lunes, 28 de junio de 2010

La Dama de la Torre: Capítulo 25

 >>Ir al capítulo 24

 
¿Qué ha sido de Lady Chevesley? ¿En qué recodo gótico se habrán estancado sus desventuras? Veamos por qué caminos de perdición la han llevado sus pies cansados.

 CAPITULO 25

La ermita era oscura, y cada tanto las campanas volvían a dar el ángelus, pero no porque la hora no avanzara, sino porque el tiempo mismo se había vuelto repetitivo, se había transformado en pura circularidad. La única vela de que disponía el ermitaño, desdibujaba la linealidad del ambiente, lo ajustaba a lo pictórico, lo deslizaba hacia un barroco inasible, donde los contornos de las cosas eran confusos o se movían. El conjunto se mezclaba, dando la sensación de mero amontonamiento, y al mismo tiempo, como no había espejos, cada objeto era único. Todo estaba sucio, teñido de grasa de vela, que cubría la ermita como una segunda naturaleza, o una máscara que quisiera suavizar los contornos.

El ermitaño es un hombre horrible y viejo, envuelto de pies a cabeza en andrajos y que renguea ligeramente, pero Lady Chevesley sospecha que esa renquera es falsa, simplemente para suavizar la sensación de peligro que suele sugerir la agilidad. El mísero jergón es tan humilde y gastado que estar sobre él es como estar a la intemperie. Y la explicación es simple: el ermita vive en un mundo artesanal, en el que aún no se ha inventado ningún mecanismo.

Lady Chevesley, y con razón, está inquieta. Criada en castillos, acostumbrada a las columnas y a los arquitrabes, a los corredores lóbregos, a las cámaras en el fondo de pasillos larguísimos, la unicidad de la ermita, ese espacio único le parece un insoportable milagro. Es un estado de miseria que siempre considero inalcanzable, ya que la pobreza, a sus ojos, nunca ha sido más que un estado de ánimo. El hombre santo parece dormir en el extremo de la habitación, es un bulto cuyas oscilaciones no dependen de la voluntad, sino del movimiento del pabilo grasoso, que a cada momento amenaza con apagarse. Lady Chevesley no puede conciliar el sueño y evoca conventos, con amplias y espaciosas habitaciones, y naves frías y altas, recorridas por grupos de novicias que susurran por lo bajo cosas inconfesables. El contacto de la lana de oveja le parece áspero, poco itálico, apenas acorde con la galantería y el dolce far niente que vivió horas antes. En realidad, la ermita misma le parece apenas una creación del pensamiento, sin asidero real. Es como si la fatalidad que en forma permanente la acosa, se hubiera convertido de pronto en algo íntimo, privado, como si hubiera sido degradada de su suprema majestad feudal y transportada a un escenario de dimensiones excesivamente pequeñas.

Lady Chevesley se acaricia, intentando dormirse, pero hay restos de temor que sólo se disolverán a medida que avance la noche. Mientras tanto, trata de mantener una somnolencia alerta, un estado crepuscular, que vigila la quietud y anticipa la huída. Lady Chevesley sabe que esta sola, y paradójicamente, esto multiplica sus fuerzas. Acaso no estuvo siempre sola? Acaso no fue víctima de oportunistas atroces que de una manera u otra logró desenmascarar? Qué puede temer de un ermitaño medieval? Qué peligros pueden acecharla en una edad histórica que, en última instancia, fue un fracaso?

Sin embargo, cuando la llama se extingue finalmente con un chisporroteo que recuerda los fuegos artificiales que han inventado, según se comenta, los chinos, comprende que no podrá escapar al temor, ni siquiera utilizando las técnicas modernas para vencer el insomnio. Porque si el destino de la noche es convertir hasta las más imprecisas sensaciones en objetos, entonces el temor tendrá contundencia, solidez, y es tan imposible evitarlo como evitar una mesa, o una pared. El monje ronca con un sonido gutural, típico del medioevo. Sus ronquidos parecen casi un desprendimiento del canto gregoriano, descienden en forma directa de laúdes y maitines remotos, pero a Lady Chevesley le resultan falsos. Invadida por la atmósfera del lugar, cree, sin equivocarse, que cada cosa oculta algo, que cada objeto no es sino la versión imperfecta de una idea general, y por lo tanto esta lleno de anfractuosidades y peligros. Un cintillo canta, a lo lejos, sobre el fondo monótono de las campanas.

Afuera, la noche ha tendido un tejido armonioso como si la naturaleza hubiera decidido concertar determinada melodía inasible y profunda, impidiendo la consolidación del silencio. Hay sonidos que vienen de todas direcciones, en general tenues, apagados, pero relacionados unos con otros en cuartas y octavas, en tonalidades armónicas que sugieren paz, quietud. Es una situación curiosa, donde las cosas se mueven y los seres vivos, por el contrario, están quietos. Agua, estrellas, campanas, aire, piedras, participan de esa inasible y ondulatoria algarabía. En cambio, dentro de la ermita, todo es el reverso, un espacio recortado que pertenece sólo a Dios. Aquí adentro la noche es mística, no tiene fronteras con el mundo exterior, es simplemente eso: noche, algo tangible que esta en contacto directo con el mundo complejo de las ideas. Afuera, en cambio, la noche es profana, laica, no se rinde a la pesada solemnidad de Dios, y por eso está llena de murmullos y pequeños ruidos.

