martes, 3 de septiembre de 2013

El principio de inercia



Los ochenta y siete años que van desde que Giordano Bruno murió quemado en la hoguera hasta 1687, cuando Newton publica sus Principios Matemáticos de la Filosofia Natural, presenciaron el nacimiento de la física clásica y la solución del problema del movimiento. El espacio geométrico y único se instaló, primero extraoficialmente, y tras algunos trámites, con carta de ciudadanía planetaria.

Galileo razonaba con planos infinitos, esferas que se movían sobre ellos sin rozamiento y péndulos perfectos; y la necesidad de matematizar la física se convertía en pasión de multitudes (de multitudes de físicos, claro está). El mismo Galileo proclamaba que la naturaleza escribe sus cosas en lenguaje matemático, encontraba la ley matemática que gobierna la caída de los cuerpos y señalaba que, si no fuera por la resistencia del aire, todos los cuerpos caerían de la misma manera, independientemente de su peso.

Si no fuera por la resistencia del aire, esto es, en el vacío. Era mucho decir... El vacío -cuya posibilidad Descartes negó, y cuya molesta existencia llevó a los físicos a llenarlo de éter- no era otra cosa que el espacio geométrico naciente. ¡En ese espacio nuevito empezaron a moverse los cuerpos en el siglo XVII! Y allí Galileo tocó la pelota y se le escapó, aunque la dejó perfectamente colocada frente al arco desguarnecido, para que Newton hiciera el gol. Rozó y no llegó a aferrar del todo la palanca maestra de la teoría del movimiento: el principio de inercia. Es posible que el ejemplo aleccionador de lo ocurrido con Giordano Bruno lo indujera a la prudencia, a no internarse demasiado en las peligrosas complicaciones del espacio infinito y a dedicar su atención al problema de la caída de los cuerpos -que gloriosamente resolvió-. 0 que cierta manía circular residual le impidiera enfrentarse con el protagonista de los tiempos por venir: el movimiento uniforme, el movimiento en línea recta y con velocidad constante.

Y este movimiento rectilíneo y uniforme en el espacio matemático y vacío que sanciona Newton... no es nada. No existe. El móvil es indiferente a él, no se da cuenta de que lo está ejerciendo. Un objeto que se está moviendo con movimiento rectilíneo y uniforme -afirma el principio- continúa indefinidamente en ese estado, sin ninguna modificación. A menos que intervenga una fuerza. Es decir, que no se detiene por sí mismo. ¿Por qué habría de hacerlo? Es más... ;qué quiere decir detenerse, dado que la velocidad del móvil es arbitraria (y constante) según el punto de referencia? Si se detuviera respecto de un punto de referencia, seguiría moviéndose respecto de otros. Detenerse significa pasar del inovimiento al reposo, pero el reposo (como el movimiento rectilíneo y uniforme) no es más que una ilusión. Es más, la idea misma de reposo carece de sentido y sólo indica que la distancia a un punto determinado no varía. El reposo, ese anhelo de los cuerpos aristotélicos que se precipitaban a la tierra o se detenían para alcanzarlo, ese reposo absoluto que el mismo Kepler calificó como "tan distinto del movimiento como las tinieblas de la luz", es ahora accesible a todo el mundo, y gratis, siempre que uno se tome la molestia de elegir el punto adecuado.

El movimiento no es, ni volverá a ser jamás, un proceso transitorio de cambio y reparación de algún supuesto "orden natural" alterado y que se pretende restaurar, ni necesita (por lo menos el movimiento rectilíneo y uniforme) causa alguna que lo produzca: es un estado en el cual los cuerpos están, respecto del cual son indiferentes, y en el cual permanecerán a menos que actúe una fuerza externa.

Es decir, el movimiento rectilíneo y uniforme que describen las leyes de Newton (y casi casi las de Galileo), es relativo, pero la palabreja apenas describe la novedad y el cambio radical que acarrea. El principio de inercia es, legítimamente, una de las más potentes (y encantadoras) conquistas del pensamiento. Piénsese: nunca nadie había visto (y nunca nadie verá) a ningún móvil describiendo una trayectoria en línea recta, y con velocidad constante, sin inmutarse, hacia el infinito y, sin embargo, la idea pudo generalizarse para todos los móviles. Fue un ejercicio de pura abstracción, una transacción geométrica efectuada en la trastienda de la razón pura. Llevó su tiempo, por cierto, pero con el principio de inercia en la mano, y aunque ninguno de los protagonistas de la hazaña lo sospechara, estaba abierto el camino a las estrellas.