lunes, 9 de agosto de 2010

La Dama de la Torre: capítulo 30

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CAPITULO 30


En la pequeña terraza balcón de mi departamento, un delicioso pent-house de un piso veinte, la lógica joven nos servía te. Tenia una vocación innata, casi genética para ofrecer y servir líquidos: en verdad, lo hacia magistralmente. Los rayos del sol a esa hora en inevitable decadencia, debilitados por la tarde que avanzaba se reflejaban de manera exacta desde la superficie ondulada, de tal modo que toda la iluminación parecía provenir del te. Y solo por eso el mundo se teñía de gozo, de misterio.


La ciudad vista desde lo alto es la negación del paisaje: cada fragmento es por completo diferente de los demás, y, sin embargo, el conjunto da una impresión de indecible monotonía. La única novedad eran los carros fúnebres, que parecían puntitos, un ejercito de hormigas desenvolviéndose sinuosamente. Era una situación sin antecedentes, y por lo tanto, sin memoria, donde todo podía adaptarse a los caprichos de la imaginación. Era anárquica: no había causas, ni consecuencias, ni podía haberlas.

-Sigo insistiendo en que deberíamos hacerle una visita al Anticuario Mayor -dijo el Comisario Inspector Especialmente si tenemos en cuenta el resultado del experimento.

- ¿No es mejor esperar que el Jefe de Policía termine con sus experimentos? Con un poco de suerte, las cosas se solucionan.

- No lo creo. El Jefe de Policía está empeñado en separar lo que tan cuidadosamente hemos estado anudando. Es un camino que, como usted sabe, no apruebo y que no creo que conduzca a resultados francamente útiles. Al transformar el problema en una sucesión de experimentos, de instantes discontinuos, el Jefe de Policía interrumpe el fluir de la realidad, destruye la posibilidad de la acción. No creo que podamos esperar nada bueno.

-Sin embargo, durante la reunión no objeto nada.

-Durante la reunión yo era un simple subordinado y por lo tanto no se me puede considerar como en plena posesión de mis facultades mentales.Y es que,aunque usted no lo crea, el Jefe de Policía es un hombre increíblemente autoritario,al que es peligroso hacerle alguna crítica.

-Me pareció muy abierto a las discrepancias, sin embargo.

-Ah- dijo el Comisario Inspector- le encanta que la gente discrepe siempre que no discrepe con él.


Pero a mí no me importaba la tolerancia del Jefe de Policía. Sólo me importaba la lógica joven.Y la lógica joven estaba allí. ¿Qué podía ocurrir mientras ella estuviera conmigo? Era maravillosa, y era global: cada uno de sus actos implicaba el cosmos. Era la antítesis perfecta del embajador inglés, para el que no existía la totalidad, y el mundo se reducía a una mera yuxtaposición de lo microscópico (aunque hay que aclarar: el embajador inglés sólo cree en lo microscópico,pero no por eso descree de la novela. Por el contrario, considera que la novela es, precisamente, el único lugar donde lo microscópico se manifiesta tal cual es).


La lógica joven,como se desprende de su actitud cree, antes que nada, en la novela. Y además, su cuerpo es el mas apropiado a las circunstancias, pequeñísimo, delgado, donde cada detalle resalta como una toma de posición. Y en consecuencia provoca un deseo instantáneo, súbito, y por lo tanto inexplicable.

Aun en el té que nos servía era capaz de establecer un sistema completo de pequeños desequilibrios que permitían descubrir la armoniosa solidez del conjunto, apenas turbada por esa desgarradura criminal en el tejido perfecto que sostenía lo posible. Pero ella era capaz de repararlo todo: ¿alguien asesinaba a los lógicos? ¿Había necesariamente un sujeto que encarnara ideas tan generales y abstractas como la culpabilidad o la acción? Los movimientos ondulantes de la lógica joven y el te, sugerían que no necesariamente era así: tal vez los lógicos murieran por simple inanición, por imposibilidad de supervivencia cuando la trama misma y racional de la ciudad se desgarraba.O tal vez nada tuviera que ver con nada, y todo era una sencilla red de casualidades, aunque, es preciso reconocerlo, muy audaz. El te siempre comporta una responsabilidad, y ella la asumía en con plenitud.

-Por ejemplo -siguió el Comisario Inspector- nos hemos olvidado por completo de la electrodisipadora que mediante turbios manejos fue a parar a manos del embajador de Inglaterra. La policía francesa o la norteamericana no hubieran dejado escapar esa pista, aunque solo fuera por razones de política internacional.

-Nosotros no la dejamos escapar -argumenté- simplemente la dejamos que creciera, que madurara, que englobara a todas las demás.

-Una pista en manos del embajador de Inglaterra no puede jamás convertirse en una solución global. Lo primero que él haría es evitar precisamente eso. Si queremos que una pista tenga un sentido totalizador, tenemos que inventárselo nosotros mismos. Usted sabe perfectamente como son las cosas. La realidad, especialmente la realidad policial, que es la única que cuenta, es tal cual la fabrican uno o dos investigadores ingeniosos. Oscila como un péndulo de lo particular a lo general y viceversa. Si nadie la detiene, mantiene a todo el mundo en ascuas, con resultados zigzagueantes, que generan suspenso y hasta sensacionalismo. Si es cierto que el lugar donde la realidad, el delirio, el crimen y la develación se organizan es la literatura, es evidente que tanto la producción del crimen como su resolución eficaz y que reduce todo a una simplicidad que raya en lo increíble- son obra de un único y mismo autor: el detective.

- Entonces ¿para qué quiere ver al Anticuario Mayor?

-Porque sospecho que allí esta la clave de todo. Si los anticuarios se introdujeron en la trama, el Anticuario Mayor debe tener en sus manos los hilos.Y además, hay otra cosa. Usted habrá notado la forma en que el Jefe de Policía miraba a su amiga, durante el experimento.

Yo no lo había notado, pero no me extrañó que la mirase. ¿Cómo no extasiarse ante esa cumbre de perfección? Por lo tanto, no sentí celos,ya que hubiera sido ridículo.- ¿Y qué tiene de malo que la mirara?

- Me parece que la considera ideal para un nuevo experimento. Piense que ya van quince inmolados, y que pronto los lógicos empezaran a escasear. Por eso le digo que lo mejor es apurarse.

- Tiene razón -dije con urgencia,haciendo una seña a la lógica joven,que sentada y abrazada a sus rodillas,se había puesto a sollozar. -Vamos cuanto antes.


Y en ese preciso instante, el Comisario Inspector volcó el té. Fue una alteración tan violenta de lo real, que nos levantamos asustados. La lógica joven fue a la cocina a buscar un trapo para restaurar el caos, dejando pendiente la pregunta de como un objeto tan prosaico podía servir para remendar el universo. En sus tumbas, los lógicos, seguramente, temblaban. Me recosté en la silla, dejándome invadir por el placer de mirar el sol muriente, convertido en un círculo rojizo, sin corolas ni elementos auxiliares, y que silenciosamente decaía sobre el paisaje urbano. La lógica joven y yo nos sentíamos más unidos que nunca, a medida que la narración avanzaba y nos envolvía progresivamente esa media luz alambicada y en apariencia absoluta. El Comisario Inspector, por su parte, no se dejaba impresionar. Después de años de cuidadosa observación, había descubierto una verdad elemental: que los crepúsculos son todos iguales.

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