Entregada a sus pensamientos, a Lady Chevesley se le ocurren ideas que desecha enseguida: que la oscuridad es lisa y la luz rugosa, que la noche es el barroco que el día disuelve lentamente en un clasicismo fluído y perfecto, de líneas equilibradas y precisas que alcanza su cenit, como un estallido, en el mediodía. Que el día es como la música de pífanos y que la noche, en cambio parece el fondo indiferenciado de la orquesta, elaborando temas, que busca dialogar con algún instrumento y que cuando se detiene para darle entrada, espera uno, otro, un tercer compás y sólo se topa con un silencio espeso. Que el día es plano y la noche redonda. No puede salir de las dicotomías y las oposiciones, y descubre que eso también forma parte del destino del insomne: todo se divide en dos, en lo vivo y lo muerto, lo transparente y lo opaco, lo elemental y lo complejo, lo múltiple y lo único, lo óptico y lo mecánico. La oscuridad absoluta no admite matices, es o no es, y en ambos casos de manera masiva, total.

Es acaso un roce lo que la transporta, lo que la hace cambiar de un estado al otro sin saber si pasa del sueño profundo a una semisomnolencia, o de las fronteras del sueño a una vigilia lúcida? Efectivamente, es un roce. Muy elemental, como el de un objeto que se arrastra por sus propios medios a lo largo de una pared. La forma del sonido determina la forma del objeto: Lady Chevesley reconstruye una mano extendida y luego un cuerpo que viene tras ella, como un peso muerto arrastrado por un caballito minúsculo. Enseguida comprende la escena: sin interrumpir los ronquidos, el ermitaño, tanteando con la mano, se desliza con los hombros pegados a la pared. Lo curioso es que los ronquidos hacen más nítido el sonido, le imprimen un ritmo de amenaza, lo recortan, sirviendo como un telón de fondo que le confiere presencia y lo destaca: el raspar de los trapos increíbles, de los andrajos descascarando el ladrillo turbio, el barro apenas amasado con que la ermita alguna vez fue apresuradamente revestida. Como en la oscuridad no hay direcciones, ni distancias, Lady Chevesley no puede adivinar dónde esta el peligro que la amenaza, si es que verdaderamente la amenaza, porque aquí todo tiene un doble sentido, cada cosa es símbolo de otra y de otra en una cadena infinita, y no se sabe en que instante de la cadena quedará uno insertado. Así es el mundo medieval. La compacidad del interior de la ermita ha quedado destruída, el espacio único se fragmentó, se establecieron de pronto fronteras interiores de peligro, como un cuadriculado espantoso. Esa brusca alteración del espacio enseguida generará distancias: sólo es cuestión de tiempo, y pronto todo quedará cerca o lejos, o a pocos centímetros, o en el otro extremo. Cuando Lady Chevesley reconoce el roce de los harapos cerca de su cuerpo, comprende que esta nuevamente en una situación sin salida: como siempre, el pasado inmediato le parece acogedor. En la sombra, el ermitaño se acerca como una masa de trapos y de olores mezclados: también esto es típicamente medieval: el hombre consagrado a Dios, la lascivia, el pecado horrendo, al que seguirán el arrepentimiento y la expiación, las carnes laceradas, los cilicios eternos que aseguran el paraíso como un adelanto seráfico. Lady Chevesley, sin embargo, representante de una edad que ha inventado los más sutiles mecanismos, rueda sobre sí misma, tratando de deslizarse sin ruido sobre el piso alisado de la ermita, de pura tierra, trata de parecer una lámina de acero flexible, apegada a la bidimensionalidad del suelo, y que sin embargo se arrastra hacia la puerta como una oruga totalmente plana. Pero el amasijo de pecados, intuiciones divinas, pensamientos inmundos, repudiables, y trapos que es el ermitaño, goza de los beneficios de lo esférico, y encuentra líneas de avance que el espesor de la situación no ha obstruído aún. En realidad, ambos se mueven como si nadaran en una jalea viscosa, inerte, que complica el movimiento. Es que la mutua relación los ha paralizado, y tardan muchísimo tiempo en hacer cosas que a la luz del día demorarían apenas instantes: escapar, atacar, huir. Los verbos se sustantivan,se paralizan en un instante gramático que participa apenas de la acción y de la nada.

De pronto, los interrumpe un tumulto: un grupo de hombres armados tira abajo la puerta, poniendo en comunicación el adentro y el afuera, los dos espacios artificiales que se habían configurado, y sólo eso basta para que todo se inunde de una suave luz. Los hombres proyectan ahora sombras: la oscuridad se ha unificado por fin, y ya nada queda diferido para dentro de unos instantes. O bien ocurre ahora, o no ocurrirá ya más: el peligro, y todo el resto es presente puro, transcurrir absoluto, devenir. Dos de los hombres se lanzan sobre el ermitaño y lo apuñalan: el hombre de Dios gime, la sangre corre por el piso con un hedor que Lady Chevesley degusta, aceptándolo como una carga impuesta y liberadora. Otros dos la cargan* sobre un caballo, que tenso, repleto de responsabilidad, con las patas lustrosas, espera en la puerta de la ermita. Luego, el grupo se lanza al galope a través de los sembrados, que las campanas parecen mecer una y otra vez, como intentando que los trigos y las vides se duerman. Sir Anthony Parsons, piensa la Dama de la Torre, abrumada por la brusca transición, Sir Anthony Parsons, que ha venido a rescatarme. Pero antes de desmayarse,alcanza a preguntar: Quién me ha raptado? Quién me ha salvado?

Le contestan en dialecto toscano : pertenecemos a la banda del terrible Bairoletto.

>>Ir al capítulo 26