martes, 15 de mayo de 2012

Un prólogo


En el principio, los hombres adoraron al trueno y al relámpago e inventaron ingeniosas historias para calmar la angustia de un mundo amenazador y distante, cuyos mecanismos no podían comprender. Dibujaron dioses con cabeza de león, hermosas diosas con vientre de perro, e imaginaron barcas que recorrían el cielo estrellado. Cazaron animales y los sacrificaron para apaciguar la ira de aquellos dioses y alejar el peligro de la tormenta o conseguir el beneficio de la lluvia. Un día descubrieron una manera eficaz de comprender al mundo, y la llamaron ciencia. A través de tres o cuatro mil años de practicarla, pudieron contar una historia tan atractiva y divertida como las más complicadas y fantásticas leyendas que puedas imaginarte. Fue un esfuerzo tremendo, del que no solo participaron los científicos, sino mucha más gente, toda la gente, muchas veces sin saberlo, aceptando o rechazando ideas, como el movimiento de la tierra o la evolución de las especies. El resultado fue una imagen del universo, una descripción del Cosmos.

Sin embargo, mucha gente, cuando se le habla de ciencia, siente recelo: la respeta, pero no se acerca: piensa que es muy difícil o que no tiene nada que ver con ella, o que está reservada solo para espíritus privilegiados. La considera algo ajeno, algo que no puede llegar a comprender, algo misterioso, que manejan seres llamados científicos en la soledad hermética de sus remotos mundos mentales.

Pero no es así. No existen esas divisiones tajantes entre arte y ciencia, entre expresión y razón, que levantan tan a menudo los burócratas. La razón no es algo rígido y preciso, algo predeterminado y frío. Muy por el contrario, su fluir es rápido, movedizo y divertido, y su historia es la de teorías que se levantan y luego se derrumban con estrépito, o de experimentos que terminaron con concepciones que parecían sólidas y bellas.

La verdad es que la ciencia es una aventura: porque uno nunca sabe lo que va a pasar, lo que le deparará la próxima estrella: la ciencia se alimenta, no de la certeza, sino de la compulsión y la duda. Y la duda es riesgo y riqueza: te lleva a pensar las cosas, aún las que te parecen más seguras, desde otro lugar, que no es el conocido, común y confortable, y afrontar el peligro de la incoherencia, del error y el ridículo.

Pero no es una aventura a secas. La ciencia trata de comprender al universo, a un universo al que no le importa ni se cuida de ella. Hay una tensión de dominio en ese intento, que solo alivia el impulso estético, ese raro y fugaz momento en que el mundo parece organizarse y responder a nuestro deseo ‑ la luz que se curva como lo habíamos previsto, el planeta que aparece donde lo adivinó el cálculo, la estrella que se extingue, el gen que se modifica, el átomo que se parte, las placas tectónicas hundiéndose, el cosmos entero naciendo como un temblor de la nada, el límpido péndulo que oscila impecable, indiferente a todo.

Aquí, y en próximas publicaciones, te propongo recorrer ese universo inagotable y vivir esa aventura. Verás que no hay nada que pueda asustarte, nada que no puedas entender. Porque además de ser una aventura, y una aventura estética, la ciencia es una aventura tuya. Los resultados del conocimiento humano son tuyos: porque la ciencia no es el frío producto de manipulaciones, o cavilaciones de laboratorio. La ciencia es una empresa humana, colectivamente humana: y por lo tanto laten en ella el rumor de las multitudes y el fragor de las mitologías, tú y yo, la pasión individual y mínima, el avance y el retroceso, el impulso heroico y la agachada mezquina, el extraño acicate del progreso y las virutas que cada paso hacia adelante va dejando, el humor, la literatura, la leyenda y la historia, en una mescolanza alegre y colorida, una mescolanza, donde conviven amigablemente la cálida ironía y la seriedad marmórea. Mientras el universo se expande y crece, aquí, sobre la tierra, las generaciones se suceden, unas a otras, con su anhelo de razón y conocimiento, buscando siempre la luz. Desde la rueda al avión, desde el hacha a la computadora, desde las señales de humo hasta el radar y la televisión, desde la palanca a la Teoría de la Relatividad, desde las primitivas tortugas que sostenían al mundo hasta el Big Bang, hay un solo y mismo impulso: saber, averiguar qué pasa.

Un día, los hombres salieron de sus cavernas, temerosos, para inventar el fuego. Un día, por primera vez construyeron una casa, un día, por primera vez, se asombraron y temieron ante el trueno y fabricaron, para explicarlo, un mito. Un día alguien, por primera vez, armó un arado y hendió la tierra, y un día, alguien, por primera vez, trató de comprender qué eran aquellos puntos fijos que aparecían en el cielo noche tras noche, y les dio un nombre.

Y un día, los hombres pusieron su pie en la Luna, hicieron aterrizar naves en Venus y en Marte, y enviaron aparatos de reconocimiento a los confines del sistema solar: midieron el volumen de las estrellas, exploraron el fondo más íntimo de la materia, y escrutaron los primeros instantes del universo que nacía.

Corramos, pues, esa aventura.                                

0 comentarios: