miércoles, 12 de septiembre de 2012

La historia de las plantas y las plantas de la historia

 DIALOGO CON PABLO PICCA, DOCTOR EN BIOLOGIA DE LA FACULTAD DE CIENCIAS EXACTAS Y NATURALES DE LA UBA

Imagen: Pablo Piovano

Los restos de plantas, flores y semillas revelan pequeños pero interesantes detalles para reconstruir la vida en tiempos lejanos, por ejemplo a bordo de un barco del siglo XVII. La reconstrucción e identificación de las especies es un trabajo minucioso.

–Cuénteme qué hace.
–Bueno, mi formación es una formación en botánica clásica. Trabajo en el laboratorio de plantas vasculares. En este momento estoy trabajando en un par de líneas de investigación. Por un lado, en sistemática de plantas vasculares. Estoy trabajando con un grupo de cactus del centro-norte de la Argentina, tratando de dilucidar las relaciones de parentesco entre las especies de cactáceas que se conocen. Mi tesis la hice en un grupo de plantas patagónicas, también estudiando un poco la evolución de algunos caracteres dentro de las especies sudamericanas. Esas plantas tienen distribución en todo el hemisferio austral, son los árboles que uno más comúnmente puede observar en los bosques en la zona de Bariloche y San Martín de los Andes.
–¿Qué árboles son? –Los colihues, las lengas, los ñires. Hay unas nueve especies sudamericanas y unas 25 especies extraamericanas distribuidas en Australia, Nueva Zelanda y Nueva Guinea. Es un grupo muy interesante, porque es bastante antiguo y el conocimiento de las relaciones de parentesco entre esas especies puede decirnos cómo fue la historia natural en el hemisferio austral.
–¿Y la otra línea de investigación? –Estoy colaborando con algunas personas de la facultad que son ecólogos vegetales. Hay algunos, por ejemplo, que están estudiando cómo varían algunos parámetros de la biodiversidad en algunas montañas de la Argentina. Yo estoy trabajando en la parte de las plantas, en colaboración con otras personas que se ocupan de ver cómo varía la colaboración de otros grupos de organismos como aves, reptiles, anfibios, insectos. Y después trabajo, lateralmente, con gente que hace arqueología subacuática.
–¿Y en qué consiste? –Esta gente está estudiando naufragios de algunos barcos en las costas patagónicas. La doctora Elkin es la directora, y funciona en el Instituto Nacional de Antropología y Pensamiento Latinoamericano. Dentro de ese proyecto estamos colaborando en algunos temas, como por ejemplo la identificación de restos botánicos que encuentran en esos barcos. Han traído, por ejemplo, restos de semillas o de frutos para que nosotros ensayemos una identificación de esos restos.
–¿Cuál fue el último naufragio que analizó? –No recuerdo. Pero siempre me traen algunas semillas de alguna especie de planta desconocida. Lo primero que se hace es tratar de rescatar algunos caracteres macroscópicos muy evidentes, como puede ser la forma o el tamaño. Si uno es capaz de rescatar esos atributos muy básicos, ya puede ir orientando hacia una identificación. Después hay que hacer algunos análisis un poco más minuciosos, pueden ser análisis estructurales internos, para lo cual uno tiene que utilizar técnicas más sofisticadas, como pueden ser observaciones con microscopios electrónicos, o realizar cortes histológicos para ver cómo es la disposición de los tejidos en esas estructuras. Incluso se pueden hacer algunas pruebas histoquímicas para ver la presencia de algunos compuestos, u otros que son característicos de algunos tipos de plantas, y de esa manera uno va acotando las posibilidades.
