viernes, 18 de febrero de 2011

La Dama de la Torre: capítulo 42

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CAPITULO 42

Salimos, obviamente, a un baldío. Esa repetición, que es la clave de la memoria, ya ni siquiera nos sorprendió. En el cielo , por sectores , oscurecía, cuando derrotados regresamos al Abasto , que había adquirido una dimensión espectral. Por que nos reuníamos aquí? Por qué justo en la zona de la ciudad que no pertenece todavía ni a la memoria ni a la literatura, sorprendida en el momento mas preciso de su puro devenir? Elegimos el mismo bar de la vez pasada estableciendo las bases de una continuidad circular que aunque es estable y coherente, es inmanentemente peligrosa. En cualquier momento podíamos enredarnos en ella.

La lógica joven movió los brazos complicadamente, indicando que quería una gin tonic. Esas manos adoradas moviéndose en el aire fétido del bar, trazaban, sin embargo el preciso dibujo del deseo. Yo pedí un Fernet, que fue extraído de una botella. Las botellas se mantenían erectas, retráctiles, en los estantes. Pero ya empezaban a ser cubiertas por el olvido, que en su primera etapa se manifiesta como una capa de polvo. Luego la capa de polvo desaparece y las botellas y las cosas emergen con diafanidad absoluta. Si ese mismo bar fuera olvidado, seria alguna vez un lugar brillante y lustroso, flotando de manera imprecisa en alguna región de la memoria. La bebida era agria, como la compleja red que nos amenazaba y que pendía literalmente -sobre la cabeza de mi amada. El Comisario Inspector entro unos minutos después que nosotros, mirando a derecha e izquierda con gesto satisfecho.

- ¿Y?- le pregunté Descubrió- ¿algo?

El Comisario Inspector sacudió la cabeza con cierta alegría Nada. Quién va a creerlo? El sindicato combativo no existe más. Los obreros de la fabrica de ataúdes se enganchan como albañiles.

- Lo sabía. Nos cruzamos con uno de ellos. Más precisamente, con Avelino Andrade, el mismísimo presidente. 

- Y el traficante de ataúdes cayó en un estado de ensoñación profunda, muy parecido a la idiotez. Ve derrumbarse su imperio y no comprende las razones

- El tercer secretario de la embajada también teme el derrumbe de la diplomacia imperial.

- Pobres -dijo el Comisario Inspector- La verdad es que no entienden nada. Todos los imperios terminan por derrumbarse. Es una costumbre muy difundida, aunque, es preciso reconocerlo, terriblemente lenta. 

- ¿Y qué más?

- Nada más. Total, que fue una excursión muy interesante, nada muy complicado que hacer y tiempo de sobra para dedicar a La Dama de la Torre .

- Nosotros tampoco encontramos nada dije compungido, mientras le hacia una síntesis de las visitas a los anticuarios y a la embajada Nada de nada.

- No me sorprende, dijo el Comisario Inspector si no encontramos las pistas adecuadas es solamente porque no nos dirigimos a los lugares adecuados, y porque no buscamos con los instrumentos adecuados.

- Los instrumentos adecuados?

- Así es. Le diré, de paso, que mientras hacia averiguaciones, vi pasar el helicóptero, aunque ese detalle, en este momento, sea contingente. También vi un par de patrulleros estacionados en la puerta de su casa.

- Nosotros también los vimos.-dije.- Y cuáles son los instrumentos adecuados?

El comisario inspector metió la mano en el bolsillo y sacó un objeto oscuro, cuadrangular y en apariencia delicadísimo. En la base había dos botones negros, casi indistinguibles. En la parte superior, un dial donde temblaba, indefensa, una agujita.

- Y eso qué es?

- Un fotómetro de precisión -dijo el Comisario Inspector- El último milagro de la tecnología japonesa. Lo usan los fotógrafos mas sofisticados para medir la luz en ambientes donde hay poquísima iluminación, y hasta lo meten en los satélites artificiales. Mediría una milésima de milésima de miligramo de luz si la luz, claro esta, pudiera medirse en miligramos.

- Para qué lo piensa usar? -pregunté.


Pero antes de que pudiera responderme, una mano se posó brutalmente sobre el hombro de la lógica joven .Cinco policías de civil nos enfrentaron cubriéndonos con ametralladoras.

- Bien dijo el Jefe de Policía, apareciendo de repente en la puerta del bar y apuntando a la lógica joven con una Magnum casi tan grande como él Parece que conseguimos un nuevo sujeto experimental.

La lógica joven, enferma de terror, se deshojó.

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