lunes, 13 de mayo de 2013

EL HOMBRE QUE MOVIO EL MUNDO


Dadme un punto de apoyo y moveré al mundo.
Arquímedes (287-212 a. de C.)


Quién es ese canónigo polaco
que sostiene que la tierra es un trompo
cuando todos sabemos que ha sido
colocada por Dios en el centro del mundo.
Quien es ese canónigo polaco?
Que se alimente de sus propias heces
y gire él: que deje a la Tierra en paz.


Johann Hohenmüller,1583


La teoría de que la Tierra se mueve alrededor del Sol, formulada por un sacerdote polaco, de nombre Copérnico o Koppernig, carece por completo de sentido. Si la tierra se moviera, todas nuestras ideas se vendrían abajo. Por lo tanto, no se mueve.

Encyclopedia of Spurious Science, Vol XXIII, 1599.


Puesto que la novedad de las hipótesis de esta obra es cosa que ya se ha difundido ampliamente,no abrigo dudas de que algunos hombres ilustrados se sientan seriamente ofendidos porque el libro declara que la Tierra se mueve y que el sol se halla quieto en el centro del universo.(...) Estas hipótesis no son por fuerza verdaderas y ni siquiera probables () si ofrecen . un cálculo que esté de acuerdo con las observaciones,eso basta.() No se las expone para convencer a nadie de que sean verdaderas,sino tan solo para facilitar el cálculo

Prefacio anonimo intercalado en la primera edición del libro de Copérnico por el canonigo Osiander,sin permiso de Copérnico.


El sistema de Copérnico es un tesoro inagotable de comprensión, verdaderamente divina, del maravilloso orden del mundo y de todos los cuerpos en él contenidos.

Johannes Kepler (1571-1630)


Hubo una vez un hombre que movió al mundo: tomó a la Tierra entre sus manos, le dio un empujón y la hizo rodar por el espacio. Y no fue un héroe mitológico, ni un súperman dotado de una fuerza especial. Nada de eso. Era un viejo insoportable y amarrete que vivía en una torre medieval, que observaba el cielo (cuando lo observaba) con instrumentos de la época de las cavernas, que en pleno renacimiento parecía un monje oscurantista, que daba mil vueltas para las cosas más simples y que tardó más de treinta años en dar a conocer sus teorías en un libro ilegible e insoportablemente aburrido. Sin embargo, así y todo, agarró a la Tierra, al planeta entero, y lo movió, iniciando una revolución científica que cambió por completo la vida de la humanidad. Se llamaba Nicolás Copérnico.

La idea de un universo centrado en el Sol no era nueva. En la antigüedad, había sido propuesta por Aristarco de Samos (320-250 a. de C. ), y la habían sugerido figuras tan ilustres como Nicolás de Cusa (1401-1464). En el siglo XVI, la necesidad de una reforma radical de la astronomía flotaba en el ambiente. El viejo modelo de Tolomeo (siglo II), centrado en una tierra inmóvil y con sus ruedas dentro de ruedas y esferas de cristal, ya no daba más.

Sin embargo, el modelo de universo que Copérnico presentó en Las Revoluciones de las Esferas Celestes, publicado en 1543 (el mismo año de su muerte) era altamente sospechoso. Por empezar, estaba basado en datos antiguos y muchas veces erróneos. Y como si esto fuera poco, Copérnico estaba aferrado al dogma de la circularidad: si todo tiene que moverse en círculos, el arreglo es imposible (porque los planetas no se mueven en círculos, sino sobre elipses). Al tratar de hacer encajar los movimientos planetarios en círculos alrededor del sol, Copérnico echó mano de las herramientas tradicionales: más círculos, atiborrándose de la misma y mala medicina que se proponía combatir y que había paralizado la astronomía durante dos milenios. El resultado fue un disparate: el sistema de Copérnico, centrado en el Sol, era tanto o más complicado que el de Tolomeo, estaba repleto de ruedas al más viejo estilo, y sobre todo, no tenía una física que lo sustentara (y que explicara, por ejemplo por qué si la Tierra se movía los objetos sobre ella no salían disparados por el aire). Era inaceptable. Y Copérnico lo sabía (aunque no podía adivinar qué es lo que no andaba). Probablemente por eso tardó tanto en publicarlo. Fue, seguramente, su infierno personal.

Y sin embargo, fue Copérnico quien lo hizo. El nuevo sistema estaba mal hecho, era defectuoso, complicado hasta lo ininteligible, pero allí estaba. Aunque se lo ignorara, permanecía ahí, como un forúnculo en el pensamiento de la época y aunque no se lo leía mucho, se hablaba mucho de él. En 1551 apareció un nuevo conjunto de tablas astronómicas calculadas según las concepciones de Copérnico, y esas tablas pronto se hicieron indispensables. En 1576, Thomas Digges contribuyó a difundir las ideas de copérnico fuera de la astronomía. Aquí y allá, en las universidades se empezaba a explicarlo como una hipótesis alternativa a la de Tolomeo. Jóvenes e imaginativos astrónomos se entusiasmaban con ella, y tal vez, haciendo un gran esfuerzo se internaban en las abstrusidades escritas por el canónigo polaco. Uno de estos nuevos astrónomos fue Johannes Kepler, que puso orden en el sistema copernicano, le dio viabilidad y junto a Galileo despejó el camino para que interviniera Isaac Newton, hacedor de universos.