miércoles, 27 de enero de 2010

La Dama de la Torre: Capítulo 7


Las universidades esconden secretos, eso lo sabe todo el mundo. Pero ¿qué esconde la Facultad de Ciencias Exactas ubicada junto al río?¿Por qué un biólogo dirige la carrera de Matemática?¿Es realmente rubia la secretaria del Departamento de Matemática o se aclarará el pelo con manzanilla?
Todas estas preguntas, y muchas más, aquejan a nuestros héroes rubicundos. Pero sobre todo una, una sola y profunda pregunta por la Verdad: ¿Qué es una electrodisipadora?
Claro, además de eso, los asesinatos de los lógicos.


CAPITULO 7

-Se da cuenta de que no sabía ni siquiera el nombre?

-También, usted - dijo el Comisario Inspector- preguntarle a un funcionario el nombre de uno de sus subordinados. Es como pedirle que traicione su propia esencia, ya que saber el nombre de otra persona es ponerse a su altura.

-Se llamaba Tomás Moro Simpson- dije, mirando las notas que me había dado la secretaria-. Era famosísimo. Escribio un librito deliciosos que se llama "Dios,el mamboretá y la mosca".

-Lo leí, y efectivamente, es muy ingeniosos -convino el Comisario Inspector- pero para serle franco, como siempre he sido, le diré que no hay nada más pernicioso que su insistencia en los detalles. El nombre y la dirección! Para qué los quiere?

- Cómo para qué?

- El Director los ignoraba por simple soberbia burocrática, pero encubriendo una verdad muy fundamental: los nombres importan muy poco.

Caminamos por el borde de Parque Norte, casi pisando la avenida. Hace veinticinco años toda esa zona era un depósito de piletas municipales semiabandonadas donde sólo se atrevían a bañarse los más audaces. Es cierto que el río no estaba tan contaminado por ese entonces y ofrecía una alternativa válida y por muchos motivos sugerente (en aquella época bañarse en el río no era más que una forma vulgar del snobismo). Algún gobierno militar remodeló puntillosamente la zona por la que casi obligatoriamente debían transitar los extranjeros que asistieran al Mundial de Fútbol de 1978, dándole esa asepsia que los militares le imprimen a todas las cosas, llenándolas de cemento.

Sobre las orillas de la avenida costanera y frente al río se han establecido restaurantes que una memoria empecinada se obstina en llamar "carritos". Lo cual tiene su raíz y a la vez su sinrazón histórica, ya que en alguna época en la avenida costanera hubo efectivamente carritos,c arritos verdaderos, que se transportaban sobre ruedas, y gozaban de cierta propiedad ambulatoria generalmente asociada con los circos. En realidad eran lugares al paso para la venta de sandwiches de chorizo y carne a la parrilla en general. Durante los años sesenta una ordenanza municipal los erradicó de un día para el otro: la leyenda cuenta que se edificaron entonces construcciones fijas y sujetas a ciertas normas de higiene, pero nadie sabe en realidad si estos restaurantes de ahora descienden o no de aquellos carros ambulantes. Sin embargo, el nombre persiste, y es probable que la leyenda, como siempre, refleje puntualmente la verdad.

Rozabamos el mediodía y los carritos empezaban a colmarse de estudiantes y profesores que huían del abarrotamiento de los comedores universitarios. Unos metros más allá, la luz se reflejaba en el río contaminado produciendo destellos venenosos. Una caravana de entierros ordenadamente dispuestos pasó delante nuestro. En los coches fúnebres los cuerpos estaban colocados de horribles formas: sin siquiera mortajas, los ojos abiertos nos miraban fijamente. Gruesos palos los sostenían sentados sobre sillones y sillas desvencijadas, de aquéllas que las familias no tienen inconvenientes en abandonar para beneficio del aparato fúnebre. La caravana entera había aparecido de pronto como un rasgo espontáneo del paisaje. Y se perdió en un recodo de la avenida costanera sin que nos diéramos cuenta.

- Sigue pensando que se trata de una casualidad?- dije señalando a la vez el entierro múltiple y las anotaciones de la secretaria.

-Es una hipótesis difícil de sostener, lo admito -dijo el Comisario Inspector-. pero tenga en cuenta que la casualidad se vale en general de estos recursos. Si no, cómo haría para engañarnos? Pueden morir miles de carniceros. Todos los días mueren químicos y sastres, para no hablar de los médicos y los enfermos, y nadie se conmueve por eso. Por qué deberíamos preocuparnos si los que mueren son lógicos, como si se tratara de una categoría especial de la sociedad? En eso veo una deformación profesional por parte suya.

-Tomás Moro Simpson,de SOLOG,- dije repasando las anotaciones-. Otra vez SOLOG. Doctorado en L'Arbre sur l'Oise, Francia. SOLOG se debe estar despoblando . El Director dijo que le habían pedido un lógico a SOLOG o algo asi?

-Algo así.

-Me temo que antes de entregar otro lógico van a pensarlo dos veces.Y qué me cuenta de la electrodispadora que consiguió el embajador inglés ? Tengo que darme una vuelta por ese anticuario de San Telmo. Allí puede estar el piolín que nos conduzca al centro de la madeja.

-No hay tal centro de la madeja -dijo el Comisario Inspector- este asunto es como el universo: su centro está en todas partes y su circunferencia en ninguna.

-Piensa visitar a la familia del lógico?

- Ni a la de éste ni a la del otro. No veo para qué. No me parece que el problema tenga una explicación en términos de la novela familiar de cada uno. Preferiría buscarle un sentido más general- señaló la dirección por la cual se había perdido el cortejo fúnebre, como un señuelo borroso, en los lindes del Aeroparque.

-Bueno -dije dando cuenta de los restos de la parrillada- está bien. De todo eso me ocupo yo. Usted siga cavilando. Ahora voy a casa.Tengo que trabajar en mi diaria ración de La Dama de la Torre. Estoy en un punto impresionante: el jorobado ya se fué y Lady Chevesley se queda sola en el castillo.

-Qué original -dijo el Comisario Inspector levantándose-. Verdaderamente, muy original.

>>Ir al Capítulo 8