–¿Y siempre se pueden identificar? –No, no siempre. En algunos casos, las identificaciones pueden ser muy precisas, pero en otros puede ocurrir que sean más bien generales. Pueden ser a nivel específico o a nivel de familia botánica, dependiendo de la calidad de los restos que uno cuenta. Ahora estoy colaborando, también, con un arquitecto que está haciendo su tesis, estudiando las tipologías arquitectónicas vernáculas en unos valles andinos en La Rioja. El está estudiando todos los materiales de construcción de los ranchos antiguos, y me ha traído restos de plantas que forman parte de esos ranchos (algunos como materiales principales, para vigas por ejemplo y otros componentes vegetales que forman parte de las enramadas) para tratar de identificar también los restos botánicos. Ahí también uno trata de buscar los descriptores que le permiten a uno decir a qué familia y especie de planta pertenecen. A veces, por ejemplo en las enramadas, se pueden encontrar restos de semillas o de frutos, que son los que más información pueden brindar para determinar la identidad de una planta. Hay otros restos de planta que son menos informativos, como por ejemplo las hojas o la madera. Los caracteres, si bien permiten una identificación, son menos específicos. Por ejemplo, si nosotros tenemos dos maderas de distintas especies de eucalipto, nos son muy fácilmente diferenciables. Pero si uno tiene las flores, o las semillas o los frutos de esas plantas, es mucho más fácil, de acuerdo con los restos que uno tenga para trabajar, el tipo de identificación que va a alcanzar.
–¿Y sabe qué hace la gente con la que colabora, con la información que usted les da? –En el caso de los barcos, la idea es reconstruir la historia acerca de las costumbres y la vida en los navíos de aquella época. Por ejemplo, qué alimentos consumían, porque se supone que algunos son restos alimenticios, aunque en otros casos suponemos que pudieron haber sido semillas o frutos de algunas plantas de interés comercial para llevar a otros lados e iniciar cultivos. Son barcos de los siglos XVII y XVIII. Esas son las cosas que se van tratando de entender a medida que el estudio progresa.
–¿Qué naufragios son? –Los dos son barcos holandeses. Uno de ellos es interesante porque formaba parte de la expedición que terminó descubriendo el Cabo de Hornos. Estaban buscando rutas alternativas hacia Oriente más allá del cabo de Buena Esperanza y el estrecho de Magallanes, que estaban dominados por otras compañías. Se hundió a la altura de Santa Cruz, en la Patagonia.
–¿Y el otro? –Es un barco posterior, del siglo XVIII, que estaba haciendo unas rutas entre las Islas Malvinas y las costas de la Patagonia.
–¿Y qué les pasó a esos barcos? –El primero se incendió y el segundo se hundió.
–¿Y qué encontraron en esos barcos? –Varias cosas. Encontramos, por ejemplo, unas semillas de pimienta, unos frutos de zapallo, pudimos averiguar estrictamente cuál era la especie de zapallo de la que se trataba esta semilla, encontramos nuez moscada, unos frutos de ajíes y pasas de uva, unas semillas de mostaza. Son cosas interesantes, sobre todo porque al principio uno no tiene ni la menor idea de lo que se trata. Y cuando uno puede llegar a la identificación, resulta que son especies habituales, conocidas por todos nosotros. Acaso no sea un descubrimiento espectacular, pero es una manera de reconstruir todas las piezas, con el trabajo de distintos especialistas, de lo que ocurría en un barco.
–¿Y a qué dan lugar estos descubrimientos? –Es una cuestión que puede resultar curiosa para una persona interesada en el estudio de la historia. Nos permite saber qué es lo que estaba pasando allí. Y nos obliga a hacernos la pregunta de por qué estaban esas cosas ahí.
–¿Y por qué? –Aparentemente era parte de las vituallas del barco. Porque después también se encontraron algunas referencias a productos que se habían embarcado en algunos puertos de Inglaterra para el consumo de los marineros que iban en el barco, y coincidía con lo que habíamos encontrado nosotros.
–¿Y las maderas del barco? –Las estudió otra persona de la facultad. En general, esos navíos grandes son construidos con dos o tres especies distintas de madera; no hay una variedad tan grande de posibilidades. Lo que se hace es comparar las maderas de las muestras con los materiales conocidos. La verdad es que no sé cuáles son esas maderas.
–¿Qué clases de barcos eran? –Galeones, barcos a vela.