lunes, 9 de julio de 2012

La gran explosion



En 1965 dos científicos de los laboratorios Bell detectaron una radiación de tres grados Kelvin (es decir, tres grados sobre el cero absoluto o 270 grados bajo cero) que llegaba uniformemente y con igual intensidad desde todas las direcciones del cielo. Esta radiación de fondo consolidó la teoría que, desde el descubrimiento de la expansión del Universo, fue imponiéndose entre los cosmólogos: el Universo había empezado con la explosión de algo muy pequeño y caliente. La radiación de fondo era el resto fósil, el eco de esa gran explosión -el Big Bang- con la que, hace quince mil millones de años, todo empezó a existir.
Pero aunque el momento preciso del Big Bang, el "tiempo cero", se escurre todavía de las manos de físicos y astrónomos, la actual teoría cosmológica ha llegado bastante cerca, hasta el momento en que el Universo tenía sólo un billonésimo de trillonésimo de trillonésimo de segundo de edad. Era entonces más pequeño que un núcleo atómico, tenía una temperatura de un trillón de trillón de grados, y la gravitación -si es que las teorías de unificación están en lo cierto- acababa de separarse de una fuerza única que habría reinado hasta ese instante. La hazaña no es pequeña, y tampoco lo es haber descrito con bastante coherencia lo que ocurrió desde entonces hasta hoy, mientras el Universo se expandía y enfriaba. La fuerza nuclear fuerte fue la segunda en separarse, y acto seguido el Universo emprende una etapa de expansión ultrarrápida -conocida como "etapa inflacionaria"-, de la cual emerge con el tamaño de una naranja, y como una sopa de quarks, leptones, fotones y sus respectivas antipartículas, nacidas durante la fase de expansión acelerada. Ahora es el turno de la fuerza electromagnética, que se separa de la interacción débil, con lo cual las cuatro fuerzas de la naturaleza han adquirido su identidad. Partículas y antipartículas se aniquilan en gran escala transformándose en luz; un minúsculo predominio de las primeras sobre las segundas garantiza el triunfo de la materia sobre la antimateria. Los quarks se unen formando protones y neutrones, el Universo alcanza el tamaño de una pelota de fútbol, y todavía no tiene un segundo de edad. Es tan denso que la luz no puede atravesarlo a través de la maraña de electrones y partículas que lo llenan y lo tornan opaco. Cuando el reloj indica que han pasado ya tres minutos desde el origen, este universo-bebé, que ya se ha enfriado hasta el millón de grados, emprende una infancia de cien mil años, durante la cual se forman los primeros núcleos de helio y se genera la radiación de fondo. Los átomos deberán esperar aún a que la temperatura baje lo suficiente como para que los núcleos puedan captar y retener electrones. La luz empieza a encontrar el paso libre, y en adelante el cosmos será transparente y oscuro. Y ahora, sólo es cuestión de esperar.
Apenas cien millones de años más tarde, todo está bañado en un gas difuso de átomos de hidrógeno y helio; aquí y allá el gas se condensa en grandes nubes bajo la acción gravitatoria: son las protagonistas, en cuyo interior, y llegado el momento, se encenderán las primeras y primitivas estrellas.
El resto es historia conocida, casi chismografía del barrio estelar. En una galaxia cualquiera, hace cinco mil millones de años, una estrella -de segunda o tercera generación- empezó a brillar. A su alrededor se aglutinaron cuerpos opacos. En el tercero de ellos, se formaron complejas moléculas, capaces de autorreplicarse y rematar, muchos millones de años más tarde, en criaturas curiosas que llamaron a la estrella, Sol, a la galaxia, Vía Láctea, y que con muy modestos recursos lograron retroceder en el tiempo y remontar la historia de un universo que ya tenía miles de millones de años luz de extensión hasta aproximarse, casi, casi, al instante mismo del origen, al que llamaron Big Bang.