lunes, 11 de marzo de 2013

¡Basta de Big Bang!


- ¡Basta de Big Bang! -dijo la duquesa de Stratford, cuando el séptimo de sus pretendientes se puso a hablar de la radiación de fondo. - Si el Big Bang se pone de moda, ¿qué pasará finalmente con la moda?

Hay que aclarar: la Duquesa, pese a sus casi ochenta y tantos años, a sus cuatro viudeces sucesivas -una de ellas sospechosamente complicada con arsénico- y a una enfermedad que la obligaba a toser cada cinco minutos, vivía rodeada por una nube de pretendientes y cortejantes, en general menores que ella. Tan menores, que algunos no pasaban de los 25 años. Y aunque lenguas malintencionadas atribuían el hecho a que la Duquesa era propietaria de una decena de castillos, una importante pinacoteca, el cuarenta por ciento de las acciones de la Shell, y tierras valuadas en ciento doce millones de libras, hasta el último de los que aspiraban a casarse con ella negaban enfáticamente todo viso de interés en sus ambiciones.

- ¡Basta ! Basta, Cecil, no trate de convencerme. -casi tosió la duquesa. - Hace semanas que no oigo hablar de otra cosa, a raíz de los descubrimientos de un satélite. Y para colmo, un satélite norteamericano.

-Pero se trata del origen del universo - balbuceó el duquesito de Chesire.

- Justamente -adujo la duquesa - Mire, Cecil, ya estoy vieja, y no se me puede engañar tan fácilmente. El Big Bang es un invento de la clase media. Ellos necesitan un origen, y les viene de perillas que ese origen haya sido un punto, para poder aducir que en un lejano pasado estaban mezclados con la aristocracia. Cuando la aristocracia se ocupaba de estas cosas, el universo era eterno, inmutable y sin origen, de acuerdo con nuestras más caras creencias e intereses. Además, la concentración de todos en un punto significa una promiscuidad sexual inadmisible - la duquesa había sido educada dentro de rígidos moldes victorianos.

El duquesito se calló por un momento, pero Clovis, el habitual personaje de los cuentos de Saki, que como siempre asistía a la reunión, acudió en ayuda de Cecil.

-Lo que Cecil quiere decir es que la radiación de fondo se descubrió por teléfono- dijo, sin despertar el interés de la Duquesa.

- Me extraña que no haya sido por fax - contestó con tos burlona - la clase media nos inunda con sus métodos de comunicación instantánea. Yo, por suerte, tengo medios para mantener sirvientes que llevan mis mensajes en mano.

Pero la intervención animó a Cecil - la radiación de fondo se descubrió hace casi treinta años cuando no había fax -dijo, y ante una seña de Clovis, arremetió con su historia. - En el verano de 1963, Arno A. Penzias y Robert W. Wilson de los Laboratorios Bell estaban tratando de ajustar una antena ultrasensible, pero había un molesto ruido de fondo que persistía y no sabían cómo eliminar. Lo atribuyeron a todo tipo de causas (incluyendo una pareja de palomas que había anidado en la antena), pero cuando espantaron a las palomas, el ruido seguía ahí tan fresquito (era una radiación de 270 grados bajo cero). Y corrían los meses.

Pero ocurrió que Penzias tuvo que llamar por otro asunto (para que le consiguiera entradas para el teatro, dijo Cecil, aunque no pude confirmar la versión), a un colega, Thomas Burke, de Boston. En el curso de la conversación, Burke preguntó a Penzias cómo andaba el experimento, y Penzias le dijo que bien, salvo por un ruido de fondo que molestaba. Entonces, Burke le contó que hacía muy poco había conversado con un tercer amigo, radioastrónomo, él, quien le contó Burke que en la Universidad Johns Hopkins había escuchado la charla de un joven teórico de Princeton, , P. J. E. Peebles, quien había dicho que tenía que haber una radiación de fondo proveniente de los momentos iniciales del universo. Y ahí cayó la moneda: el ruido de fondo que tanto molestaba a Penzias y Wilson era nada menos que esa radiación de fondo que predecía la teoría del Big Bang! Así que ya ve usted cómo todo se descubrió por teléfono.

- Basta de Big Bang! basta, basta! -gruñó la duquesa -. Tome aire, Cecil, después de semejante parrafada. Me parece, que voy a casarme con Lord Arlington, en vez de hablarme del origen del universo, acaba de ganar ayer mismo las carreras de Ascott con un potrillo de tres años que le regaló Lady Durrel.

En este momento, Clovis se rió. - ¿Saben cómo se llamaba el potrillo de Lord Arlington? ¡Big Bang!

- Imposible! -dijo la duquesa. Y se desmayó. A los quince minutos entró en estado de coma. A las veinticuatro horas estaba muerta.