotidiano, del lanzamiento, el sencillo hecho de que si uno arroja un proyectil, éste sigue moviéndose después de que el motor (la mano) ha cesado de actuar y el proyectil se ha separado de ella. Y aquí a uno lo asalta la tentación de citar al historiador de la ciencia Alexandre Koyré (¿y por qué resistir a la tentación?): "Pero un teórico que merezca el nombre de tal no se deja turbar por una objeción sacada del sentido común. Si encuentra un hecho que no concuerda con su teoría, niega su existencia. Si no puede negarla, la explica. En la explicación de este hecho cotidiano, el del lanzammiento, movimiento que continúa a pesar de la ausencia de `un motor', hecho incompatible con su teoría, es donde Aristóteles nos da la medida de su genio. Su respuesta consiste en explicar el movimiento aparentemente sin motor del proyectil por la reacción del medio ambiente, aire o agua. La teoría es una genialidad. Desgraciadamente (además de ser falsa) es absolutamente imposible o inverosímil desde el punto de vista del sentido común. No es, pues, asombroso que la crítica de la dinámica aristotélica vuelva siempre a la misma cuestión: ¿Por qué se mueven los proyectiles?