viernes, 31 de mayo de 2013

NUEVA ESTRELLA EN UN CIELO INMUTABLE

"Ya no apruebo la realidad de aquellas esferas cuya existencia había admitido antes apoyado en la autoridad de los antiguos. Actualmente estoy seguro de que no hay esferas sólidas en el cielo, independientemente de que se crea que hacen girar a las estrellas o son arrastradas por ellas"

Tycho Brahe (1546-1601)


Las opiniones del señor Tycho Brahe no son sólo risibles, absurdas, ridículas, improcedentes y estúpidas, sino que además son falsas. La solidez, y existencia de las esferas está absoluta y totalmente probada, como lo demuestra el hecho de que así se afirma en el artículo "esferas" (Vol III) de esta misma Encyclopedia.

Encyclopedia of Spurious Science, vol VIII, 1599

La curiosa noche del 11 de noviembre de 1572, un joven estudiante de astronomía, de nombre Tycho Brahe, que con los años llegaría a ser uno de los más grandes astrónomos de su época, volvía a su casa después de una noche de trabajo en el laboratorio de alquimia de su tío Steen Bille. Al echar una mirada al cielo, descubrió que algo había cambiado allí arriba: había una estrella nueva, más brillante que el planeta Venus, donde antes no había absolutamente nada.

La aparición de un fenómeno celeste de este tipo, en aquellas épocas de revolución y cambio en la astronomía, cuando la teoría de Copérnico andaba dando vueltas, era una cosa muy seria.

Uno de los pilares de la cosmología antigua y medieval, inspirada por Aristóteles y establecida por Hiparco y Tolomeo, consistía en la división del mundo celeste en dos regiones claramente diferenciadas: sublunar y supralunar.

La región sublunar estaba ocupada por la tierra (en el centro de universo), y era el escenario de los fenómenos de cambio: la materia se pudría y degradaba, los vientos soplaban, los rayos caían y los fenómenos atmosféricos (entre los cuales se incluía a los cometas) daban la sensación de sistemática y permanente transformación.

Pero más allá de la Luna, todo era muy distinto. Allí, en el mundo supralunar reinaba la etérea serenidad de las esferas, que arrastraban al sol, a la Luna, a los planetas, y a las estrellas. Según la doctrina aristotélica, en el mundo supralunar nada podía sufrir cambio alguno: era un lugar eternamente constante e igual a sí mismo, que giraba monótonamente (y para siempre, y desde siempre) en torno a este antro de corrupción donde habitamos nosotros. Nunca una estrella podía extinguirse. Si ahí estaba, ahí estaría siempre. De la misma manera, ninguna estrella podía aparecer.

La mayoría de los astrónomos y observadores consideraron, por lo tanto, que la nueva estrella no era sino un fenómeno sublunar, algún cometa particularmente brillante, o cualquier otra cosa por el estilo. Pero Tycho Brahe era obsesivo. Y aunque no copernicano, tenía sus dudas sobre el sistema aristotélico y una asombrosa capacidad de observación. Así, se dedicó a medir la posición de la estrella nueva a lo largo de una noche entera.


Ahora bien: como la tierra rota, si observamos un objeto al principio de la noche y al final, no lo estamos abservando desde el mismo lugar y su posición debe aparecer ligeramente variada: este fenómeno es conocido como "paralaje". Para los objetos muy cercanos, (más acá de la luna), el paralaje nocturno es bastante notable y perfectamente detectable con los instrumentos de Tycho, anteriores al telescopio.

Y ocurrió que después de una serie de observaciones nocturnas, Tycho llegó a la conclusión de que no existía paralaje alguno, y por lo tanto la nueva estrella estaba situada más allá de la esfera de la Luna.

Era un golpe mortal para la teoría aristotélica de la inmutabilidad de los cielos: en 1573, Tycho publicó un pequeño volumen titulado De Nova Stella, donde resumía sus observaciones. Para entonces, la nueva estrella, ya había desaparecido del cielo.

En realidad, lo que Tycho y sus contemporáneos habían visto era una supernova fenómeno estelar en el cual una estrella explota violentamente y multiplica miles de veces su luminosidad. Ni Tycho ni nadie podía sospechar semejante cosa, pero lo cierto es que la parición y desaparición de una estrella en un cielo teóricamente inmutable fue uno más de los golpes de gracia que ayudaron al triunfo del sistema copernicano. La furiosa afirmación de la Encyclopedia of Spurious Science estaba, pues, completamente justificada, ya que jamás se equivocó cuando se trataba de defender una causa perdida.