miércoles, 28 de julio de 2010

La Dama de la Torre: capítulo 29

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CAPITULO 29

Los caballos se desplazan hacia el norte como un flujo continuo. Es una cabalgata unánime, que avanza como un objeto único. Mas que moverse parece fluir. Así lo siente la Dama de la Torre a la grupa de uno de los hombres que la rescataron de la ermita. Cruzan, velocísimos, una llanura pelada, de vegetacion rala y hostil, que surge sin transición del suelo. ¿Y las viñas? ¿Dónde están? ¿Y esto es lo itálico?, se pregunta Lady Chevesley. ¿Dónde está Italia? ¿O acaso Italia es solo una ilusión de la novela?

Cada tanto sin embargo, capillas, ruinas y maravillosas obras de arte se abren a cielo descubierto, pero aisladas. Como gemas engastadas en un paisaje filipino, extático, que no tenia mucho que ver con la realidad, pero que arrastraba con ellos como un vestido.

Y aunque los jinetes se adelantaban unos a otros, se desplazaban desde el centro a la periferia modificando la forma del grupo, que a veces se adelgazaba como una flecha y otras veces adoptaba la redondez de un tambor, ella estaba siempre en el centro.Era una apoteosis de lo concéntrico, un milagro según el cual todas las esferas posibles por una vez habían acordado un punto de apoyo común.

Y este fenómeno especialísimo sugiere a la Dama de la Torre una decisiva intuición: de pronto comprende, aunque vagamente,aunque difuminado por los vapores de la cabalgata, que ella misma (y sólo ella) es el sujeto de todo lo que le ocurre, y que si ella desaparece, lo que ocurre no importa en absoluto. No es extraño que en este instante y lugar, descubra algo así: la atmósfera y la velocidad son tales que disuelven los fenómenos e inducen a las cosas a mostrarse tal cual son.

Entonces, ¿Qué importaba a dónde la conducían? Fuera cual fuera su destino final, no podían sino llevarla hacia él.

La naturaleza acaramelada y única que los rodeaba parecía mero decorado, levantado para servir a ese solo fin. Era falaz, sin duda, ya que lo único verdadero era lo percibido, y llegaba a ser únicamente cuando se posesionaba de ella, cuando ella lo aceptaba, permitiéndole invadirla. ¿Cuál era el mundo externo?, se preguntaba entonces.

Y la respuesta surgía como una cascada de chispas: no hay mundo externo, fuera de mí no hay nada, todo se corporiza en tanto y solo en tanto lo recibo y luego lo devuelvo. Este mismo paisaje que parece arrojado sobre la perfecta continuidad de la Italia histórica lo fabrico yo. Es posesión mía y solo mía. Esos colores magenta que de pronto destellan en la noche móvil, apenas definida por el transcurrir del viaje, son mis propios destellos, emanaciones de mi yo puro, humores de mi cuerpo, preparado para ellos, para darles forma y luego arrojarlos al mundo, dando así apariencia a las cosas. ¿Y el ángelus, ese sonido ininterrumpido, que nos acompaña, que viaja con nosotros, como si transportáramos campanarios enteros? ¿Es también mío? ¿O esa intuición, esa percepción del sujeto en estado puro se detiene en el umbral de los sonidos?¿Hay algo inaprehensible en el sonido, hay algo especial, donde reside su fuerza?

Lady Chevesley se disuelve en un sopor, casi un delirio en el que todo es ella y ella es todo. Salvo el sonido monótono, repiqueteante, metálico, del ángelus, que es el único mediador entre el ser y la nada.

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